Cómo funciona andar descalzo

Durante más años que los que me animo a calcular, lo único que me preocupaba de andar descalzo era pisar un clavo oxidado o una avispa.

En el verano el pasto verde del jardín invitaba a pisarlo y estrujar su frescura. En invierno la mejor parte era sacarse las botas de goma, ya en casa, para que los pies pudieran recuperar color —y desplegar olor.

Pero vivimos en sociedad, y los pies no pueden hacer siempre lo que quieren.

Sandalias, zapatillas, zapatos, botas y alpargatas se suceden en caprichoso orden junto con las estaciones y las correspondientes ocasiones, y esos dedos que alguna vez descubrimos podíamos hacer bailar se van escondiendo amontonados hasta que casi no los vemos más.

Al menos hasta que vuelva el verano y, con él, solo por un ratito, el mundo quede patas para arriba, o con las patas al aire.

Hay un mundo frío, pegajoso, pinchudo, allá afuera. Y lo único que parece separar y proteger nuestra frágil existencia es la suela de nuestro calzado. Nadie está realmente desnudo hasta que no se saca los zapatos. Podemos sacarnos el abrigo, pero no hay verdadera intimidad hasta que nuestros pies no tocan el suelo y, como Aquiles, somos vulnerables.

Quizá por eso no cualquiera se anima a andar descalzo.

Hace algo así como 3 millones de años nuestros ancestros usaron herramientas de piedra por primera vez, hace 2 millones dominaron el fuego, hace poco más de 100 mil comenzaron a vestirse, y hace no mucho más de 40 mil años cubrieron sus pies por primera vez.

Las formas más antiguas de calzado, como sandalias y mocasines, eran de cuero o fibras y se fabricaban con herramientas de piedra. Es por eso que, en realidad, no conocemos la historia completa: el cuero, incluso cuando es curtido, se descompone con facilidad.

Durante mucho tiempo, se pensó que el calzado más antiguo tenía no más de 10 mil años, basándose en unas pocas sandalias halladas en Norteamérica. Pero, gracias al estudio de huellas y esqueletos del Paleolítico Medio y Superior en Eurasia, en 2005 se concluyó que el Homo sapiens usó calzado por primera vez hace 30 a 40 mil años. Esto se dedujo por una peculiar observación: fue entonces cuando los dedos del pie empezaron a ser más débiles en comparación con los de esqueletos más antiguos.

Todo calzado altera la biomecánica del pie y afecta la distribución de fuerzas, algo que se refleja en la robustez de las falanges. La idea surgió de observar cómo se diferencian, en la actualidad, los pies de quienes usan zapatos o sandalias y los de quienes andan descalzos.

En otras palabras, el calzado no solo nos cambió la vida sino también el esqueleto y la manera misma en que caminamos.

Aunque originalmente se usaba como mera protección, a medida que las sociedades se volvieron más sofisticadas, se volvió, también, una útil manera de establecer en qué peldaño de la escalera nos ubicamos, a qué podemos aspirar y a qué no y, sobre todas las cosas, hasta dónde podemos llegar: la historia del calzado puede verse, también, como una de división y desarrollo de clases.

Sobre nuestros pies no solo cargamos el peso de un cuerpo, sino también el de la cultura en la que resultamos nacer. Con o sin calzado, a través de los pies pueden hacerse evidentes nuestras ideas sobre género, sexualidad, poder y cultura, y como con todo lo que vestimos, lo que calzamos sirve de atajo para que puedan juzgarnos.

Andar descalzos puede ser señal de pobreza, de elevación espiritual, de desinterés e incluso de inimaginable riqueza. Nuestros pies desnudos pueden despertar vergüenza, admiración, asco o excitación sexual, dependiendo de dónde lo hagamos.

Lo que no pueden hacer es pasar desapercibidos.

Es probablemente el reflejo de una sociedad demasiado impaciente por juzgar a sus participantes —incluso si solo es de manera velada y algo avergonzada— que de repente una nimiedad tal como no usar calzado, pintarse las uñas o delinearse los ojos se puedan percibir como gestos de rebeldía.

Esta contingente relación hacia los pies desnudos puede rastrearse a través de las reacciones que suscitaron a lo largo de los tiempos y lugares.

En China, por ejemplo, la costumbre de sacarse los zapatos al entrar en una casa se estableció durante la dinastía Zhou (1046-256 a. e. c.), pero luego, especialmente durante la China imperial, surgió una fuerte asociación entre la decencia y el ocultamiento de los pies, particularmente en las mujeres, llegando incluso al extremo de aplicarle a las niñas una venda ajustada en los pies para prevenir su crecimiento, una práctica prohibida recién en 1949 por el gobierno comunista de Mao.

Algo similar ocurrió en Europa. Durante la edad Media, el calzado indicaba estatus social, desde sandalias de cuero hasta zuecos de madera y, luego, a partir del siglo XV, las chapines —un tipo de chinela con suela de corcho y fino forro de cuero— se convirtieron tanto en un símbolo para las mujeres de clase alta, como de las cortesanas, no sin controversia. En contraste, los pies descalzos eran mal vistos y se asociaban con la pobreza o la indecencia, aunque también con una noble humildad o penitencia, especialmente en contextos religiosos.

