Cómo funciona cambiar de opinión

No importa lo que hagas, nunca te pases al lado oscuro.

Solemos adjudicar cierto carácter glamoroso a la capacidad de las personas de mantenerse fieles a sus posturas a pesar de todo. Les llamamos convicciones y nos disponemos a defenderlas a como dé lugar porque cualquier crítica bien podría significar la posible disolución de nuestra identidad.

Si todo aquello que consideramos verdadero es lo que nos hace, la duda se vuelve la grotesca confesión de que nuestra propia identidad es lo que está en la línea cuando alguien se atreve a cuestionar el más mínimo detalle de nuestra cosmovisión. En palabras del economista J.K. Galbraith: “Entre cambiar de opinión y demostrar que no es necesario hacerlo, casi todo el mundo se pone a trabajar en su prueba”.

Pero como sintetiza Nietzsche, las convicciones son prisiones que no nos dejan ver lo suficientemente lejos y nos vuelven débiles: “Una mente que aspira a grandes cosas, y que pretende lograrlas, debe ser necesariamente escéptica”, escribe en El anticristo (1895). Pero la capacidad de responder en automático qué es verdad y qué no, lejos de acercarnos a la realidad la esconde detrás de un velo de certezas que traiciona el espíritu mismo de la ciencia y la filosofía.

Solemos asumir que somos bastante más racionales de lo que somos. Es un vicio que traemos prácticamente desde que quedó establecida nuestra unicidad dentro del Universo como un animal racional. Pero a lo que Aristóteles hacía alusión era a la característica propia de los humanos para tomar decisiones racionales y no necesariamente a que ello fuera lo que ocurriera. Esto nos ayuda a explicar por qué las personas usan el barbijo debajo de la nariz o se endeudan con la tarjeta de crédito.

La racionalidad, entendemos, nos ayuda a establecer un modelo lo más fidedigno posible de la realidad. Y, a grandes rasgos, este modelo podría resumirse en una extensísima lista de todo aquello que consideramos verdadero.

Alcanza con un semestre de lógica para caer en la cuenta que este cuento de hadas nada tiene que ver con lo que realmente sucede. Nuestras verdades, o convicciones, son generalmente incompatibles entre sí y eso, ciertamente, no suele generar mayores incomodidades. O, parafraseando a Walt Whitman, somos enormes, una gran bolsa de giladas.

Por más buena prensa que tenga nuestra racionalidad, la verdad es rara vez una preocupación de la mente humana. Como dice Elizabeth Kolbert, cualquier estudiante de psicología puede demostrarlo con un sujetapapeles y una lapicera que hasta la persona más sensata suele ser totalmente irracional. Mucho más importante que la verdad se nos hace la pertenencia y no solemos dudar mucho en acomodar nuestras verdades a las de nuestro grupo de pertenencia antes que tentar a la suerte de quedarnos afuera.

La razón es el foco que origina a la filosofía y, como el descubrimiento del fuego, desde que tenemos idea de que existe no hacemos más que buscar incendiarlo todo. Por supuesto que reducirla a uno solo de sus aspectos es imprudente, pero cabe preguntarnos por qué demonios de nuestros cerebros pudo haber emergido un fenómeno tan entretenido.

En The Enigma of Reason (2017), los científicos cognitivos Hugo Mercier y Dan Sperber se proponen dar cuenta de su posible origen evolutivo en la sabana africana. Su argumento se resume en que nuestra gran ventaja es la capacidad para cooperar, un logro difícil de establecer y de mantener, y es por esto que la razón no se desarrolló para permitirnos resolver problemas lógicos abstractos o hacer inferencias sino más bien para resolver los problemas que plantea vivir en grupos colaborativos.

Es nuestra perspectiva intelectualista de la razón lo que nos impide entender por qué de hecho somos tan irracionales. Por ejemplo, el sesgo de confirmación —la tendencia de las personas a aceptar datos que apoyan sus creencias previas y rechazar a las que las contradicen— se toma generalmente como el máximo ejemplo de nuestras dificultades para razonar correctamente. Esto hace al menos más entretenido el desafío de justificar el rol evolutivo que cumple una característica tan opuesta a la razón.

