Todo el tiempo pasan cosas raras.
Lo más improbable, lo menos pensado, sucede a diario.
Pero, muchas veces, cuando esas cosas raras nos pasan, preguntamos “por qué a mí” cuando deberíamos preguntar “por qué no”.
Podemos definir una coincidencia como “una sorprendente concurrencia de eventos, percibidos como significativamente relacionados, sin conexión causal aparente”.
Aunque solo sea por un instante, en el calor del momento algo nos descoloca. Sabemos, porque lo escuchamos mil veces, que lo improbable no es imposible, pero la pregunta que siempre queda es “por qué”.
Al notar una coincidencia, incluso fugazmente, contemplamos la posibilidad de que el universo no sea tan aleatorio, que quizá pudimos espiar detrás del telón y ver sus poleas y engranajes. A veces, tenemos la sensación de haber atrapado al universo haciendo de las suyas.
Algunas personas se aferran a esa satisfacción y defienden su creencia en el destino o en las conspiraciones, y otras lo dejan pasar y procuran mantenerse en el reino de lo lógico y racional.Por un lado, la fe religiosa se apoya en gran medida en la idea de que casi nada es casualidad, por el otro la ciencia se presenta como un ejercicio para “eliminar la mancha de la coincidencia”, en palabras de Lisa Belkin.
Solemos decir que “correlación no implica causalidad” porque el hecho de que dos eventos coincidan no significa que uno sea causa del otro. A veces solo es pura casualidad.
Cuando una coincidencia es muy probable, la carga de la prueba recae en quien afirma que hay causalidad. Es entonces que debemos, entre otras cosas, diseñar experimentos controlados y, generalmente, ofrecer alguna explicación acerca de cómo se da la relación entre un evento y el otro, entre la causa y el efecto.
Al matemático John Allen Paulos le cae especialmente mal la gente que no sabe de números. Tan es así que en 1988 publicó Innumeracy, un ensayo acerca del “analfabetismo matemático y sus consecuencias” donde dedica un capítulo a las coincidencias. Allí afirma que “una de las principales características de las personas anuméricas es la tendencia a sobrestimar la frecuencia de las coincidencias” y a hacer a un lado toda evidencia que vaya en contra de sus creencias.
Es que la matemática no explica ese cosquilleo en el cerebro, esa sensación cercana a la magia de haber descubierto algo que se nos podría haber escapado.
Reconocer que una coincidencia es una mera casualidad tal vez implique cierto duelo, una falta de control. Arrojarnos a encontrar patrones donde no existe ninguno es una manera de tenerle menos miedo a vivir.
Creer en el destino o en conspiraciones nos hace sentir que las cosas tienen sentido, que siguen cierta lógica, y no que sencillamente suceden. Es por eso que, por distintos caminos, ambas creencias nos acercan a la idea de que existe un gran plan del que quizá podamos obtener un atisbo.
Lo que nos cuesta reconocer, insisten Paulos y sus secuaces, es que la mayoría de los patrones que encontramos no están realmente ahí. O, mejor dicho, le imponemos estructuras al mundo y luego nos fascinamos al encontrarlas.
Es exactamente lo mismo en el caso de los milagros. Alguien que se salvó por un centímetro del impacto de una bala es una persona con mucha o muy poca suerte, dependiendo de cómo lo veamos.
Pero esas cosas no pueden ser mera casualidad, protestamos. “A ver, qué tan probable es”, alguien exclama.
Y hay muchas, pero muchas personas que se toman el desafío en serio. Quienes se dedican a hacer cuentas nos dirían que generalmente las situaciones que nos resultan increíbles suelen tener una probabilidad mucho más alta de lo que solemos imaginar.
Sin demora nos explicarán que la “ley de los números verdaderamente grandes”, propuesta por Persi Diaconis y Frederick Mosteller en 1988, sostiene que si bien algo puede parecer notable y asombroso, si hay suficientes personas involucradas, es muy probable que a una de ellas le suceda alguna peculiar “coincidencia”. El mundo, solemos olvidar, es muy grande: uno en un millón ocurre 8 mil veces por día.
Esta ley también suele usarse para recordar que cuantas más predicciones hace algún místico, más probable es que, por casualidad, en alguna le pegue. Y cuando esto pasa solemos olvidar que en la gran mayoría de las otras erró.
Hay tanto chanta dando vueltas porque nos resulta profundamente atractiva la idea de que alguien pueda escaparle a la angustia de la incertidumbre y devolverle algo de sentido a un mundo que se nos escurre entre los dedos. Algo de esto es lo que argumenta James Randi en The Mask of Nostradamus (1990), dedicado a desarmar las profecías del más famoso adivino.
