No nací en Krypton, pero siempre me sentí de otro planeta. Impotente frente a un mundo que nunca comprendí del todo, repleto de seres extraños con costumbres y formas impenetrables, de algún modo intuía que la nave en la que había llegado al planeta Tierra tenía que estar escondida en alguna parte del jardín.
No lo recuerdo bien, pero mi mamá dice que cuando era chico me encantaba leer cómics de superhéroes. Aparentemente me gustaba mucho disfrazarme y a ella le gustaba coser disfraces. Tendría 3 o 4 años cuando recibí el poderoso manto de Superman. Mi papá se había encargado de hacer el emblema, aquella poderosísima S que ahora nos dicen que significa “esperanza” pero que por aquel entonces significaba “el más pistola del barrio”, y desde el momento en que me lo puse no lo quise dejar de usar hasta que dejó de entrarme.
Ningún recuerdo tan distante es confiable, pero elijo creer en uno en particular. En el jardín de infantes usábamos un pintorcito naranja. Era como una especie de capullo con una apertura arriba para nuestras diminutas cabezas. Nadie podía saber que debajo de tan aburrida ropa yo ocultaba mi origen kriptoniano. El recuerdo, que debo tener en alguna cajita junto al de mi primera bicicleta y el día que aprendí a jugar con electricidad, es el de revelarle a algún desconfiado compañerito que debajo del delantal yo era, sin más, Superman.
Me levantaba. Me ponía el traje, y era Superman todo el día. Para mi mamá yo vivía en una realidad paralela. “Siempre sé tú mismo, al menos que puedas ser Superman. En ese caso, siempre sé Superman”, o algo por el estilo.
En algún momento el traje empezó a quedarme chico y quedó guardado en algún lado. Curiosamente, fue por aquel entonces que empecé a usar anteojos: me convertí en Clark Kent justo cuando ya no podía ser Superman. Viva la prosopagnosia.
No es que en todo este tiempo realmente haya extrañado usar los calzoncillos por encima de los pantalones. Más bien creo que extraño la sensación de llevar un emblema bajo la ropa, sabiendo que llegado el momento alcanza con desabrocharme la camisa para poder salvar el día.
Superman es prácticamente un dios, un alienígena kryptoniano que vino a la Tierra a salvarnos, capaz de cosas que ni podemos imaginar. Simboliza la esperanza, la justicia, la bondad, si no directamente el Bien. Es como Jesús, pero con una historia mucho más creíble.
Y aunque Superman podría esclavizar a la humanidad o vivir como el ser superpoderoso que es sin que nadie alguna vez pueda siquiera levantarle un dedo, decide vivir sus días como Clark Kent. Esta es sobre todas las cosas una elección moral, quizá el acto moral fundacional que hace a Superman quien es.
Siendo el más notable entre terrícolas, Superman elige ser invisible, el más normal de todos. Podría correr a la velocidad de una bala, pero decide tambalearse. Puede ver a través de las cosas, a nivel microscópico e incluso las estrellas lejanas, pero decide usar lentes. Trabaja como periodista, porque hay ciertos cambios que se logran con palabras y no con piñas, y a pesar de poder hablar perfectamente, Superman decide tartamudear.
Superman solo tiene que despertarse a la mañana para ser Superman. Su disfraz es de persona normal. Elige ser Clark Kent, y con este acto inconspicuo hace sentir a todos como superhéroes.
En una de sus rutinas más conocidas, el comediante Lenny Bruce decía que el cliché del héroe enmascarado se sostiene en el rechazo a que nos agradezcan. ¿Qué pasaría si nos acostumbráramos? ¿Y si alguna vez no lo hicieran? Lo que busca es mantener sus motivaciones puras: hacer lo que está bien porque está bien y no para ser agradecido. Aprender a encontrar placer en escaparle a la gloria quizá sea de los mayores aprendizajes que los superhéroes pueden dejarnos.
Aunque no hayamos nacido en planetas remotos, sino en algún pueblito en la montaña o en algún país que por momentos amenaza con explotar como el mismísimo Krypton, y aunque usemos los calzoncillos por debajo de los pantalones o no tengamos superpoderes, muchas veces podemos encontrarnos un poco mejor preparados que los demás. Es entonces que podemos elegir ser un poquito menos Superman, y un poquito más Clark Kent.
Y si nos tocó ser un simple humano, que a veces mete algún gol pero casi siempre la pifia, quizá sea que como Bruce Wayne lo que necesitamos son más herramientas en nuestro baticinturón. Del mismo modo que Superman tuvo que aprender a ser Clark Kent, la mayoría necesitamos aprender a ser Batman. No está mal llevar una insignia debajo de la camisa, lista por si hace falta salvar el día. Siempre sé tú mismo, al menos que puedas ser Clark Kent. En ese caso, siempre sé Clark Kent, o algo por el estilo.
La realidad y yo ahora nos llevamos mejor. Sin embargo, siempre que vuelvo a Bariloche lo primero que hago es dar una vuelta por el jardín. Estoy seguro de que un buen día voy a encontrar la nave.

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 30 de septiembre de 2018.
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte acá. Además, podés seguirme en Instagram, Facebook o Twitter.