Otra posibilidad es pensar en por qué pensamos de la manera en que lo hacemos. Pero lo que advierten Mercier y Sperber es que no es que las personas tengan una especial preferencia por la confirmación y una dificultad para encontrar contraargumentos, sino que su desempeño empeora únicamente cuando lo que está siendo cuestionado es su propia opinión: si se nos presenta el argumento de otra persona generalmente podremos detectar sus debilidades. Pero casi invariablemente nos cegamos ante nuestras propias convicciones.

Esto, de todos modos, no aclara definitivamente el origen de esta característica de nuestra cognición. Y si bien Cicerón en De Inventione, del siglo I a. e. c., nos advierte que para convencer a otra persona es preferible dar únicamente argumentos que apoyen nuestra posición o que contradigan la otra, los beneficios de poder atender —y defender— argumentos opuestos son indiscutibles para la persuasión. Un Cicerón mucho más viejo habría de reconocer esto muchos años después.

Como sostiene el psicólogo Steven Pinker, la aceptación o rechazo de las personas suele descansar en sus creencias, por lo que una función de la mente bien podría ser adoptar aquellas convicciones que aumenten nuestro número de aliados antes que aquellas que tienen más probabilidades de ser ciertas, lo cual provee de contenido semántico a la expresión “panqueque” y explica por qué tu amigo es uno.

En palabras de James Clear, no siempre creemos las cosas porque son correctas sino que a veces creemos cosas porque nos hacen ver bien con las personas que nos importan. Es por esto que cambiar de opinión en cierto modo implica cambiar de tribu o grupo de pertenencia.

Hace muchos años tuve el privilegio de colaborar con Guadalupe Nogués en su libro Pensar con otros (2018) en la tarea de revisar el uso de conceptos filosóficos. Como el límite entre lo filosófico y lo no-filosófico es básicamente inexistente, fue una aventura demandante pero sobre todas las cosas apasionante. Fue en torno a su impecable trabajo que me vi forzado a condensar un montón de ideas que de un modo u otro atendía con mayor o menor precisión. Quizá lo más hermoso de todo fue la invalorable oportunidad de abrazar la incomodidad que supone identificar qué es lo que quizá no veía de cómo es que creo en lo que creo.

“Pocas cosas son más difíciles para un animal social como nosotros que salir de un grupo de pertenencia”, escribe Guadalupe, “dejar una religión, dejar de acompañar a determinada figura política que hasta entonces sentíamos que nos representaba, cambiar de postura frente a temas ‘difíciles’, de los que suelen generar pertenencia”.

Es por esto que quizá una forma de lograr que alguien cambie de opinión, mucho antes de presentarle datos en pizarras o enviarle una encomienda con enlaces a artículos científicos, sea primero ofrecerles ser parte de nuestro círculo. Si abandonar nuestras convicciones significa alterar nuestra identidad y nuestra pertenencia, querer que alguien cambie de opinión bien podría suponer que esa persona de un momento a otra se sienta abandonada.

“La comprensión de que lo que nos pasa le pasa a los demás puede ayudarnos a vencer la otredad que se basa en lo tribal”, escribe Guadalupe. “Podemos mirar a los demás con empatía –entendiendo lo que sienten– y decidiendo y explicitando que todas las personas merecen consideración moral y que valen la pena independientemente de sus diferencias con nosotros”.

Antes de tirar el cable para dinamitar el edificio de creencias de la otra persona es prudente ofrecerle un lugar donde pasar la noche y, como sugiere Alain de Botton, algo para comer. En su Religion for Atheists (2012) señala que “sentarse a una mesa con un grupo de desconocidos tiene el incomparable y extraño beneficio de hacer un poco más difícil odiarlos impunemente”. Hay algo en el compartir un momento, una comida, que interrumpe nuestra férrea defensa de lo que damos por verdadero: “Hay pocas formas más efectivas de promover la tolerancia entre vecinos que sospechan entre sí que obligarlos a cenar juntos”. O, como simplifica Clear, los hechos no cambian nuestras opiniones: la amistad lo hace.

En cuanto a nuestras propias convicciones, cambiar de opinión es en última instancia una cuestión de honestidad intelectual, la misma que rara vez encontramos en los fundadores de religiones o en toda persona que se jacta de haber tenido una experiencia que contradice todo lo que sabemos acerca del universo. “Pero quienes somos diferentes”, escribe Nietzsche en La gaya ciencia (1882), “tenemos sed de razón, queremos examinar nuestras experiencias como si fueran un experimento científico”. El truco está, entonces, en desconfiar incluso de nuestras convicciones, sin importar con cuánta claridad podamos escuchar las voces de los ángeles o con cuánta seguridad podamos establecer el orden correcto en el que se deben mirar las películas de Star Wars.