Y qué atractivo es cuando alguien explica alguna tontería con absoluta seguridad y sin dejar cabo sin atar. A veces puede costar no dudar.
“La causa fundamental del problema es que en el mundo moderno los estúpidos están seguros de sí mismos, mientras que los inteligentes están llenos de dudas”, escribió Bertrand Russell en 1933, parafraseando al poeta irlandés William Butler Yeats.
En el caso de las conspiraciones, siempre tan irresistibles en el modo en que logran tejer un evento con otro, la matemática no nos permite afirmar que no sean verdaderas. Solo nos ayuda a señalar qué tan innecesarias suelen ser para explicar una serie de eventos desafortunados. Una vez más, el pensamiento conspirativo se nos cuela a modo de afrontar la incertidumbre. El famoso “elijo creer”.
Son los detalles en las coincidencias lo que nos impacta como un rayo y deja nuestra racionalidad patas para arriba, buscando desesperadamente su calculadora.
El árbitro de la final de la Copa del Mundo de fútbol de 1986 nació el 7 de enero de 1939. El árbitro de la final de 2022 nació el 7 de enero de 1981. En ambos casos ganó Argentina. ¡Cuáles son las chances!
Nos absorbemos con preocupante facilidad por los detalles superfluos — a los fines del cálculo — pero son estos los que salpimentan un universo caótico en el que las coincidencias y la manera en que nos entretienen nos motivan a salir corriendo a contarle a alguien más lo que descubrimos.
Un truco para encarar una coincidencia es preguntarnos qué tanto debería sorprendernos si hacemos a un lado sus detalles, sugiere el matemático Brandon Efron. Las historias se vuelven mucho menos interesantes, pero más fáciles de bajar al papel. La probabilidad de que dos personas hayan nacido el mismo día no es tan baja e incluso, si empezamos a agregar detalles corremos el riesgo de estar eligiendo apenas aquellos que nos convienen para “elegir creer”.
A veces, también, elegimos — convenientemente — no creer. En 1997 el estadístico Robert J. Tibshirani demostró que probablemente no era una coincidencia que las tasas de accidentes aumentaran cuando las personas manejan y usan el celular, y recién en 1999 se lo empezó a prohibir alrededor del mundo.
Todo tiene que ver con aquello a lo que prestamos atención — y a lo que no — en más de un sentido: “La probabilidad de obtener una escalera real en el póquer es muy baja”, explica Tibshirani, “pero la probabilidad de toda mano en el póquer es baja”. Lo que pasa es que ciertas manos nos llaman la atención y otras no.
Es por esto que muchas de las coincidencias premonitorias se explican simplemente por un sesgo de selección: cuántas veces estamos pensando en alguien y no recibimos un mensaje de su parte. Ah pero cuando justo pensamos en esa persona y salta una notificación, ¡el poder de la mente se nos ha manifestado!
Nos sorprendemos constantemente cuando nuestro cumpleaños coincide con el de alguien más, o cuando otra persona conoce a alguien que fue a la misma escuela primaria que un amigo con el que hace mucho no hablamos. Nos fascina la coincidencia y convenientemente optamos por desestimar las incontables cosas que no tenemos en común.
En la cuestión de las coincidencias, sintetiza Belkin, en un extremo se encuentran las personas para quienes los eventos no guardan relación entre sí a no ser que se demuestre lo contrario, y en el otro aquellas para quienes una coincidencia nunca es un accidente.
No es difícil ubicar a Carl Jung en este espectro. La mera aleatoriedad no le alcanzaba y por eso propuso en 1952 la “sincronicidad”, apalancada en la teoría de que hay un orden y una estructura subyacentes a la realidad, una red que conecta todo con todo.
Esta teoría le permitía dar cuenta de las coincidencias pero también de la telepatía y los fantasmas. Y ese es el problema de tratar de encontrarle una explicación profunda a cada coincidencia: sin darnos cuenta nos pasamos tres estaciones y nos bajamos en lo paranormal.
Algunas personas se quedan con las coincidencias más extrañas, las nutren, les dan mil vueltas y anclan en parte el sentido de sus vidas en ellas. Y otras les reconocen su encanto, quizá las mencionan alguna vez, y las dejan pasar.
Pero aunque una coincidencia no pase de una curiosidad, es un poco injusto desestimar de irracionales a quienes se empecinan en sacarles sentido.
