La generosidad y la amabilidad son mis dos cualidades favoritas.
Suelo ubicarlas juntas al momento de agradecer porque confío en que no hay mucho más que tener presente para ser una buena persona. Todo el resto puede sumar, pero es opcional.
La verdadera amabilidad es una expresión de generosidad que nos vuelve hacia la benevolencia, hacia la regla dorada que nos propone dar un trato hacia otras personas de acuerdo a cómo nos gustaría que nos trataran. Y como a la mayoría de las personas parece gustarnos que nos traten bien, esta cláusula tácita salva a nuestra definición de una patológica circularidad.
En consecuencia, ser amable no implica un necio altruismo — o un sacrificio — sino que puede rastrearse hasta un muy egoísta interés en que nos traten bien.
La vida en sociedad — ese peculiar mal necesario — sería especialmente difícil de navegar si, por ejemplo, tuviéramos que estar decidiendo cómo actuar cada vez que se nos cruza alguien desagradable, sin poder valernos de las reglas de la cortesía y la amabilidad.
Claro que estas supuestas reglas de comportamiento no son ni obvias ni evidentes, lo cual explica no solo la popularidad de la ética entre las disciplinas filosóficas sino también el entusiasmo que producen las conversaciones acerca del modo en que alguien conduce sus acciones: las vidas ajenas son pasión de multitudes.
Pero si bien el problema de cómo llevar una “buena vida” es a lo que se dedica la ética, su aspiración es el establecimiento de principios universales y los detalles suelen quedar como tarea para el hogar, especialmente si estudiamos filosofía.
En términos más prácticos, toda sociedad — de una manera u otra — establece reglas acerca de lo que es o no aceptable. Estas pueden estar codificadas y ser enseñadas explícitamente, o bien pueden ser inferidas a partir de las consecuencias de nuestros actos. Es probable que sea el hecho de que no corramos riesgo físico cuando nos comportamos grotescamente lo que, paradójicamente, nos incline a descuidar nuestra amabilidad. No es lo mismo recibir una mirada poco amigable que una buena rotura de cráneo.
En otras palabras, todas las sociedades establecen esquemas de premios y castigos, más o menos fáciles de seguir.
Podemos encontrar ejemplos tempranos de estas reglas — como las máximas del antiguo visir egipcio Ptahhotep de hace cinco mil años o los códigos de conducta de Confucio y Xunzi, durante la dinastía Zhou — pero el verdadero origen de lo que hoy llamaríamos etiqueta puede situarse en la transición de sociedades bien jerarquizadas y comunitarias hacia otras más individualistas y civiles, entre la Edad Media y la Modernidad, cuya motivación última era establecer relaciones de la igualdad entre las personas.
Si bien “etiqueta” deriva del francés étiquettes — unas “pequeñas tarjetas” que repartía la corte francesa de Luis XIV en Versalles para recordar, entre otras cosas, que no se pisara el pasto — este sentido original aludía precisamente a lo contrario de lo que hoy entendemos: no eran reglas motivadas por un sentido íntimo del respeto por el prójimo sino por el enmascaramiento de una nefasta dinámica de poder. Así les fue.
En algunas ciudades república italianas, como Florencia, Génova y Venecia, esta transición estuvo marcada por el declive de las autoridades tradicionales — como la corte y la Iglesia — que marcó una nueva cultura cívica desligada de los viejos valores aristocráticos y comunales, y por el cambio de significado de ciertas palabras, como “cortesía”, que deriva de “corte”, donde el comportamiento ante el rey y la jerarquía nobiliaria estaba rigurosamente controlado.
Esta nueva cultura de la cortesía enfatizaba el comportamiento individual y la interacción pública y ya no las obligaciones arraigadas en la jerarquía social. La amabilidad comenzó a percibirse como marca de caballerosidad y se fue convirtiendo en virtud e incluso señal de estatus. La “obligación” hacia los demás perdió su sentido rígido original hasta volverse uno alusivo a nuestra responsabilidad personal hacia el prójimo.
En cuanto a la palabra inglesa gentleman, cuya torpe traducción al castellano es “caballero”, incluso lleva estas marcas: en latín medieval tardío se usaba generosus, cuya relación con nuestro idioma es evidente. La caballerosidad implica amabilidad, y esta no es más que otra forma de la generosidad.
A medida que las ideas humanistas de la Ilustración se popularizaban por Europa, la necesidad de discutir el modo en que (damas y) caballeros debían comportarse en una sociedad libre — o tan libre e igualitaria como era posible en aquel entonces — se volvía evidente y comenzaron a sucederse las opiniones acerca de qué significaba ser amable y cortés.
