Cómo funciona crear un monstruo

Eran las 2 de la mañana del 16 de junio de 1816 y Mary no podía dormir. Las fuertes lluvias y el viento, que hacían chirriar puertas, ventanas y árboles por doquier, no hacían fácil conciliar el sueño. Había dado con el terror que buscaba.

Las semanas anteriores no habían sido como las habían planeado. Mary Wollstonecraft Godwin, con su novio, el escritor Percy Bysshe Shelley y su hermana de padre Claire Clairmont habían decidido pasar el verano a orillas del lago Lemán en Ginebra. El plan era tomar sol, nadar y leer bajo la sombra de algún árbol, no muy lejos de la Villa Diodati, donde estaban parando el poeta Lord Byron con su médico, el joven John William Polidori.

Pero llamar verano a aquella estación no era más que un decir: algunos meses antes el volcán Tambora, en Indonesia, había entrado en erupción, la más grande de los últimos dos mil años, llenando los cielos con toneladas de polvo y ceniza. La temperatura del planeta entera había bajado y aquel “año sin verano” obligó a Mary y sus amigos a rebuscárselas para entretenerse puertas adentro.

Al principio era solo Byron quien volcaba sus palabras en papel para luego deleitar al resto entre copas al caer el sol. Pero con lluvias que no cesaban por más que unas horas, recurrir a las letras como pasatiempo terminó absorbiéndolos a todos. Quizá porque era el clima perfecto para el género, los extranjeros se dedicaron a repasar las historias contadas en Fantasmagoriana, una antología alemana de cuentos de fantasmas traducida al francés. Muchos años después Mary aún podía recordar aquellas historias de espectros, fantasmas y demonios como si hubieran sido leídas la noche anterior.

“Que cada uno escriba una historia”, propuso eventualmente Lord Byron, y todos accedieron. Así el resto del verano se volvió una secuencia de intercambios literarios, manuscritos y anécdotas de todo tipo. A Mary le pesaba su falta de inspiración, que le impedía escribir algo que estuviera a la altura de aquellos relatos que habían suscitado el desafío. Quería una historia que hablara de los misteriosos miedos que nos provoca la naturaleza y que despertara los más profundos temores. Palabras que nos hicieran mirar para todos lados, helar la sangre y acelerar nuestros corazones. Si no lo cumplía, pensaba, su relato de terror jamás podría hacerle honor al nombre.

“¿Ya pudiste pensar una historia?”, le preguntaban cada mañana y a Mary le mortificaba tener que responder que no. Pensaba y pensaba en vano, sintiendo que la hoja en blanco en nada la inspiraba a escribir siquiera una oración. Como recordaría casi quince años después de publicar Frankenstein; or, The Modern Prometheus (1818), las invenciones jamás surgen de la nada sino del caos. Para poder crear debemos primero poder darle forma a oscuros e informes materiales, pero no podemos crear a la materia misma. “Inventar consiste en poder aprovechar el potencial de un tema y lograr moldear y elaborar las ideas que éste sugiera”.

Buscando aquel material al que darle forma, Mary pasaba muchas noches escuchando las discusiones entre Lord Byron y Percy Shelley, que discutían avances científicos y doctrinas filosóficas de la época. Una de estas discusiones era precisamente acerca del origen y los principios de la vida. Entre los nombres que sin esfuerzo se mencionaban estaba el de Erasmus Darwin, abuelo del famoso naturalista. A Mary más que sus teorías y experimentos lo que realmente le interesaba era lo que decían que el Dr. Darwin había logrado hacer.

A veces los infortunios del caos devienen en buena fortuna: Mary tenía muchísimo tiempo para escribir, obligada a estar adentro por el mal tiempo, y en su cabeza resonaban las historias de Fantasmagoriana y las ideas que Percy y Byron debatían, con quienes además podía discutir las suyas. En aquellas eternas veladas se mencionaban los experimentos de Darwin con patas de rana que con una corriente eléctrica se contraían.

Aún no se sabía mucho sobre la electricidad y casi un siglo faltaba para que se creara la primera lamparita, pero quizá allí había algo, un principio de vida, pensaba Mary. “Quizá un cadáver pudiera ser resucitado; quizá las partes de una criatura pudieran fabricarse, ensamblarse y dotarse de vital calidez”.

Aquella noche, como las anteriores, posó su cabeza sobre la almohada, pero poseída por su propia imaginación no podía más que contemplar con suma claridad y ojos cerrados una imagen que la perturbaba. Acompasado por el silbido del viento, las persianas que crujían y la oscuridad, Mary vislumbraba un pálido estudiante de artes prohibidas arrodillado al lado de la ‘cosa’ que había encastrado. Estirada, la silueta humana mostraba finalmente signos de vida. Se movía con dificultad y terrible incomodidad, pero ahí estaba, proyectando una sombra que de ninguna manera hacía honor a todo lo que luego vendría.

En su visión, aquel joven estudiante de medicina corría atemorizado deseando que al despertar todo hubiera pasado. Pero era aquella cosa horrible la que lo despierta y mira con sus ojos cadavéricos, hasta que Mary abre los suyos, horrorizada. Con las persianas cerradas y apenas un hilo de luz lunar sobre la habitación, Mary sentía que detrás del lago estaban los Alpes, aunque no pudiera verlos. No era la criatura la que la despertaba: era el fantasma de la historia que no había logrado escribir. Si tan solo lograra asustar tanto a sus lectores como había logrado asustarse a sí misma aquella noche.

Aquel invierno duró un año y esa noche duró tres días. Mary había dado con las imágenes que necesitaba para poner en marcha su propio caos creativo y Polidori aquella temporada a orillas del lago pudo encontrar la inspiración para escribir The Vampyre (1819), que no solo inauguraba el género literario de vampiros sino que años más tarde inspiraría a Bram Stoker. A pesar del mal tiempo, aquel año sin verano había resultado fecundo.

Victoriosa, la mañana siguiente Mary anunció que finalmente había logrado crear su monstruo.

Villa Diodati; an engraving by William Purser, 1830s (later coloration) © Granger, NYC./Alamy

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