Nuestro maravilloso cerebro fue moldeado evolutivamente para reconocer el modo en que ciertas cosas se repiten o guardan sentido. Esta capacidad podría ser la base fundamental de la mayoría, si no todas, las características únicas de la mente humana, incluida la inteligencia, el lenguaje, la imaginación, la invención y la creencia en entidades imaginarias como fantasmas y dioses.
Esta peculiar capacidad nos permitió desarrollar el pensamiento científico: distinguir una coincidencia de una relación causal es lo que hace toda la diferencia. Y suele ser más difícil de lo que parece: tan buena es la mente encontrando patrones que los encuentra también donde no están.
A veces es solo una limitación de nuestra imaginación lo que nos hace tomar por notable algo común, y viceversa. “La vida es infinitamente más extraña que cualquier cosa que la mente del hombre pueda inventar”, le explica Sherlock Holmes a su querido Watson. “No nos atreveríamos a concebir las cosas que en realidad son meros lugares comunes de la existencia”.
El temor a estar en peligro exacerba nuestra creencia en conspiraciones y, con notable frecuencia, las personas con un trastorno de ansiedad reaccionan a amenazas percibidas que en realidad no existen o que es muy poco probable que ocurran.
Pero nuestra paranoia no siempre significa que no nos estén siguiendo.
“Los niños pequeños tienen justificación para ser conspiranoicos“, escriben los científicos cognitivos Thomas Griffiths y Joshua Tenenbaum. “Su mundo está gobernado por una organización inescrutable y todopoderosa que posee comunicaciones secretas y poderes misteriosos, un mundo de adultos, que actúa según un sistema de reglas que gradualmente logran decodificar a medida que crecen”.
“[Las coincidencias] son una verdadera paradoja”, dice Tenenbaum. Es exactamente la misma función cognitiva que nos permite desentrañar cómo funcionan las cosas la que nos hace creer que todo se relaciona entre sí.
La pregunta crucial, dice, es si nuestra evolución derivó en criaturas fundamentalmente racionales o irracionales, cuya mente a veces se entusiasma demasiado con las coincidencias.
Ahí es donde nos ayudan las matemáticas, y un saludable escepticismo científico.
Que dos personas cumplan años el mismo día rara vez nos llama la atención. Pero si involucra ganar la copa del Mundo, nos resulta irresistiblemente asombroso, una señal, un irrefutable augurio de gloria.
Que los primeros signos de autismo se manifiesten entre los 12 y 24 meses de edad, el mismo período en que se suelen aplicar varias vacunas, es la estúpida, estúpida coincidencia que inauguró la equivocadísima asociación entre la vacunación y el autismo gracias al fraudulento trabajo de un criminal. A veces el pensamiento conspirativo puede hacer mucho daño y convencer de la idea de que tener un hijo autista es peor que tener un hijo muerto.
Distinguir una coincidencia de un novedoso hallazgo científico es difícil. Por eso este talento se apoya en nuestra capacidad para resistir a la tentación de darle importancia de manera apresurada. Reconocer algo como falso a no ser que tengamos muy buenos motivos para aceptarlo como verdadero es una útil estrategia como punto de partida. El famoso “elijo no creer” — hasta no contar con la evidencia.
Una coincidencia es siempre un punto de partida. Hacia dónde nos lleve dirá mucho más acerca de cómo enfrentamos al mundo que del mundo en sí mismo.
A veces una casualidad puede derivar en un hallazgo científico mayúsculo — lo que llamamos serendipia — siempre y cuando estemos prestando atención.
Otras veces, una casualidad solo es indicio de nuestra ignorancia respecto de todo lo que realmente está en juego en una coincidencia. Con especial facilidad podemos estimar mal una probabilidad simplemente porque nos falta información.
Y tantas otras, una casualidad es solo eso, una peculiar coincidencia.
Vivir en un universo al que nuestra existencia no podría importarle demasiado no es algo fácil de sobrellevar. Atesoramos las coincidencias — y las curiosidades — porque en la búsqueda de sentido no siempre sabemos de dónde aferrarnos.
Esto último es lo que incomodaba a Jung: la idea de que las coincidencias simplemente ocurrieran y que la falta de una teoría unificada resultaría en un mero “gabinete de curiosidades”.
Para la escritora Julie Beck lo podemos mirar al revés: “Se supone que debería resultarnos poco atractivo … pero me gusta la imagen de las coincidencias como un gabinete de curiosidades lleno de cosas raras que no supimos dónde más poner”.
No tendremos una teoría unificada del mundo y todo lo que allí sucede, pero tendremos una “caótica colección de curiosidades”, y eso no es poca cosa.
En palabras de Diaconis, el día realmente inusual será uno en el que no ocurran coincidencias.

