Cómo funciona la brevedad

No sé si seré breve, pero lo intentaré.

Nuestras vidas, sin misterio, se caracterizan por su brevedad. Tenemos una buena idea de qué tanto se extiende el tiempo hacia atrás y, sin importar cómo lo miremos, nuestras vidas no se le pueden comparar.

Eso es, por supuesto, hasta que las comparamos con otras menos afortunadas. Sabemos de insectos que viven uno o dos días y otros que luego de treinta celebran haber tenido una larga vida. Rara vez la autobiografía de un ratoncito resume mucho más que un año de aventuras.

Pero no es con esos ejemplos que nos comparamos. Ponemos nuestras vidas de frente a una supuesta eternidad a la que probablemente no podamos aspirar, incluso si coquetos señores con un libro bajo el brazo otra idea nos quieran vender.

Es la vida que me alcanza, y para todo lo que en ella quiero hacer caber no hay vida que alcance.

Le escapamos a nuestra brevedad buscándola en otros lugares. Nadie sabe cómo medir una vida pero así medida es asunto de cantidad y no de calidad.

A ver cuánto podemos viajar, cuánto podemos leer, cuánto podemos mirar, cuánto podemos tachar, así una vida se completa como si fuera un bingo.

Pero hacer del tiempo un infinito hacia adentro entre sus pliegues, nos incomoda reconocer, parece tener más que ver con cómo mirar que con qué tan frenéticamente los paisajes se sucedan. Sin aprender a mirar no podremos siquiera atinar a poseer la belleza de nada y, mucho menos, ser felices, sea lo que sea que eso signifique.

Enfrentamos cada Año Nuevo con una lista de pendientes y nos acostumbramos, sin mucho pensar, a la idea de que encarar el tiempo que nos queda no es muy distinto de ir al supermercado.

Pero lo lindo no es menos lindo por ser breve, ni la artificial extensión de lo inevitable es siempre un objetivo deseable.

“Creo que cuando muera me pudriré, y nada de mi ego sobrevivirá”, escribía Bertrand Russell en 1925. “No soy joven y amo la vida. Pero no estoy dispuesto a temblar de terror ante el pensamiento de mi aniquilación. La felicidad no es menos verdadera porque tenga que acabarse, ni tampoco el pensamiento y el amor pierden su valor porque no sean eternos”.

Hay belleza en la brevedad, en hacer mucho más con poco que ceder a la tentación de ir un poco más allá y quedarnos a mitad de camino. O, como supo explicar un gran líder: “A veces empiezo una frase y ni siquiera sé a dónde va. Solo espero descubrirlo en el camino”.

En eso reside el encanto de saber editar, de leer a medida que escribimos, de medir nuestras palabras antes de siquiera pronunciarlas. De reconocerle mérito a nuestra finitud, en vez de hacer fuerza en sentido contrario.

Conocer el limite, amigarnos con las restricciones, es lo que nos empuja a la creatividad, y es de la escasez —y no la sobreabundancia— que generalmente obtenemos nuestros mejores resultados.

Por eso es tal vez una lástima que nos impongamos brevedad cuando es más lo que tenemos para decir. La vida es breve, pero no tanto.

No creo que la brevedad en sí misma sea un problema o no pueda ser un noble designio, sino la obsesión por simplificarlo todo en mera virtud de que ocupe menos tiempo o espacio.

No es lo mismo ser breve que ser claro, ni es lo mismo ser conciso que ser simple. Tantas veces alguna sencilla aclaración podría haber hecho la diferencia. La brevedad, nos toca admitir, es amiga de los malentendidos.

Casi todo puede decirse con menos palabras. Pero no todo puede realmente decirse con menos palabras que las indicadas. Vísteme despacio, y todo eso.

Seguramente alguien se apresure a indicar que, después de todo, “la brevedad es el alma del ingenio” mientras un montón de cabezas asienten en silencio. Tan maravilloso aforismo se apoya sin más en aquel desgastado pasaje de Polonio, en el acto 2, escena 2 de Hamlet, donde también se vincula brillantemente la locura con un carácter metódico. Esta expresión, nos explican, significa que puede decirse mucho más con el mínimo lenguaje posible, o bien, que ser breve es la esencia de la inteligencia. Y el daño que han hecho estas ideas.

