Cómo funciona despedir a tu gatito

Casi todas las historias acerca de algún desastre comienzan con alguna descripción de lo normal que era todo cuando sucedió. Lo brutal de lo acontecido exacerba su contraste con lo cotidiano de aquello que lo precedió.

“La vida cambia rápido, la vida cambia en un instante”, comienza The Year of Magical Thinking (2005) de Joan Didion. Son las primeras líneas que escribió cuando falleció su esposo, que dejó macerando en un documento de su computadora por meses hasta que decidió enfrentarlas. “En un instante ordinario”, se sintió tentada a aclarar pero rápidamente cayó en la cuenta de que nada agregaba aquel detalle.

El verano en que murió Turing — con su generosa cuota de calor y humedad espaciada por la eventual lluvia torrencial — fue un verano como cualquier otro, al menos en un sentido dolorosamente cínico. A todos el sopor nos quitaba vida, aunque ahora sabemos que en algunos casos era más literal que en otros. Turing tenía poco más de cinco años y medio en los que había demostrado ser el gatito más lindo del mundo. No es poco mérito considerando la competencia.

25 de enero. En retrospectiva todo es más obvio, pero nos tomó algunos días notar que su humor había cambiado. Que quizá no era el mismo letargo que todos padecíamos el que a él lo aquejaba. Su relojito y el mío ya no hacían tic tac del mismo modo.

Como tantas otras veces, puse su toalla favorita en la caja de paseo, lo invité a subirse y partimos a la aventura. No conocía al veterinario que lo vio. Con el pudor de quien siente conocer demasiado a su mascota pero no tiene un título de grado en veterinaria le describí lo que habíamos observado y con insoportable pedantería lo desestimó. “No, claro, está constipado. Por eso se deshidrató. Vamos a darle suero, un protector hepático y un laxante”.

Con Turing en mis brazos esperamos una hora y media a que el goteo terminara, disfrutando únicamente de la compañía del otro en un sótano oscuro donde no llegaba señal de celular. No hacía falta mucho más: su temor y el mío se apagaban con solo acercarnos un poco más. Nos desenchufamos y volvimos a casa.

27 de enero. En el tiempo que con Turing compartimos no llegué a aprender a hablar su idioma. De haberlo hecho seguramente el pequeño me hubiera explicado que la incompetencia profesional del primer veterinario rozaba lo criminal.

Aquella constipación parecía no dar tregua y nos embarcamos en búsqueda de una opinión al menos más amorosa. En una pequeña salita de una pequeña veterinaria de un barrio bastante caro, un rostro mucho más preocupado revisó al gatito. La indignación por la negligencia del profesional anterior solo fue desplazada por la intranquilidad que le producía el aspecto de Turing.

A diferencia de las anteriores excursiones, esta vez contaba con Mayra. Ojalá las condiciones hubieran sido mucho más amenas para aprender que soy una persona que funciona excesivamente bien ante la adversidad. Aunque, claro, eso hubiera sido lógicamente imposible. Nadie sabe que puede nadar antes de ser arrojado a una pileta.

Tratando de no pensar en cuán ventajoso hubiera sido tener un ecógrafo en casa, logramos dar con alguien que un sábado a última hora nos abrió la puerta para mirar dentro de la panza del gatito más lindo del mundo.

Casi eran las diez de la noche cuando detrás de una puerta se asomó y nos dijo que Turing tenía un tumor en el intestino. No desesperé, porque eso no le servía a nadie. El gatito se subió a su caja y nosotros nos subimos a un auto, y hacia casa salimos.

Luego de repasar un sinfín de escenarios logré contenerme de pedir que hiciéramos una parada técnica en aquella veterinaria donde mencionaron una constipación. Hacer una bomba molotov es escandalosamente sencillo, te sorprenderías.

29 de enero. Acostumbrado a enviar un correo cada semana durante ya mucho tiempo me encontré a mí mismo con cada vez mayor dificultad para escribirle a las personas que más quiero — y más me quieren — con el minuto a minuto.

“Recién lo vieron a Turing. Vamos a empezar un tratamiento por 20 días. Le van a dar un medicamento para bajar su inflamación. Tendría que comer normalmente. Tiene que subir de peso. En diez días lo operan y ahí nos enteraremos del panorama”.

Es difícil imaginar una forma más directa de convertir el amor en acción que a través del acto de alimentar. Hacer que mi gatito maravilla subiera de peso era el tipo de misión a la que sin esfuerzo puedo abocarme. Aunque no sin el costo personal de mi salud, que con tanta soltura puedo relegar.

