En incontables planes de incontables citas con chicas que alguna vez me gustaron, contemplé el momento en que durante una película pudiera agarrar su mano y que eso estuviera bien. Sería perfecto: infinito coraje acumulado en tan osado acto, para ser recibido alegremente y disipar cualquier temor de rechazo. Todo aquello que debiera ser, sería finalmente.
Lástima que nunca sucedió. Mis planes nunca pasaron de ser planes y, a lo sumo, reciclados en una confesión, me ganaban algo de simpatía cuando la otra persona los escuchaba. Pocos actos en la adultez conllevan el peso de agarrarle la mano a alguien más. Y esto, cuando menos, es bastante curioso.
Pero el tacto no sexual entre otras cosas reduce el estrés, el ritmo cardíaco y la presión sanguínea. Al reducir el estrés, disminuyen los niveles de cortisol, una hormona que empeora nuestra memoria y suprime nuestro sistema inmunológico. Es por esto que recibir abrazos está directamente vinculado con un mayor bienestar.
La riqueza del tacto se sigue de su exquisita complejidad. El vasto despliegue de receptores nerviosos bajo nuestra piel nos permite distinguir la velocidad con la que nos tocan, la dureza o suavidad, la temperatura e incluso la distinción entre las más sutiles caricias o el dolor más punzante. Este catálogo de posibles sensaciones activa distintas partes del cerebro, que nos hacen sentir aliviados o doloridos, cómodos o molestos, enojados o tranquilos.
Tal es la importancia del tacto para nuestro bienestar que su ausencia durante la infancia puede dejar secuelas para el resto de la vida. Una suerte de epidemia de falta de tacto es lo que provocó Nicolae Ceaușescu cuando a mediados de los años sesenta subió al poder en Rumania. Obsesionado con aumentar la producción industrial del país creía que debía aumentar considerablemente la población y, para lograrlo, en 1966 comenzó a restringir el acceso a anticonceptivos y prohibió los abortos en mujeres que no tuvieran al menos cuatro hijos, además de incorporar altísimos impuestos a quienes no tuvieran.
El plan funcionó, a su maligno modo, funcionó. Es por esto que durante su mandato abundaron los leagăne (“cunas”), orfanatos estatales que alojaron a miles de niños, generalmente hasta los tres años, prácticamente haciendo de escenario a uno de los experimentos psicológicos más perversos de la historia reciente.
Luego de caer Ceaușescu, cuando las historias de estos leagăne empezaron a inundar televisores de todo el mundo, Mary Carlson y Felton Earls, ambos de Harvard, viajaron a Rumania para conocer los efectos que la falta de cuidado parental había tenido en estos niños. Lo que encontraron fue ausencia de expresiones faciales, mutismo, rechazo social y niveles absurdos de estrés. Cuando en 1997 publicaron sus resultados, una de sus principales preocupaciones era qué pasaría con una sociedad prácticamente rota por la falta de contacto físico durante la primera infancia. Al menos medio millón de sobrevivientes hoy se preguntan lo mismo.
El tacto es el primer sentido que se desarrolla cuando somos niños y se mantiene central a nuestras emociones durante el resto de nuestras vidas. Si bien en los albores de la psicología del comportamiento se especuló que la falta de contacto físico era clave para la estabilidad emocional, hoy sabemos que se trata de todo lo contrario y que el tacto frecuente y cariñoso es indispensable a una buena salud mental.
“La forma en que nos tocan podría tener mayor impacto incluso que las palabras”, dice Tiffany Field, que dirige un instituto de investigación sobre el tacto. El contacto físico, según ella, es la primera forma en que aprendemos a comunicarnos. En uno de sus estudios, encontró luego de observar 49 culturas diferentes que aquellas en las que el afecto hacia los niños se demostraba menos físicamente tenían niveles significativamente más altos de violencia entre adultos, y viceversa.
And when I touch you
I feel happy inside
It’s such a feelin’ that my love
I can’t hide.
Yeah, you got that somethin’
I think you’ll understand.
When I say that somethin’:
I want to hold your hand.
— The Beatles, “I Want to Hold Your Hand” (1964)
Cuando se trata de agarrarse de la mano con la persona que nos gusta, parecería tratarse mucho menos de un avance sexual y mucho más de una demostración pública de afecto. Incluso, ir de la mano parecería no haber sido afectado por la revolución sexual o, paradójicamente, haber invertido completamente su significado.
Curiosamente, mientras que los Beatles cantaban acerca de sostener la mano de una chica como primer acto de cercanía, en la actualidad parecería ser lo opuesto: la culminación de la intimidad. Si dos personas van de la mano es más probable que sea porque llevan una relación y no porque recién se están conociendo.
Pero tomar de la mano a la persona que queremos en público también puede ser un acto político, y más allá de la creciente tolerancia hacia las parejas homosexuales, los ataques no son infrecuentes. Alcanza con ver el tipo de advertencias que distintas organizaciones están haciendo a los entusiastas del fútbol que tengan pensado ir a Rusia para ver el mundial. Piara Powar, director de una de estas organizaciones, advierte que caminar de la mano en Rusia podría ser una hazaña peligrosa.
No es sólo una carga simbólica lo que acarrea sostener la mano alguien más, sino que nos ayuda a tolerar mejor situaciones de dolor físico. Estudiando el impacto del tacto en situaciones amenazantes, se encontró que cuando a una persona se le decía que recibiría una descarga eléctrica en el tobillo las regiones de su cerebro que se activaban anticipándose al dolor se vinculaban con emociones negativas. Pero cuando sus parejas tomaban su mano, estas mismas regiones disminuían nuevamente su actividad.
A veces, sin darme cuenta, tomo la mano de mi pareja en el medio de la noche. Supongo que lo hago imitando a esas nutrias marinas que alguna vez vi en internet. Quizá, como ellas, tampoco quiero que nos separe la corriente.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 1 de abril de 2018.
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