“Perdón si suena demasiado bajón, pero creo que vivimos (…) bajo una tiranía de la obviedad”, decía hace algunas semanas P. E. Moskowitz.
La idea me sacudió inmediatamente. En su caso lo que comentaba era esa recurrente moda de ridiculizar cualquier obra de arte — pero en especial aquellas del expresionismo abstracto, como las de Mark Rothko, el que “solo pinta colores”, Jackson Pollock, “el que solo mancha un lienzo y lo llama arte”, o un tal Franz Kline, “ese que ni se esfuerza”.
Suelo sospechar de mis primeras reacciones cuando se habla de artes plásticas porque crecí intentando aprender a ver el mundo de una manera cuando menos interesante, una que me permitiera hacer el intento por poseer la belleza de los lugares, intentando entender qué era lo que hacía mi papá, artista plástico, cuando se encerraba por horas a la vez, en aquel atelier que hace un par de años se prendió fuego y se llevó los rastros de esos intentos.
Suelo sospechar porque no puedo aplacar mi sesgo, incluso cuando mis intuiciones acerca de la ignorancia y prejuicios ajenos puedan ser ajustadas. De algún modo cuando las personas desestiman todo aquello que no les llega completamente digerido — todo aquello que no les indica de qué se trata y para qué les sirve, al modo de las luces en una pista de aterrizaje — pierden mi interés, y muy frecuentemente mi respeto.
Hice una profesión de mi dificultad para entender cómo funcionan las cosas pero esto hizo de mi mayor defecto quizá mi truco más simpático para cruzarme con personas más o menos curiosas. Me gustan las personas que se detienen en aquello que no es obvio, aquellas que encuentran belleza en los lugares menos esperados, aquellas que rescatan historias del olvido… Aquellas que son consecuentes con nuestro deber moral de asombrarnos.
Varias décadas pasaron y no estoy más capacitado ahora que por aquel entonces para dar cuenta de lo que se esconde detrás de tal o cual pintura, aunque creo haber podido afinar un poco el olfato, al menos cuando se trata de historias.
“Una pintura vive al ser acompañada, expandiéndose y vivificándose en los ojos de quien observa con sensibilidad”, decía Rothko, tal como Moskowitz lo cita justo antes de parafrasearlo: “Qué pensamiento tan tenebroso: que algo en lo que pasamos meses o años trabajando se vuelva el medio por el cual la crueldad se extiende universalmente, en pos de convencer al mundo de que explorar las profundidades de nuestros sentimientos no vale la pena, o que no tiene sentido en la vida o que incluso es peligroso”.
Yo no pinto formas geométricas, manchas, salpicaduras o trazos gruesos de colores sobre lienzos, pero desde hace ya algún tiempo intento mantenerme a flote en un profundísimo océano de irrelevancia, remando en la búsqueda de lo que se nos escapa a simple vista. Y la tiranía de la obviedad se siente a cada paso.
Afortunadamente no recuerdo las palabras exactas, y no quiero arruinar mi estómago buscándolas nuevamente, pero hace algunos meses en una sorprendentemente agresiva respuesta a uno de mis correos alguien me comentaba, punto por punto, por qué no le gustaba lo que hago. El suceso no hubiera ameritado mención alguna si no fuera porque entre los motivos incluyó que en mis textos rara vez hay una indicación de cómo actuar, una bien deglutida simplificación de algo de naturaleza compleja o, en otras palabras, una moraleja.
Lo que esta persona no encontraba en lo que escribo era algo que “le sirviera”.
Es imposible encontrar la paz a través del inagotable ejercicio de la escritura sin aceptar como axioma, como inevitable punto de partida, que lo que hacemos no le gustará a todo el mundo. Si tenemos suerte nos gustará luego de ver cómo el punto final nos hace un guiño de aprobación — y si tenemos verdadera suerte nos seguirá gustando un mes después de haberlo puesto allí. A veces, también, cuando las condiciones atmosféricas son las correctas, podemos encontrar a algunas personas a las que no solo les guste leernos sino que parecerán dispuestas a hacerlo sin importar el tema. Ellas serán nuestras queridas personas que leen.
Y si nos sacamos la lotería literaria quizá incluso encontremos a un puñado de personas cuya opinión realmente nos importe, para quienes escribiremos, y seguiremos escribiendo.
Aquel recorrido, entre la hoja en blanco y el vistazo hacia el abismo infinito del miedo al rechazo, por mucho que nos tiente negarlo, en alguno de sus puntos estará signado por la preocupación por hacer algo que valga la pena. Por supuesto, qué consideremos que vale la pena es en lo que se juega todo.
Creo que me intimida sobremanera la reflexión en torno a qué hace al arte o a una artista. Supongo que es porque, si vamos al caso, parece ser lógicamente posible hacer arte sin nunca considerar de qué se trata, del mismo modo en que considerarse artista parece ser completamente opcional. No menor es el temor que algunas personas guardamos a sentir que somos impostoras — aquel que generalmente no conocen los impostores.
También, y más importante aún, porque odiaría ser pretencioso.
Más adelante, Moskowitz arriesga: “Como no he vivido ninguna otra época, no puedo decir con certeza que ahora sea peor que antes, pero me animo a afirmar que hoy nos enfrentamos a muchas cosas; que hay muchas fuerzas que nos impiden sentir de manera abstracta, confusa y profunda, y nos previenen de producir cosas que ayuden a que otras personas se sientan así”.
Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si lo que hago de algún modo amplió o enriqueció tu vida, podés considerar apoyarme sumándote al Club de la curiosidad.
Una decisión quizá tomada desde el primer día, quizá a mitad de camino, fue la de no escribir una enciclopedia, semana a semana. Mis “cómo funcionan” no apuntan a completar el conocimiento de nadie, aunque sí apuntan meticulosamente a cumplir la función que sea pero con rigor. Tal vez tengan demasiadas fuentes como para ser mera literatura, y probablemente demasiadas referencias extrañas como para ser ciencia, y jamás pasarían el filtro de los lores de Puan como para ser filosofía o historia.
Por eso lo que escribo no es mucho más — y no tiene por qué serlo — que intentos por perseguir una esquiva curiosidad por los pasillos de mi ignorancia, quizá descubriendo algo digno de compartir en el camino.
No solo en aquellos correos de personas que parecen solo querer hacernos daño sino también en cada gráfico descendente de seguidores, fans, oportunidades de fama, gloria y fortuna parece esconderse esa latente posibilidad de que no estemos haciendo las cosas bien. Es allí donde también acecha la obviedad.
Muchas veces me pregunté si no debería, con énfasis en esta última palabra, hacer las cosas de otro modo, pero siguiendo una receta en particular. Por qué no escribo un poco menos, por qué no escribo en forma de listas o siguiendo ese formato tan espantoso en el que se evitan los párrafos y cada línea se sigue de otra con un salto en el medio. Por qué no me fijo cuáles son los temas en tendencia y trato de cazarlos al voleo para dar justo en la tecla de lo que funciona bien, de la fama y los millones. Por qué demonios no soy youtuber y cuál es la explicación racional de que evite las moralejas y decirle a las personas lo que deberían hacer.
Tengo algunas respuestas, si de algún modo sirven: nunca pensé que esto funcionaría, y me gusta tanto haber dado con un puñado de personas a las que todo este despliegue les hace sentido que no quisiera de repente tener que caer rendido ante la tiranía de la obviedad. Moskowitz dice que todo esto se explica por el capitalismo, pero cumplí mi condena en la Facultad para saber que esas explicaciones pueden también significar la nada misma. Su punto, a pesar de todo, parece sostenerse: “El formato ideal de internet es el literalismo fácil de entender”.
A veces me escudo, sin mucho éxito, en que escribo para “personas que leen”, y dejo el resto de mi argumento falaz como tarea para el hogar. Lo que escribo, sin atinar a ocultarlo, genera cierta fricción y requiere de cierto esfuerzo. No por alguna forma de mérito sino porque es parte del juego que intento respetar. La lectura que procuro regalar es aquella que cumple con la promesa de que incluso si tarda en llegar, al final hay recompensa — aunque no haya moraleja.
Nada de esto debería leerse como una rencorosa diatriba en contra de la obviedad, sino solo de la tiranía que se nos instaló tan lentamente, o tan abruptamente que quizá no nos dimos cuenta.
Lo obvio, por mucho que su definición nos contradiga, también se nos oculta. “Que el sentido de la vida no es otro que vivir”, explicaba alguna vez Alan Watts, “es algo tan sencillo, tan obvio, tan simple. Y, sin embargo, todo el mundo parece entrar en pánico al respecto, como si fuera necesario lograr cualquier otra cosa que eso”.
La obviedad, cuando no se trata de algo que nos tratan de empujar por la garganta, es también el punto de partida que podemos procurar para cualquier cosa que nos animemos a considerar interesante. Es lo que intento hacer al escribir, partiendo de lo que tengo al alcance de mi mano para llegar a donde nunca hubiera llegado si no lo hubiera investigado, y es la idea que desvergonzadamente le robé a Bertrand Russell, cuyo programa filosófico en gran parte puede resumirse en la partida desde algo tan obvio que cuesta ver por qué vale la pena enunciarlo para terminar con algo tan paradójico que nadie lo podría creer.
“El mundo está lleno de cosas obvias que nadie, ni por casualidad, observa”, le recuerda Sherlock Holmes al Dr. Watson. Pero estas cosas obvias no son aquellas que apuntan a la obviedad sino aquellas que parecen apuntar a lo que se esconde entre la multitud, esa perfecta imperfección en la cara de la persona que amamos que nadie más parece haber encontrado antes, eso que nos electrifica ante la posibilidad de compartirlo porque sabemos que alguien más lo podrá notar también. Eso que podríamos haber descubierto en cualquier momento si tan solo nos hubiéramos tomado un momento para aburrirnos.
Si el arte, la historia, la literatura, la ciencia y la filosofía tienen el poder de transformar es porque lo hacen de un hachazo en nuestra perspectiva, que queda marcada, expandida, teñida o cuanto adjetivo mejor calce. Y no creo que una persona pueda vivir — aquella actividad tan obvia — constantemente expandiendo su conciencia sin que esta explote como una piñata.
Pero cuando la conciencia se nos desinfla, siempre podemos buscar a nuestro alrededor. Seguro alguna obviedad se nos escapa.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 28 de enero de 2024.
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