Es al quedarnos con estos bocaditos fuera de contexto que sin darnos cuenta cedemos ante la involuntaria tentación de hacer con ellos lo que se nos place. Por ejemplo, lo que Shakespeare buscaba transmitir en esta obra era que Polonio es un ridículo que da mil vueltas en sus intervenciones, y se mantiene a extrema distancia de su propia observación. Nunca falta un Polonio.

Mención aparte, si lo que buscamos es transmitir una idea de la manera más clara posible, quizá elegir una metáfora como “el alma del ingenio” no sea la mejor opción.

Casi todo, también, puede decirse con más palabras. Pero a veces, cuando escribimos tanto que podríamos empapelar una pequeña habitación, no le dejamos margen que anotar a la persona que lee.

No creo que debamos negar la realidad o fingir que internet nunca sucedió. No creo que debamos aceptar, sin más, que el video le ganó terreno al texto o que un bailecito de sesenta segundos es la mejor manera de abrazar la complejidad.

Nunca fue más barato dejar que nuestras ideas se desperecen, ocupen todo el aire y luego lo liberen, evaporadas. Y sin embargo caracterizamos cualquier día a día con mensajes más propios de la era del telégrafo que de la información.

No tenemos tiempo para prestar atención. Nadie tiene tiempo para nada. Debemos ajustarnos a ello.

O quizá podamos buscar la forma de resistir. Incluso si mi cerebro busca convencerme de que desperté una mañana después de un sueño intranquilo convertido en una ardilla, seguro algo haya que podamos hacer.

Tenemos todo, menos el tiempo.

Mucho más importante es la calidad de nuestra atención que su cantidad, pero puede que se nos haya ido un poco la mano.

Bajo la tiranía de la brevedad se asoma la demonización del aburrimiento. Necesitamos estímulos y no podemos esperar. Nos enorgullece ser impacientes, queremos luces, sonidos, cámara, acción. Tanto ahogo nos distrae de respirar.

Pero aunque leer no sea mejor cuando nos resulta aburrido, ni tres horas en el cine son por definición mejores que quince minutos, es fácil olvidar que aburrirse nos provee de sus propias delicias.

Aprendemos a leer, de una buena vez, y nos condenamos a olvidar, año tras año, el placer de la lectura.

Cuando el tiempo se detiene entre las páginas de un buen libro, a veces también se multiplica y en una hora caben cientos de años.

Nada de esto debería suponer una desesperada defensa de lo superfluo, del uso de un lenguaje florido y abarrotado con la mera intención de inflar el número de palabras que se imprimen.

En una estupenda defensa de la brevedad, el novelista Charles Baxter dice que nos hemos convencido de que “la extensión es sinónimo de profundidad (esto es una confusión de lo horizontal con lo vertical, nótese) y que la mayoría de la gran literatura debe ser grande”. No hace falta citar ejemplos para demostrar que tiene razón.

“Qué tan gordo es tu libro” seguramente haya sido motivo de competencia, entre cigarros y whisky, en alguna reunión. No todo tiempo pasado fue mejor. Ya en 1752 el poeta Christopher Smart se quejaba: “Nuestros bardos en este tiempo son confusamente tediosos”.

Lo breve no tiene por qué ser superficial, y no toda profundidad debe ser producto de la tortura. Pero cuánto más difícil puede ser explicar aquello que requiere tiempo y paciencia en el mismo tiempo que toma lavarse los dientes.

Quizá la extensión, sigue Baxter, tenga algo que ver con la relación entre la persona que escribe y su persona que lee. Visto así, qué tan largo sea un texto solo es parte de un acuerdo por hacer algo durante el tiempo que se quiera, “como vivir en un matrimonio”.

Hace treinta años Baxter comparaba novelas con los cuentos breves de una colección. Hoy comparamos la brutal diferencia entre uno y tres párrafos.

