Bostezar es como ser víctima de un secuestro.
De un momento a otro el cuerpo ya no responde y hay que negociar con terroristas. Cuando nos damos cuenta los pasajeros se amotinaron y la situación vuelve a estar bajo control.
Bostezar es un fenómeno muy extraño. Abrimos la boca bien grande, cerramos los ojos mientras inhalamos profundamente y finalmente exhalamos, aunque con menos garra. Un bostezo típico dura entre 5 y 10 segundos y suele involucrar desperezarnos mirando hacia arriba elevando los brazos. A esto se lo conoce como pandiculación, que definitivamente no tiene nada que ver ni con pandas ni con cómo menean hasta abajo durante sus ritos de cortejo.
Aunque la cuenta no la hice yo, aparentemente bostezamos unas nueve veces por día, sobre todo al despertarnos y justo antes de dormirnos. Y bostezamos incluso antes de nacer, aunque es entendible porque no debe haber mucho que hacer en el útero. A veces también bostezamos cuando empiezan a contarnos una de esas historias que no van para ningún lado y solo una infección urinaria podría justificar la cantidad de viajes al baño esperando a que se termine.
De dónde vienen los bostezos es algo que siempre nos ha cautivado, pero parafraseando a H. L. Mencken, para cualquier problema humano siempre hay soluciones fáciles que logran ser claras, plausibles y equivocadas. La historia de lo que sabemos sobre los bostezos es un ejemplo perfecto.
En la antigua Grecia Hipócrates observó que antes de una fiebre los bostezos aumentaban: eran una forma de eliminar el “aire malo” de los pulmones. Lo comparaba con el vapor caliente que sube por una tubería y abre una válvula cuando se hierve agua. Hoy ya no atribuimos una función respiratoria a los bostezos pero muchas personas siguen creyendo que son son un mecanismo para enfriar el cerebro, aunque esto es muy discutido.
Lo que sí sabemos es que se trata de un comportamiento involuntario que apareció muy temprano en nuestra historia evolutiva que nos une a casi todo el resto de los vertebrados. Los bostezos son la respuesta que nadie esperaba a la pregunta de qué tienen en común una lagartija, un pingüino y Brad Pitt.
Nuestro querido Charles Darwin cuenta que al ver bostezar al perro, al caballo y al hombre no pudo más que concluir que todos los animales partían de una misma estructura. En otras palabras, evolutivamente hablando, parece ser que bostezar era una joda y quedó. No se sabe bien para qué bostezamos, y aunque hay veinte hipótesis rivales, ninguna se lleva el oro.
En la actualidad a la ciencia de los bostezos se la conoce como ‘chasmología’, que viene de ‘chasma’ — un término latino tomado del griego antiguo χάσμα (khásma o grieta) y χάσκω (kháskō o bostezar) — y ‘logos’, que viene del griego antiguo λόγος y es eso que todos creen que pueden hacer mejor que alguien que estudió diseño. Uno de los objetivos de la disciplina es mejorar la reputación de los bostezos, involucrando fisiología, neurociencias, psicología, biología evolutiva, y probablemente algunas almohadas.
Robert Provine — un neurocientífico experto en bostezos, risas, hipos y demás cosas que hacen que se nos ponga la cara colorada — en 2012 publicó Curious Behavior, donde se mete con todos esos fenómenos. Lo que Provine dice es que puede que bostezar tenga el peculiar honor de ser el comportamiento humano menos comprendido de todos.
Tan incomprendidos son los bostezos que Wolter Seuntjens, un académico holandés, cree que podría incluso interpretárselos como un comportamiento sexual. “En una era en la que el genoma humano ha sido descifrado y viajar al espacio se volvió casi trivial, que no sepamos nada de los bostezos debería resultarnos insultante”, opina. Su peculiar tesis doctoral, acerca de la oculta sexualidad del bostezo, nos hace preguntarnos si es realmente peor parecer aburrido que excitado.
Ahora bien, no es cierto que los bostezos solo tengan que ver con sueño o aburrimiento. Incluso si justo antes y después de dormir lo hacemos, en realidad bostezamos más cuando debemos cambiar de un estado a otro: del sueño a la vigilia, pero también de la tranquilidad a la excitación, y viceversa.
También solemos bostezar más cuando algo nos estresa. Reptiles, aves, mamíferos y peces bostezan durante demostraciones de agresión, los paracaidistas lo hacen justo antes de saltar, los violinistas antes de un concierto y los perros cuando perciben que están por ser bañados. Yo lo hago cuando alguien espera que hablemos de deportes.
A veces bostezamos cuando tenemos hambre, algo parecido a lo que le pasa a otros primates. Bostezar es dar una señal. A veces es a nuestros propios cuerpos — para que se despierten, relajen, agiten o lo que sea — y a veces es a otros cuerpos. De hecho, principalmente bostezamos cuando vemos a alguien más hacerlo, y hasta cuando leemos al respecto. Es muy probable que lo hayas hecho varias veces en estas líneas, como yo no paré de hacerlo mientras escribía.
Pero no hay que apresurarse y asumir que el contagio del bostezo algo tiene que ver con la empatía. Este es el error que muchas veces lleva a creer que las personas con autismo no se contagian los bostezos como el resto del mundo, pero eso no es del todo cierto: al prestarle menos atención a ciertos indicios en la cara la señal simplemente se pierde en el camino. En los experimentos que se hicieron no se encontró evidencia de que hubiera relación entre el contagio del bostezo y la empatía.
Lo que los bostezos nos muestran es nuestro pasado más remoto. Como marca Provine, “suele decirse que el comportamiento no deja fósiles”, y es por eso que los bostezos, que nos unen con gran parte de la vida en el planeta, son importantes. Lo que nos muestran es cómo en algún momento hace mucho tiempo bostezar tenía algún sentido que aún no logramos descifrar.
Mañana será otro día.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 21 de octubre de 2018.
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