Lo lindo de las ideas es que cuando se sueltan en el mundo hacen lo que se les da la gana.
Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si lo que hago de algún modo amplió o enriqueció tu vida, podés considerar apoyarme sumándote al Club de la curiosidad.
Si el mundo ya no haría caso de los caprichos de la corte y la Iglesia, el vacío que sus anticuadas reglas de obligación dejaban precisaba ser subsanado. En el siglo XVI junto con la circulación de textos humanistas italianos en España, Francia e Inglaterra — de la mano de una industria editorial que luego de Gutenberg crecía rápidamente — comenzó a desarrollarse una suerte de género literario en torno al comportamiento apropiado que toda dama y todo caballero debía seguir, apoyados en traducciones y plagios de las obras de Castiglione, Guazzo, y Della Casa.
Estos libros, cuyos títulos aludían a las reglas de la caballerosidad, la vida civil, el “habla correcta y agradable”, los “buenos modales”, la “cortesía” y la “convivencia”, siguen siendo populares. Richard J. Watts, célebre lingüista la amabilidad (una disciplina que no inventé), cuenta en Politeness (2003) que su biblioteca sobre el tema cuenta con más de 1.200 títulos.
Tanta caballerosidad no debería tapar los rígidos roles de género que gran parte de esta retórica reforzaba, más allá de apalancarse en la igualdad. De la mano del discurso en torno a la amabilidad siempre estuvo la expectativa de que las mujeres demostraran aún más cortesía que los hombres. Esta obligada deferencia marcada por el género, junto a la expectativa de que las mujeres fueran excesivamente educadas, siempre fue utilizada a modo de limitar las oportunidades de expresión y mantener el dominio masculino, ahora también justificado bajo una supuesta racionalidad.
Es esta expresión tenebrosa de la amabilidad, que cruelmente busca inhibir la adopción de una comunicación más asertiva o directa, la que advierte del riesgo de que una “dama” sea percibida como descortés o agresiva en mera virtud de comportarse tal y como dictan los mismos preceptos de cortesía y amabilidad que se supone debería adoptar toda persona. La cortesía y la modestia, también, suelen utilizarse para reforzar estereotipos de género y obstaculizar la plena participación de las personas en la sociedad.
Lo cierto es que nadie sabe, realmente, cómo debe comportarse. No importa cuándo leas esto.
Es por eso que haciendo a un lado la discusión — tan apasionante por entonces — acerca de si el hombre es o no sociable por naturaleza, o si es bueno o malo, o si quiere lo mejor para sí mismo o para su comunidad, nunca quedaron dudas de que la amabilidad debe ser enseñada, principalmente porque no siempre lo que entendamos por “amable” será universal.
Una sociedad amable solo puede sostenerse en una robusta educación pública, que entre otras cosas enseñe cómo relacionarse con respeto en la esfera pública, de tal modo que los intercambios se vean motivados y no inhibidos.
Aunque no sea precisamente con esas palabras, tan desagradables para ciertos paladares, la amabilidad es en última instancia una profunda y deliberada búsqueda de placer en compañía de otras personas. Claro que tanto hedonismo podría sonar insultante para tan sofisticada audiencia, pero nada de malo ni irracional — te estoy mirando a vos, Platón — hay en sacar placer de aquellos momentos en los queda otra alternativa que vincularnos con otras personas.
Ser amable implica reconocer y respetar los sentimientos de quien tenemos en frente, indistintamente de nuestra coincidencia de opiniones, para garantizar su comodidad en su expresión. Aunque la cortesía pueda manifestarse de diferente manera en distintas culturas, su principio fundamental es el reconocimiento de las expectativas compartidas de comportamiento respetuoso y considerado en las interacciones sociales.
Esto no solo implica ser conscientes de las normas sociales que seguimos sino también de por qué lo hacemos. Ser amable nada tiene que ver con adherir a ciertas rígidas reglas de etiqueta en vistas de lo que otros puedan pensar, sino con un deseo genuino de relacionarse en armonía y de no hacer sentir mal.
Incluso para quienes solemos encontrar mayor placer entre los árboles o los libros — sus derivados — que entre las personas, cuidar el modo en que hacemos sentir a quien nos cruzamos en el camino debería ser una preocupación siempre presente, que nada tiene que ver con la falsedad ni con evitar decir lo que pensamos.
