“Creo que cuando muera me pudriré, y nada de mi ego sobrevivirá. No soy joven y amo a la vida, pero me aborrecería temblar de terror ante el pensamiento de mi aniquilación. La felicidad no es menos verdadera porque eventualmente se acabe, ni el pensamiento ni el amor pierden su valor por no ser eternos”.
— Bertrand Russell, What I Believe (1925)
La última vez que visité a mi abuelo había pasado varios años sin verlo. Tiene 92 y hace unos veinte tuvo un ACV que lo dejó con afasia y hemiplejia. Ahora vive en un “club de abuelos”, una especie de geriátrico cuya gerencia aparentemente gusta de los eufemismos. Aprovechando mi último viaje a Bariloche, le propuse a Guadalupe visitarlo y, quizá con algo de cobardía, dejé que ella capitaneara la situación.
Pasando la puerta de entrada un montón de señoras y señores de otra época miraban un televisor gigante con las últimas noticias acerca de lo que fuera que estuviera sucediendo en algún rincón del universo. La mirada de los abuelos cuando una persona extraña cruza la puerta es una que conozco muy bien.
Fui al colegio más maravilloso del mundo. No solo porque este montón de autismo con anteojos pudo sobrevivir a su infancia gracias a aquel lugar sino porque de verdad lo era. Lo dirigía mi mamá, a quien le escuché decir hace algunos días que ese había sido su cuarto hijo, por lo que, técnicamente, fui al colegio “en” mi hermano.
A mi mamá le interesaba que los niños pudieran encontrarle sentido a la lectura y así se le ocurrió organizar una visita mensual a un geriátrico donde cada uno debía buscarse un abuelo al que leerle. Pasábamos la mañana allí, trayéndole mundos a quienes el mundo había olvidado. Esa mirada — la de quien ha sido arrumbado en una casita en la ladera del Cerro Otto hasta que el destino inexorable de la fisiología humana haga de las suyas — es la que me encontró cuando visité el club de abuelos aquella mañana.
El Cholo estaba en su habitación, discutiendo con la enfermera más amorosa del mundo mundial. El ojo apenas atento puede descubrir que el amor se esconde en la forma en que los músculos faciales orquestan una mirada. La disputa concluyó sin pena y sin gloria cuando el abuelo reconoció que había visitas.
Con algo de ayuda se acomodó y mi hermana se sentó a los pies de su cama, mientras yo me procuré una silla que por ahí andaba. En su ventana había algunas plantitas y un helecho que probablemente no llegue a la próxima estación.
Con mi abuelo hace ya mucho que no hablamos por teléfono. Ni bien comenzaba la conversación te despachaba con un “bueno, te quiero, chau, chau, te quiero, chau”. Siempre me pareció curioso, y siempre asumí que remitía a una época en la que hablar por teléfono seguramente era bastante caro, por lo que cada palabra realmente valía.
Mi hermano Julián está en Barcelona, vive allí desde hace unos días, ocupando la habitación de Guadalupe. Se escapó de donde trabajaba a 3.480 metros de altura, en aquel refugio en la frontera entre Suiza e Italia. “Es como trabajar en un McDonald’s en los Alpes”, supo describir el desertor montañés.
Se me ocurrió llamarlo para que saludara al abuelo y no lo encontré. Armé una videollamada con mi papá y ahí estaban, padre e hijo conversando en tiempo real viéndose las caras, actualizando el catálogo de sonrisas. Apenas unos minutos entrada la conversación me di cuenta de lo que había hecho.
Una de las perplejidades de lo natural, que tanto nos enseña, es la de regar una planta que mucho ha sufrido. Puede que el efecto no sea inmediato, pero más tarde no cabe duda de que el agua es vida.
No sé de qué ridícula manera imaginé que mi abuelo ya había tenido la mágica experiencia de ver y hablar a la distancia. Pero ahí estaba el florista de Chacarita—orgulloso titular del “puesto número 1” del Cementerio, hazaña que nadie jamás podrá quitarle—sonriendo a más no poder con los pocos dientes que le quedaban, sencillamente maravillado.
El abuelo piensa obsesivamente acerca de su finitud. Los humanos hacemos un montón de cosas para no pensar en por qué estamos acá. Trabajamos, vamos a la plaza, miramos alguna en Netflix, nos emborrachamos y hasta nos enamoramos. Todo para que no nos alcance la pregunta filosófica.
“¿Por qué estoy acá?”, se pregunta—y yo me aguanto. Me limito a escuchar la dulzura de mi hermana en conversación. A lo que mi abuelo se enfrenta es a lo que desde hace veintiséis siglos, e incluso más, los animales racionales nos enfrentamos. Pero postrado en una cama, quien otrora enfrentaba aquella inquietud desde el hacer, hoy no le encuentra la vuelta y en un loop infinito vuelve siempre al mismo lugar.
No es que la filosofía nos evite el bucle—porque no lo hace—sino que nos marca para que podamos volver allí cada vez desde un lugar distinto, armados para volver a empezar. Mi abuelo ya no puede caminar, trabajar, ir a la plaza ni le interesa mirar alguna en Netflix. Quizá le interese emborracharse y enamorarse, pero no es algo de lo que hayamos charlado recientemente. Me atraganté sin decirle que yo también pienso en lo mismo que él, todos los días. Por qué estoy acá.
Morir es inevitable e íntimo, dice Frank Ostaseski en The Five Invitations (2017). Frente a nuestra inminente expiración encontramos profundidad donde antes quizá solo estaba la sospecha, y donde un abismo nos paralizaba ahora encontramos una fuente de amor que desconocíamos. En el cuidado descubrimos que podemos ser recipientes de inmenso cariño que nada busca a cambio.
La muerte no nos encuentra al final de un camino, sino que siempre está ahí. “Nos ayuda a descubrir lo que más importa”, dice Ostaseski.
Luego de una hora, media docena de mensajitos de todos los colores e incluso una llamada de larga distancia que no encontró respuesta, Julián volvió a la habitación en la que había dejado su celular y contestó. En dos patadas mi hermano le hablaba en italiano a mi abuelo, de padres italianos, y le mostraba su balcón barcelonés prestado.
Así, el catálogo de sonrisas y miradas quedó completo y Florencia, la enfermera más linda y buena del mundo, le trajo la comida. Mientras lo ayudaba llegó a hacerle algún que otro chiste sobre contraer matrimonio.
“Cuidado con enamorarse de un filósofo”, pensé.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 24 de febrero de 2019.
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