Si hacía falta no volvería a dormir hasta que Turing no recuperara su peso. Y eso fue exactamente lo que hice.

2 de febrero. En un mensaje a Alejandro: “Hoy se despertó ultra mimoso. No lo veíamos así hace semanas. Es un pegote”.

7 de febrero. Eternos fueron los diez días que hubo que esperar para su operación. Aún más agobiante fue la hora que duró la intervención. “I wish I could eat your cancer when you turn black” era una línea que aún me perseguía por los pasillos cuando nos dieron el parte.

“Tiene el intestino engrosado en una superficie bastante mayor a lo pensado previamente. Además tiene afectados los riñones e inflamados los ganglios. Lo más probable es que se trate de un linfoma. Tendremos el resultado definitivo en algún tiempo. Malas noticias”.

Al ser difuso el engrosamiento no había nada que hacer más que echar una mirada.

Malas noticias.

7 de febrero. (Más tarde)

“Ya en casa. Anda drogado y obvio que tiene su gracia. Le estamos limpiando los pisos porque busca superficies frescas. Acaba de tirar toda la caja de las piedritas tambaleándose, y ahora se quedó echado. Tipo 6 empezamos a darle agua y ver cómo reacciona. Mañana chequeo y viernes también. Antibióticos, analgésicos y corticoides. Y bocha de amor”.

8 de febrero.

“Hace un rato lo revisaron a Turing. Lo encontraron bien. Lo más importante es que coma, vaya al baño y se mueva, aunque sea poquito. Mañana no hay que llevarlo a control a no ser que notemos que empeora en esos aspectos. El sábado le sacarían el catéter”.

9 de febrero. “Acaba de vomitar. La reputísima madre”.

10 de febrero. Si darle de comer era nuestra principal misión, las horas sin dormir de nada estaban sirviendo. El fracaso nos apabullaba.

Por más simpáticos que se vean los grandes felinos con sus domadores, una advertencia siempre se repite: no son bestias domesticables. De los pequeños felinos, por su parte, no estamos tan seguros tampoco. Alcanza con intentar darle de comer a un gato enfermo para corroborarlo: el bicho hará lo que se le plazca, incluso en desmedro de su propia salud.

A esta altura ya toda nuestra pequeña galaxia social se había movilizado. La familia de May incansablemente nos llevaba de un lado a otro, nuestros amigos habían aprendido a hacer las preguntas correctas y entender mis torpes respuestas, y de repente un montón de personas que leen estaban también pendientes de Turing y de su pobre humano preocupado por él.

Un hombre con una misión, cuanto menos dormía, menos sonreía, y más cerca de ese bichito tan increíblemente ergonómico trataba de mantenerme. Turing no comía, y cuando vomitaba, todo esfuerzo volvía a cero. Tantas semanas sin sueño profundo empezaron a alterar mi forma de vivir el día.

Las situaciones en que algo no funciona hacen aflorar mis aspectos más extraños. Si de por sí mi sueño es fácilmente interrumpible, sin esfuerzo debo haber recableado mi cerebro para que mi cuerpo como un resorte estuviera listo para la acción si llegaba a escuchar el mínimo sonido de madrugada.

11 de febrero. “Turing acaba de quedar internado. Su estado general es pobre”, escribí. “Lo lamento mucho”, respondió mi papá.

“Está bien. Es así”, respondí.

13 de febrero. Los días lejos de la felina luz de mis ojos sirvieron para dormir por primera vez en dos semanas. No podía evitar despertarme 5 o 6 veces por noche, pero al menos no me levantaba para ir a buscar al chiquito.

El desasosiego se enfrenta con la mejor de las compañías. La amistad se inventó para enfrentar a la enfermedad y a nuestra inescapable finitud.

14 de febrero. Durante su internación el gatito volvió a comer luego de un cuadro depresivo. Podría haber sido una perfecta descripción de un día cualquiera en mi vida, salvando la distancia de que ronronear nunca me salió tan bien como a él.

“Sigue siendo un chiquito hermoso, pero está muy muy cansado”, conté. Procurando atajar cuanto comentario optimista recibiera, avisé que el panorama era malo. Si algo me propuse con insoportable tozudez fue no ceder ante la tentación de ver buenas noticias donde no las había.

“Que bueno que Turing los tenga a ustedes”, dijo Guadalupe. “Sobre todo a May”, me apresuré. “Es la mamá de gatitos”.