Notablemente, incluso si ciertas representaciones de la antigua Grecia podrían hacernos pensar que todos andaban descalzos, si no desnudos, filosofando por aquí y por allí, no estaríamos en lo cierto. Sócrates, famoso tipo que andaba descalzo, lo hacía en contraste con sus pares y el rol del zapatero era central en la vida ateniense.

El primer diálogo socrático alguna vez registrado fue obra de Simón, el zapatero, que tenía la costumbre de tomar notas de las conversaciones entre Sócrates y sus discípulos en su taller, mientras él trabajaba el cuero.

Esta historia, de pies y zapatos, acompañó el desarrollo de la vida en las ciudades, con veredas cada vez más hostiles para los pies desnudos. Quizá si viviéramos sobre terreno más amable, no tanta sorpresa daría cruzarse a alguien sin sus zapatos.

Fue en la víspera de la modernidad que surgieron las primeras leyes que regulaban el uso de calzado, especialmente en Italia, que no solo prohibían andar descalzo sino que también indicaban qué tipo de calzado era permitido según género y clase social. Algo similar sucedía en Inglaterra, donde aparecieron las primeras leyes acerca del largo de la punta de los zapatos y, algunos siglos más tarde, en Japón, donde se prohibió fabricar zapatos de lujo y se codificó el tipo de calzado al que podía acceder el campesinado.

Todas estas regulaciones —acerca de puntas, largos, materiales, alto de las suelas, entre otros— y la consideración del andar descalzo como una indecencia, naturalmente, provocaron una gradual obsesión por los pies, como suele pasar con todo aquello que nos dicen que está prohibido admirar.

Paso a paso, los pies descalzos —así como verlos, acariciarlos, besarlos— se fueron volviendo objeto de erotismo y obsesión. Incluso hoy, cuando ya no son tabú, siguen siendo excitantes para muchas personas: los tacos altos de punta abierta y el “escote” que revelan —aquella grieta entre los dedos— están normalizados como una prenda sexualmente atractiva.

De más está decir que los pies se pagan.

Hoy ya no son ciertas leyes sino el poder de nuestra billetera lo que limita su acceso, pero esto no impide que todo tipo de calzado sea objeto de fetichismo, aspiración y señal socialmente adoptada como marca de clase, desde la obsesión por los zapatos italianos, la casi patológica limpieza que algunas personas hacen de sus zapatillas deportivas, hasta la compulsión por coleccionarlos: hace diez años una encuesta señalaba que en Estados Unidos, en promedio, los hombres poseen 12 pares de zapatos y las mujeres 27.

Los pies, y los zapatos con los que impacientemente los cubrimos, operan en los espacios liminales entre el cuerpo y el espacio físico que lo rodea. Los pies nos conectan con el mundo y nos permiten movernos a través de él.

Los zapatos, en cambio, son el dispositivo que con crudeza nos desconecta del mundo que pisamos. Incluso si nos evitan aplastar las cosas blandas, pinchudas, pegajosas, frías o desagradables, también pueden hacernos olvidar —si no directamente desconocer— de qué va tener los pies en la tierra.

Tal como nuestras herramientas cognitivas —cuadernos, libros y computadoras— extienden las capacidades de nuestras mentes, el calzado extiende nuestras posibilidades de interacción y movimiento dentro del mundo físico, permitiéndonos no solo desplazarnos, sino también expresar nuestra identidad, nuestro sentido estético, nuestras aspiraciones —aquella montaña, aquella caminata, aquel trabajo— y, notablemente, nuestras ansiedades.

No tener zapatos nos impide movernos, física y socialmente.

Tanto hemos cargado de sentido a nuestro calzado que los pies descalzos parecen solo definirse por su ausencia. Asumimos, sin más, que quien anda descalzo —cruzando una calle, en la vereda o subiéndose a un avión privado— lo hace porque algo no está bien.

Si los zapatos simbolizan nuestro acceso al mundo, renunciar a ellos luego de un largo día es un atajo para la intimidad. Los revoleamos con una acrobacia, o los desatamos cuidadosamente y los guardamos donde corresponde, pero una vez que nuestros pies tocan el interior de casa las reglas que hasta un momento operaban parecen suspenderse hasta nuevo aviso.

Descalzarse es uno de los rituales cotidianos que de manera más clara indican un quiebre con el momento inmediatamente anterior. El día no termina y el fin de semana no comienza hasta que no nos sacamos los zapatos.

El verano no asoma hasta que nuestros pies no respiran.

Pero fuera de aquellos eventos bien delimitados, los pies desnudos implican un quiebre distinto, uno que rompe con toda pretensión de normalidad. Quizá por eso sea un tropo tan gastado el de mostrar a una mujer descalza como símbolo de desfachatez, extroversión o incluso sensual subversión.