Como explica Cecil B. Hartley en el fabuloso The Gentlemen’s Book of Etiquette, and Manual of Politeness (1873): “La evidencia de nuestra educación en la amabilidad no prueba hipocresía, ya que puedes tratar a tu enemigo más acérrimo con perfecta cortesía y, sin embargo, no hacer demostraciones de amistad”.
O, como diría mi mamá, lo cortés no quita lo valiente.
Es cierto, también, que la cortesía y la amabilidad pueden transformarse sin aviso en las formas más baratas de falsa modestia e impostura. Al respecto, Hartley también explica que “si la cortesía no es más que una máscara, como nos dicen muchos filósofos, es una que ganará amor y admiración, por lo que es mejor usarla que desecharla”.
Lo que seguramente tenía en mente era un comentario de Schopenhauer, perdido entre sus ensayos de Parerga und Paralipomena (1851), donde argumenta que la cortesía es una herramienta, “necesaria pero artificial” que adoptamos como una máscara para ocultar nuestra verdadera naturaleza, a menudo egoísta.
Su advertencia no es, sin embargo, abandonar la cortesía sino aprender a mirar a través de ella, y cita a Séneca en sus Epístolas (§ 52.11): “Si se observa bien, todas las cosas tienen señales que las dan a conocer, y pueden juzgarse las costumbres de una persona por sus menores acciones”.
Son estos detalles los que nos enamoran y de los que brotan la amistad y el romance. Es del modo en que alguien pide un café y luego lo agradece, o la forma en que se disculpa cuando estuvo en falta, o las palabras que elige para reconocer que pudo cambiar de opinión, que los rastros de su verdadero carácter se nos hacen evidentes.
Fue con esta obra que Schopenhauer obtuvo aquel reconocimiento que añoró toda su vida, a poco menos de diez años antes de morir, gracias a una especialmente amable reseña de su libro. Lo que puede hacer la generosidad desinteresada.
Si vestimos la amabilidad como máscara (o como insignia, con orgullo), con un honesto deseo de lograr que la experiencia que otras personas tienen de encontrarnos sea placentera, quizá podamos lograr que aquellos intercambios pasen con mayor facilidad.
Y quizá, dice Hartley, en algún momento la máscara se nos vuelva natural y se desvanezca.
Mientras que un favor puede duplicar su valor por nuestra amabilidad al concederlo, sigue Hartley, un rechazo podría perder la mitad de su amargura si tus modales muestran un cortés arrepentimiento por no poder complacer a quien nos lo pide.
Llegado el momento en que nos crucemos con quien opina que la amabilidad es un defecto, una cobarde muestra de hipocresía, solo debemos aguardar pacientemente hasta que sea ocasión de causar una impresión favorable y veremos cómo buscan desesperadamente una máscara en sus bolsillos.
La amabilidad, si se la practica correctamente, jamás podría causar vergüenza. Por el contrario, es cuando el maltrato se encuentra con amabilidad que la vergüenza se apodera de quien olvidó sus modales en otro abrigo. Si nos dejamos llevar por el calor del momento, rápidamente nos veremos engullidos en llamas. Siendo amables, y con algo de suerte, podemos incluso ganarnos la admiración de quien nos desprecia.
No se supone que esto deba ser fácil, y por eso hablamos de practicar o ejercitar la amabilidad. Es en esto también que se ancla la generosidad: podríamos no hacerlo pero elegimos el esfuerzo. No por un beneficio que probablemente no llegue, sino porque mucho más dulce es aplastar a nuestros enemigos sin perder el carácter.
Si sirve de algo la observación, los villanos más aterradores son aquellos que hablan sin levantar la voz.
Es la crucial diferencia entre amabilidad y etiqueta (o “buenos modales”), lo que nos salva de cualquier falta que cometamos. Aunque no sepamos bien qué hacer con nuestros codos en la mesa, o si de repente nos encontramos con demasiados cubiertos y solo queríamos comer una ensalada, será nuestra amabilidad la que podrá aumentar las chances de que nos inviten nuevamente.
Los modales no son universales, y lo que está bien en mi barrio quizá sea mal visto en el tuyo, pero la amabilidad parecería encontrar su propia forma universalmente.
Y es a la inversa que más de una vez nos podremos cruzar con tipos con galera y monóculo, cuyos modales solo podrían describirse como exquisitos, que bajo una sonrisa se empecinarán en herir a quien sea que los encuentre.
Aunque quizá lo que convenga sea sospechar de quienes usan galera y monóculo.


