“Estoy bien jodido. Esa es la conclusión a la que puedo llegar. Jodido.”
Apenas seis soles luego de llegar a Marte, Mark Watney tuvo que enfrentar la realidad de haber quedado varado en el planeta al que apenas estaba acostumbrándose. Una tormenta de arena, paradójicamente, ponía en riesgo la capacidad de volver a la Tierra y se decidió abortar la misión. Pero en medio del escape Mark fue arrastrado y dado por muerto. Al despertar notó que, al menos, en su página en Wikipedia diría: “Mark Watney, único humano fallecido en la superficie marciana”.
The Martian (2011) es la primera novela de Andy Weir, un programador californiano, que cuenta la historia de un astronauta que al quedar varado en Marte en el año 2035 se ve forzado a improvisar para sobrevivir. Herido por el accidente y declarado muerto, está solo en el planeta rojo sin poder comunicarse y con escasos recursos.
Pero Watney, astrobotánico e ingeniero, no puede con su genio y su compulsión por repararlo todo. Es esta lúdica perspicacia la que, uno a uno, va sacándolo de problemas y metiéndolo en otros. Su optimismo sin embargo realista es contagioso e intoxicante, y es precisamente eso lo que me voló la cabeza al leer el libro. Fue verme a mí mismo perdido en Marte, varado en condiciones que difícilmente pudiera cambiar, esperando a que algo o alguien me rescatara, disputando la mera idea de que eso fuera posible.
“Todo iba joya justo hasta el momento de la explosión”.
Hay días mejores que otros. Hay meses mejores que otros. Y hay años. Hay años tan malos que nos gusta decir que no fueron años. El 2015 fue uno de esos años. Pero al apilarse los días que sucedieron a aquel terrible, no bueno, horrible, muy mal año, me entretiene más recuperar todo lo que aprendí, antes que todas esas cosas para las que nunca encuentro un momento para recordar.
Apenas un mes antes de que mi terapeuta, Candelaria, me contara que se iría a vivir a Sierra Leona, se estrenó en el cine la adaptación de The Martian. Era obvio que me iba a gustar: dos horas y media de un tipo varado en Marte obligado a resolver problemas para sobrevivir. Era como si hubieran abierto mi cráneo de par en par y definido la sinopsis con lo primero que encontraran ahí.
Apenas volví a casa del cine conseguí el libro y lo empecé a leer. En poco más de diez días lo había terminado. Era un mal año, ¿pero qué tal si la clave para darlo vuelta estaba en la historia de Mark Watney? Solo tenía que tomarlo como un problema a resolver o, como diría él: “[I’ll] have to science the shit out of [it].”
En uno de esos últimos encuentros con Candelaria, con quien ya iba en modo de despedida, le comenté que había encontrado una clave terapéutica. Se lo conté casi como un secreto profesional, de un profesional a otro, como si le estuviera contando la posta para la resolución de cualquier problema imaginable. Porque si en un vicio caemos los filósofos es en cada tanto creer que entendemos más de lo que entendemos.
La revelación había surgido de un momento crucial de la novela, que en la película casi que es pasado por alto. Se trata de la escena en que explota la esclusa que separa al hábitat del exterior y Watney queda atrapado, lejos del hábitat. Tiene limitado oxígeno, su traje queda casi destruido y directamente se harta, luego de cuatro meses, de ese maldito planeta.
Transcripción de entrada de audio: Sol 119
¿Saben qué? ¡A la mierda! A la mierda esta esclusa, a la mierda el Hab y a la mierda todo este puto planeta.
En serio, se acabó. Ya tuve suficiente. Me quedan cinco minutos antes de quedarme sin aire, y mirá si me los voy a pasar jugando a este retorcido jueguito de Marte. Estoy tan harto que me dan ganas de vomitar.
Lo único que tengo que hacer es quedarme acá sentado. Me voy a quedar sin aire y morir.
Se acabó. Basta de tener esperanza, basta de autoengaños y basta de resolver problemas. HARTO.
Cuando estaba leyendo el libro, prácticamente en la piel de Watney, lo entendí. Estuve de acuerdo. Yo también reaccionaría así si luego de tanto tiempo de atar todo con alambre; de sobrevivir a base de hacks — para tener más agua, para tener más comida, para no morirme — casi todo lo que intento indefectiblemente falla. Pero ahí es cuando se da la clave para aceptar (o no) aquello que no podemos cambiar: darnos un momento para el berrinche, pero luego ponernos manos a la obra.