Barefoot in the Park (1967) es una comedia romántica que sigue a una pareja recién casada que se muda a un pequeño departamento en Nueva York. Robert Redford es un abogado serio y estructurado, Jane Fonda es una soñadora extrovertida y apasionada, que no tiene problema con hacer “locuras“. De este trillado contraste brotan esperables cruces y su poco original conclusión llega con él exclamando, ebrio e inaugurando su soltura: “¿Qué he estado haciendo? ¡He estado caminando descalzo por el parque!”

Este cliché del andar descalza como símbolo de espontaneidad femenina es el mismo que Julia Roberts encarna en Pretty Woman (1990), donde se la muestra, también en un parque, sacándole los zapatos a un todo serio Richard Gere, que sigue enchufado al trabajo y aún no entiende un pomo acerca de todo lo que es disfrutar la vida, etcétera.

En ambos casos, los pies descalzos son vehículos para reforzar la idea de que las mujeres —tan libres, tan espontáneas, sin un mundo interior que amerite exploración— son responsables del trabajo emocional de estos hombres —tan serios, tan estructurados, tan exitosos, tan pero tan interesantes. Lo que estas mujeres le enseñan a los hombres es que también se puede andar por la vida descalzo, lo que permite, por fin, su tan ansiado crecimiento emocional. Andar descalzo, parecen insinuar, es también una cuestión de género.

Si sabemos qué tan antiguos son los zapatos a partir de la evidencia de cuándo comenzaron a rompernos los pies, sobrevuela la pregunta de qué tan grave sería dejar de usarlos, aunque solo sea un poco más seguido.

No es por una mágica, misteriosa y eléctrica “conexión a tierra” que sacarse los zapatos y pisar el mundo sin intermediarios puede ser una buena idea.

En cambio, lo único que quieren nuestros zapatos es que pises sin el suelo.

Perderse el contacto con el pasto, la tierra húmeda, la arena o incluso el piso del bosque nos priva de una fiesta para nuestros sentidos, una que nadie debería perderse, incluso si supone sentir un montón.

Es por esta experiencia, entre muchas otras, que la práctica de caminar o correr a pies descalzos se popularizó y, también, se inauguró una industria de calzado “minimalista” que busca proveer lo más parecido a la experiencia del contacto directo con el suelo, garantizando menor peso, mayor flexibilidad y una suela lo más fina posible.

Aunque es pronto para sacar demasiadas conclusiones, lo que varios estudios apuntan es que este tipo de calzado ayuda a fortalecer los músculos de los pies, incluso si al principio son más frecuentes las lesiones al correr.

No hay registro alguno de que Leonardo da Vinci haya dicho que “el pie humano es una obra maestra de ingeniería y una obra de arte”, pero la frase igual guarda algo de verdad: no caminamos de acuerdo al modo en que nuestros pies evolucionaron para ello.

Vestimos “altas llantas”, con soporte de arco, talones elevados y amortiguación, pero esto interfiere con el diseño evolutivo del pie, cuya función es soportar el peso corporal, impulsar el movimiento y percibir el entorno.

Nuestros pies evolucionaron con arcos resistentes, dedos cortos y rectos, y una gran capacidad para sentir cosquillas, pero el uso constante de calzado puede que sea una metida de pata.

Como explica la médica Najia Shakoor: “La forma en que el pie toca el suelo es muy enérgica. A diferencia del pie descalzo, cuyo movimiento fluye naturalmente desde el talón hasta la punta del pie [y] absorbe el impacto de forma distribuida, la mayoría de las zapatillas, incluso las de correr, tienen un talón bastante importante incorporado, que puede aumentar la carga de peso en la rodilla”.

Es por eso que el mero ejercicio de caminar descalzo puede reducir hasta en un 10 por ciento la carga en ciertas articulaciones y con ello aliviar dolores vinculados con osteoartritis.

La suela de nuestro calzado, también, disminuye o elimina la sensación propia del caminar. En otras palabras, nuestro cerebro recibe menos información durante el movimiento y esto le impide activar todos los mecanismos propios del cuerpo que ayudan a mantener las articulaciones a salvo. Descalzos, nuestros pies tienen la capacidad de sentir su entorno inmediato y, en consecuencia, nuestro cerebro la capacidad de actuar como corresponde.

La suela de nuestros pies, por el contrario, incluso cuando se engrosa nunca pierde sensibilidad. Por eso cuando comenzamos el arduo trabajo de aprender a caminar —ahora descalzos— nos cuesta, nos frustra, nos duele, pero de a poco los callos nos van fortaleciendo, y en eso seguro se esconde alguna metáfora. Si fuéramos una mariposa, podríamos saborear flores con los pies.

Hay un mundo frío, pegajoso, pinchudo, allá afuera. Solo hay que animarse a pisarlo. Conviene sentir un poco mejor de qué trata vivir en la tierra.

Y algún día, si nos animamos, podremos caminar sobre las brasas.

Blog Illustration” by Zarya Kiqo (CC BY-NC-ND 4.0)

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