“Turing volvió a casa. Está todo sucio y enojadísimo. El objetivo es lograr que coma, lo que quiera, lo que sea. Con May acá seguimos peleándola. Ya empezó la etapa de empezar a darle medicamentos y ver si con alguno la pegamos. Estamos agotados pero nos lo tomamos con estoicismo.”.

En los momentos entre cuidados respondía mensajes y escribía algunos otros. Las sonrisas producto de lo que escribían mis amigos hacían las veces de bálsamo para la angustia. Si algo despeja los desastres es con quién podemos contar.

Exhaustos pero estoicos, lo único que realmente nos importaba era que se sintiera amado. Después de todo, luego de tres noches Turing volvió a casa para San Valentín.

15 de febrero. El análisis dio positivo. Turing tenía el Virus de la Leucemia Felina (ViLeF), un virus para el que existen vacunas pero cuyo tratamiento es más bien complejo. Este virus oncógeno causa diferentes tumores en los gatos, principalmente linfoma y leucemia.

“Me está destruyendo esto. Verlo no comer. Cada vez más y más flaco. Cada día camina peor”.

Martín nos dio la noticia. Creo que yo no tendría problema en atenderme con Martín, el veterinario, en vez de con cualquier otro médico para humanos. Entre tanto dolor e insuficiente conocimiento específico sentirnos cuidados hizo el mundo de diferencia.

16 de febrero. Turing comía, pero solo una comida hipercalórica evidentemente diseñada para gatos enfermos herederos de algún magnate del petróleo. Con la típica puntería a la que nos acostumbramos en este país que tan frecuentemente nos recuerda que está roto nos enteramos de que por problemas de importación esta comida mágica, la única que el monstruito mimoso comía, no se conseguía.

“Romperemos el chanchito para comprarle más, porque es el primer rayito de luz en dos semanas”, le dije a mi mamá. “Hay que ir hasta Martínez porque la única persona en la ciudad que tiene las latitas ni siquiera hace envíos”.

“Si tengo que vender la PlayStation para que el bichito coma, lo hago. Es tan lindo verlo despierto”.

Claro que ir por la comida mágica importada no había sido nuestra primera opción. “Probamos con TODO: atún, pollo (hervido y grillado), cuatro comidas húmedas distintas, tres comidas secas distintas. No quería saber nada”. Básicamente en un par de días le cociné a Turing más de lo que me cociné a mí en toda mi vida.

Por mi parte, vivía a una dieta de cafeína, parches de nicotina, modafinilo, carbohidratos y glucosa.

20 de febrero. A veces la vida es simplemente la espera del resultado del siguiente análisis.

26 de febrero. “Hola familia querida, acá estamos con Turing, que anda tan pegote y bebote como Turing puede ser”, decía en un mensaje de video en el grupo familiar.

“Acabamos de ir al médico. Está bien de salud, en unos días tenemos que ir a ver que sus glóbulos blancos sigan bien. Ahora vamos a cocinar algo de pollo a ver si lo hacemos subir de peso. Pero en términos generales el gatito está muy bien, a pesar de todo lo que está pasando. Acá estamos, maullando por primera vez en mucho tiempo y volviendo a ser el hinchapelotas de siempre”.

27 de febrero. Cuidar de un gato enfermo es gastar un montón de plata. No solo por la comida sino que los traslados a la veterinaria, a cinco barrios de distancia, eran otro gastadero de dinero. Entre un autista y un felino enfermo no hacíamos uno.

Para entonces ya habíamos gastado el doble de lo que yo ganaba por mes en apenas unas semanas. De lo que jamás me hubiera imaginado era que un montón de personas que leen iban a ayudarnos también. Entre esas donaciones llegamos a cubrir un tercio de los gastos médicos.

Si mis correos semanales surgeron para hacerle frente a la aplastante soledad que sentía cuando empecé a enviarlos, todas esas personas inmensamente generosas hacían obvio que el experimento había sido un éxito.

2 de marzo.

Turing tuvo una recaída. Vomitó tres veces hoy, no lo hacía hace una semana. Estamos yendo al veterinario por segunda vez en el día”.

3 de marzo.

Lo vino a ver a casa una especialista en felinos. Nos cayó bien. Nos dijo que no había buen pronóstico. Sugiere no empezar tratamiento oncológico ahora, al menos hasta que Turing esté más estable. Nos enseñó a pincharlo para darle la medicación a través del suero, así no tenemos que moverlo tanto. Nos recomendó dieta carnívora sin hidratos de carbono (aunque mientras siga quisquilloso para comer podemos darle lo que quiera)”.