Transcripción de entrada de audio: Sol 119 (2)
*Suspiros* Bueno. Ya tuve mi berrinche, ahora tengo que pensar en cómo sobrevivir. Otra vez. A ver qué puedo hacer…
(…)
Solo tengo que pensar un minuto.
No sé si mis palabras logran hacer justicia a la situación de explicarle a mi terapeuta los siguientes elementos para llegar al punto: i) cómo funcionan los viajes a Marte según este libro; ii) cómo es que Mark Watney queda varado; iii) por qué explotó la esclusa y iv) qué es lo que me quedó de todo eso. Escribiendo estas mismas líneas me pregunto si realmente debería sorprendernos que Candelaria se haya ido a vivir a África, quién podría juzgarla.
En cualquier caso, ya casi redondeando lo que quedaba de aquel año, decidí que estaba bien darme algo de lugar al berrinche, siempre y cuando se convirtiera luego en un ponerse manos a la obra. El chiste, en efecto, estaba en no quedarse pataleando. Pero detrás de las peripecias de Watney lidiando con su propia serie de eventos desafortunados había un aprendizaje más.
La antena de comunicaciones está rota, no hay suficiente comida, el hábitat diseñado para durar treinta días debe durar dos años, y nadie sabe que él está vivo. Pero una y otra vez a lo largo de su larga estadía Watney se recuerda a sí mismo que cuando empieza a atolondrarse porque los problemas lo abruman, es uno a la vez lo que hay que resolver, sin importar qué explota, qué falta, o qué hay que arreglar. Un paso a la vez, un día a la vez.
[En la NASA]
— ¿Cómo será estar atrapado allí? — reflexionó — . Cree que está completamente solo, que todos nos hemos olvidado de él. ¿Qué clase de efecto podrá tener eso en la mente de un hombre? Me pregunto qué estará pensando ahora mismo.
[Mientras tanto, en Marte]
Entrada de diario: Sol 61
¿Cómo es que Aquaman controla las ballenas? ¡Son mamíferos! No tiene sentido.
The Martian es la primera novela de Weir. Weir optó por publicar gratuitamente cada capítulo en su web tras haber sido rechazado muchas veces por editoriales. Pero a medida que lo hacía, sus lectores le iban haciendo correcciones científicas, que sumadas a su propia investigación resultaron en una obra muy plausible. Luego de subir el último capítulo, sus lectores le pidieron si podía subir la novela a Amazon. Vendió 35 mil copias en tres meses al mínimo precio permitido (99 centavos), superando incluso las descargas gratuitas de su web.
Cuando en 2015 salió su adaptación, dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Matt Damon, se la celebró por su fidelidad a la ciencia y por la construcción del personaje de Watney. Es cierto que en Marte no puede haber tormentas de arena, pero podemos concederle prácticamente todo el resto. Hubo tanto entusiasmo en la NASA con la película que organizaron sus propias proyecciones. En un contexto en el que la exploración del espacio no es vista como una prioridad, y el presupuesto en ciencia y tecnología está en disputa, una película que muestra las virtudes del método científico es un motivo para celebrar. The Martian no solo es una buena película, es una película importante.
La novela es inagotablemente extraordinaria, y apenas escribiendo estas líneas casi caigo en la tentación de releerla en vez de terminar este correo. Pero si debemos hacer notar un último aprendizaje, es el de mantenernos no solo ocupados, sino intelectualmente entretenidos. Los problemas con los que se encuentra Watney no solo son desafiantes, sino también apasionantes. Y es por eso que el vínculo entre lo narrado en The Martian y la manera en que podemos ver al mundo puede tener un impacto tan grande.
Watney no hubiera podido resolver sus problemas con meras buenas intenciones o ingenio, sino que también tuvo que encontrar cómo hacer uso de todo lo que aprendió hasta ese momento a su favor. No sé si habré logrado transmitirle a Candelaria el punto detrás de mis eternas explicaciones, sobrecargadas de detalles intrascendentes, pero aquel cierre no sería tampoco anecdótico.
No hace falta estar varados en Marte para sentirnos en Marte. Pero como Watney, frente a aquello que no podemos cambiar casi siempre podemos dar guerra con el ingenio y la curiosidad que, a veces, además de sacarnos del sopor cotidiano, pueden hacernos sobrevivir.
Las cosas no salieron exactamente como lo planeé, pero no estoy muerto, así que es un triunfo.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 6 de agosto de 2017.
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