Me encantaría poder excluirme del conjunto de personas cuya atención se ha reducido con el tiempo, pero no es el caso. Sin embargo, estar detrás de las palabras cuando escribimos es distinto de estar delante de ellas cuando leemos. Y, a pesar de todo, cuando junto la energía y el coraje suficientes para enfrentar mi pereza o mi frágil atención, siempre descubro algo nuevo sobre el mundo y sobre mí mismo.

Cuando venzo mi propia fricción para investigar y escribir descubro las mil y una maneras en que estaba equivocado, o cómo aquello que creía saber era una mera caricatura, una sobre-simplificación de algo más complejo. Detrás del funcionamiento de cualquier cosa suelen haber historias breves, fáciles de repetir y llevaderas, en su mayoría falsas.

Es posible reemplazar una cena, con su correspondiente conversación, por un batido proteico mientras hacemos otra cosa. Quizá cumpla con alguna de sus funciones nutritivas pero cuánto se pierde en el resumen si pensamos que ese es el único motivo por el cual vale la pena sentarse a comer.

No creo que debamos oponernos a la brevedad, del mismo modo que no creo que debamos defender la extensión por sí misma. Solo son decisiones de formato. El problema surge cuando la mera extensión se pondera por encima de cualquier otra cosa, como si juzgáramos una pintura por cuánto pesa.

La brevedad no debiera medirse por cuántas palabras tiene un texto sino por cuánto tiempo y esfuerzo se requiere para llegar a sus conclusiones.

El ápice de nuestra capacidad tecnológica parece ahora identificarse con la de resumir automáticamente cuanta información podamos darle a una máquina para desayunar. Nuestras herramientas parecen sesgadas en favor de exponerlo todo en forma de ítems, como si todo conocimiento pudiera reducirse a una lista de afirmaciones.

Ni la ciencia ni la filosofía transcurren en una sencilla exposición de hechos o verdades pretendidas, sino a través del discurrir de argumentos, presentaciones y discusiones acerca de la evidencia que nos permite avanzar ideas sobre cómo es y cómo funciona el mundo.

Son precisamente las sutilezas las que muchas veces engordan los párrafos y alargan las oraciones. Se pueden quitar, pero no sin perder demasiado en la negociación.

Acepto el desafío de la brevedad, pero tampoco puedo ignorar el encanto de extender un paseo. Como bien apuntaba E. B. White, aquel famoso editor y promotor de la brevedad, la escritura no es solo un ejercicio de excisión, sino un viaje en el sonido, donde cada palabra, aunque aparentemente innecesaria, contribuye a la música del texto y a la inmortalidad de su mensaje.

Escribir, sostiene White, no es solo transmitir información sino procurar una experiencia estética.

Cuando salgo a caminar, a veces deliberadamente doblo en una calle desconocida, exploro un barrio que no conozco, persigo una vereda para descubrir a dónde lleva, me detengo a mirar un afiche o me siento en un banco a observar. Solo cuando estoy listo, retomo el camino.

Cuando escribo, a veces hago algo similar: juego con las palabras, alargo un párrafo que podría ser más breve porque no quiero que el paseo termine.

Escribo para compartir una experiencia del mundo, para hacer partícipe de esos paseos a una querida persona que lee. No escribo para educar, enseñar ni siquiera para transmitir información.

Escribo porque, durante la mayor parte de los años que pasé en el planeta, me sentí muy solo, y fue solo al atreverme a compartir palabras —a veces demasiadas palabras—que descubrí una manera de no sentirme tan aislado.

Escribo porque, a través de las palabras, la extraña manera en que mi mente me somete a diario parece cobrar algo de sentido.

Puede que el mundo no siempre tenga sentido, pero al tirar del hilo de las palabras con las que lo describimos encontramos gran parte del sentido que le hemos dado.

Prefiero ser parte de la resistencia, que los libros siguen imprimiéndose y las cartas, como la que te envío, siguen siendo de las cosas más lindas que supimos inventar.

Quise ser breve, pero no tuve tiempo.

History of the Heart” by Candace Shankel (CC BY-NC-ND 4.0)


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