4 de marzo. Desde el primer momento me dio algo de vértigo lo mucho que me entusiasmaba encargarme de inyectarle suero y medicamentos a Turing. El hombre con una misión tenía renovados objetivos y había sido encomendado con herramientas especiales para lograrlo.

Había algo de autonomía que se me jugaba muy fuerte. La idea de no tener que meter al gato en una caja, y luego meternos los dos en otra con ruedas, con el consecuente estrés que nos provocaba a ambos salir de casa, empujaba mi sospecha de que aquello que vi hacer una y mil veces a los veterinarios no podía ser tan complicado. Y no lo era.

5 de marzo. “Recién comió sardinas, ayer jurel”, y juro que de la existencia de ese último pez me enteré mientras lo compraba. “Pero ahora volvimos a las latitas de comida para gatitos millonarios enfermos”.

9 de marzo.

“Ya salimos del vet. Está con un poquito de fiebre así que le vamos a adelantar la dosis del corticoide. Estamos en una meseta, Turing no empeora pero tampoco mejora. No sabemos si sigue siendo una opción posible que a esta altura mejore su estado. Mañana tenemos consulta nuevamente con la especialista felina para ver qué sugiere”.

10 de marzo. Eutanasia viene del latín científico euthanasia y este del griego antiguo εὐθανασία o ‘muerte dulce’. Se trata de la intervención voluntaria para acelerar la muerte de un paciente con la intención de evitar su sufrimiento y dolor.

“Lo tuve en mis brazos todo el tiempo. Fue muy pacífico y fue lo mejor en su estado, de no hacerlo iba a morir por causa natural en el transcurso del día. Ahora nos toca a nosotros curarnos también. Se murió una parte de mí con todo esto.

Gracias por acompañarnos”.

Ya no había misión. Solo quedaba seguir luego de la muerte.

“Somos seres mortales imperfectos, conscientes de esa mortalidad incluso cuando la apartamos a empujones, decepcionados por nuestra propia complejidad, tan incorporada que cuando lloramos a nuestros seres queridos también nos lloramos a nosotros mismos, para bien o para mal. A quienes éramos. A quienes ya no somos. Y a quienes un día ya no seremos”.
 — Joan Didion, The Year of Magical Thinking (2005)

Luego de seis semanas de mucha frustración, dolor, pero sobre todo, de insufrible amor, Turing, mi gatito, falleció. Su corazón dejó de latir y sus pulmones exhalaron por última vez.

No era solo amor lo que me movió durante la transición entre el ser y el no ser que Turing tuvo que atravesar. En gran parte también me movía un sentido avasallante de responsabilidad. Haberlo adoptado y entrelazado de forma tan profunda mi vida con la suya naturalmente debía implicar enfrentar el fin de la misma, fuera la mía o la suya.

“El dolor por la pérdida de un ser querido resulta ser una situación que nadie conoce hasta que llega a ella”, dice Didion. Mentalmente nos adelantamos al dolor del primer momento, de los primeros días, pero nuestra pobre imaginación no alcanza a lo que vendrá después. La imaginación colectiva nos arrastra a la idea de ser fuertes. Toda esa fortaleza será la que como una coraza nos hará seguir adelante, y todo eso.

“[No] podemos conocer por anticipado (y aquí reside la diferencia esencial entre el dolor por la muerte de un ser querido tal como nos lo imaginamos y tal como es en realidad) la ausencia interminable que vendrá después, el vacío, que es justamente lo contrario del sentido, la sucesión implacable de momentos durante los cuales afrontaremos la experiencia del sinsentido mismo”.
 — Joan Didion, The Year of Magical Thinking (2005)

En los días siguientes a la muerte de Turing una profunda experiencia del sinsentido me abrazó y no me soltó. En algún punto espaciotemporal previo a su muerte, empezamos a atribuirle a Turing un apego a un diminuto oso de peluche que encontramos en casa. Fue al instante seguido a que su corazón se enfrió como un témpano a la deriva que Turing pasó a ser ese mismo peluche.

No, claro que no tiene sentido y sí, por supuesto que soy bien consciente de ello. Pero en los días y semanas y meses que siguieron, cuando nadie podía mirarme, escucharme o juzgarme, era a ese osito ridículo a quien le contaba lo que había hecho durante el día, o a quien le confesaba que no, que todavía no entiendo cómo funcionan las cosas, ni mucho menos las personas.

Cat doodle” by Hannah Abbo (CC BY-NC 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 10 de marzo de 2019. 
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