En su libro The Knowledge Illusion (2017), los científicos cognitivos Steven Sloman y Philip Fernbach argumentan que otra de las características salientes de nuestra cognición es la ilusión de profundidad explicativa. Esto es, tendemos a sobreestimar la profundidad con la que entendemos cómo funcionan las cosas. Esto no solo aplica al funcionamiento de un inodoro, algo que probablemente no puedas explicar, sino también a todo aquello de lo que rara vez nos hacemos preguntas, como nuestras interacciones sociales.

Como regla general, escriben, nuestras convicciones más profundas acerca de todo tipo de cuestiones no emergen de un profundo entendimiento. Interrupción voluntaria del embarazo, crisis climática, organismos modificados genéticamente, vacunas, energía nuclear— las opiniones se dan en voz alta y se siguen inmediatamente de una mirada hacia los costados para ver que todo esté bien.

“A pesar de mis firmes convicciones”, escribe Malcolm X en su autobiografía (1965), “siempre he sido un hombre que trata de afrontar los hechos, y de aceptar la realidad de la vida a medida que se despliegan nuevas experiencias y nuevos conocimientos. Siempre he mantenido la mente abierta, necesaria para la flexibilidad que debe ir de la mano de cualquier búsqueda inteligente de la verdad”.

Aunque no toda convicción deba descansar en la evidencia —podemos discutir el orden de aquellas películas cuando quieras— hay muchos asuntos que se ven ciertamente beneficiados de un mayor entendimiento del asunto en cuestión, indistintamente de la posición que tomemos al respecto.

Precisamente, una forma de ver a la ciencia es como un sistema diseñado para corregir las inclinaciones naturales de las personas. Este es probablemente el motivo por el cual ha demostrado ser tan exitosa. “En cualquier momento dado un campo puede estar dominado por disputas pero finalmente prevalece la metodología. La ciencia avanza, incluso si permanecemos estancados”. escribe Kolbert.

Cualquier discusión propuesta entre dos bandos completamente antagonistas está trágicamente condenada a reforzar las convicciones de cada uno de ellos. Aunque no toda discusión es fértil —y es ingenuo pensar que algunas personas, de hecho, pueden cambiar de opinión— conviene pensar en que un salto de un lado al otro indefectiblemente resulta en una mancha a la base del acantilado. Quizá dos toboganes sean una mejor idea.

Del mismo modo, la idea de que toda discusión es una oportunidad para cambiar de opinión es ingenua. A veces lo que encontramos del otro lado son argumentos largamente refutados, obvias falacias, fundamentalismo o sencillamente una fétida combinación de ignorancia, arrogancia y profunda idiotez. A veces, muchas más de las que quizá reconocemos, conviene no contestar.

El ejercicio, digno de las mentes más valientes, es discutir contra nuestras propias convicciones. Este es, sin ir más lejos, precisamente el espíritu lúdico con el que aquellas personas que hace mucho tiempo descubrieron el fuego de la razón buscaron ponerlo a prueba.

Después de todo, cambiar de opinión debería ser algo glamoroso. Lejos de significar el ostracismo, una marca de debilidad o un evento avergonzante, cambiar de opinión bien podría ser la mayor demostración de nuestra racionalidad. En última instancia, quien se dispone a revisar sus creencias en base a la evidencia se aferrará mucho menos a ellas y podrá hacer predicciones más ajustadas.

A veces nuestra obsesión con estar del lado correcto nos impide ver los excesos de nuestro propio lado. Si vamos al caso, la crítica que hace Anakin es que los Jedi funcionan como una especie de Corte Suprema que no responde a nadie, ni siquiera al Senado, se votan entre sí, tienen licencia para matar y se entrometen en asuntos de la galaxia. Y todo esto sin mencionar que se jactan de tener una sangre distinta al resto.

En cuanto al lado oscuro, discutamos la evidencia, muchas gracias.

Free your mind” by Fran Pulido (CC BY-NC-ND 4.0)

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