“Amo una buena siesta”, comenta George en un famoso episodio de Seinfeld (1997). “A veces es lo único que me motiva a levantarme por la mañana”.
Una siesta, incluso si es excepcional, es una ruptura con el orden de las cosas. Es ese momento tan ineludible, tan delicioso, en el que los relojes hacen cosas raras y una digestión recién puesta en marcha parece invocar una ralentización de todo nuestro organismo, aunque principalmente de nuestro cerebro. Si tan solo pudiéramos ceder ante la seducción. Si tan solo pudiéramos tomar una siesta.
En cambio, tomamos un café y a razón de imponernos sobre nuestra naturaleza seguimos marchando, hasta el final del día cuando, finalmente, podremos descansar.
El día es para trabajar, para estudiar, para hacer cosas, la noche es para dormir.
Pero con las siestas nunca se sabe. Podemos abrazar el sueño, cediendo ante el sopor de una tarde que recién se asoma, y luego de unos minutos que nadie mide pero bien podrían haber estado cronometrados despertar con una nueva oportunidad para encarar un día que la primera vez no salió tan bien. Un tibio refresco, una pausa, una gran idea.
O puede salir mal. El sueño nos seduce y en sus brazos nos rechaza, el cuerpo se siente incorrecto, el tiempo pero principalmente la insoportable consciencia que tenemos de él se nos estira alrededor como un chicle, una boa constrictora que se regocija de nuestro sudoroso pesar. Nos libramos y el mundo se siente como entrar en el cine en medio de una función. Entre susurros intentamos ponernos al día acerca de quién es quién, intentando recordar incluso nuestro propio papel y qué se supone que debemos decir. Una mala idea.
Una siesta, pareciera, es como tirar una moneda pero nunca es una negociación.
La siesta no suplica: se nos impone. Más que seducirnos parece forzar nuestra voluntad, envolviéndonos en una peculiar tibieza, en una promesa de ansiado bienestar, que solo se nos hará presente si nos podemos relajar. Un bostezo le sigue a otro y si todas nuestras fuerzas no alcanzan, nos eleva, nos somete, y nos abruma con una especie de felicidad.
La siesta subvierte ese orden incuestionable entre el día y la noche. Y si en la adultez supone una tentación de la que nos deberíamos privar, en la infancia puede ocupar el lugar del hastío, de aquello a lo que los adultos nos quieren obligar, un castigo, cuando queda tanto por jugar.
La siesta es una pausa, un momento para respirar, un momento para aprovechar y recuperarnos en fuerza y espíritu. Es nuestra rebelde conquista de un orden por el que nadie nos consultó.
Con cierto esnobismo “siesta” se utiliza también en inglés, francés e italiano, pero es tan propia del castellano que ninguna otra lengua le otorga un lugar tan especial, más allá de que su origen sea una derivación del latín hōra sexta, en alusión al mediodía en la división en doce segmentos de la luz diurna, que variaba de acuerdo a la estación.
En lo que dura una siesta nos supimos acostumbrar al mandato de la productividad y a la tiranía de los relojes para aceptar sin mucho chistar el modo en que se organizan nuestro días, en el que nuestras agendas temen incluir un descanso, una exquisita siesta.
Lo que solemos por completo ignorar es que el modo en que llevamos nuestras vidas es una invención moderna, en el sentido más correcto de la palabra. Admiramos la Historia como si fuera una tierra lejana de la que nos llegan historias que adornan todo aquello que damos por normal, por natural.
Inventamos el futuro y dejamos nuestro pasado pre-industrial atrás como si no fuera de donde venimos, como si el mundo no hubiera girado de otro modo hasta la semana pasada. Hasta el siglo XVII se comía a eso de las 10 am y ya casi en el siglo XX el horario se había corrido a pasado el mediodía. Es por eso que allí donde las personas entienden de qué se habla cuando se menciona “la hora de la siesta” el período que tienen en mente es el que se extiende aproximadamente entre las 2 y las 5 pm. Quien duerme siesta cuenta las horas como quiere.
No es la máquina de vapor, argumenta Lewis Mumford en Technics and civilization (1934), el invento que puso en marcha al capitalismo sino el reloj. Entre los siglos XIII y XV, en todas las principales ciudades de occidente, el reloj de agua o clepsidra fue reemplazado por el reloj mecánico y el tiempo como una difusa secuencia de experiencias se volvió disciplinado y ordenado. Un ritmo ajeno al propio de la vida, “un tiempo para gobernarnos a todos”, podríamos parafrasear. Sin relojes el tiempo no podría ser dinero.
Sin un tiempo universal se habitaban varios tiempos en simultáneo: el de la ciudad, el del trabajo, el de la religión y el de la comunidad, en el que se entremezclaba el tiempo de la familia, del pueblo, de los demás, y el propio.
Tuvo el tiempo que poder ser medido para que pudiéramos ahorrarlo, optimizarlo, perderlo y recuperarlo. Nos liberamos de un tiempo inasible, uno que como arena se nos escapaba entre los dedos, para ceñirnos en otro determinado por poderes que nos escapan. Es este otro tiempo, moderno y mecánico, bajo el que aprendimos a organizar nuestras vidas, nuestro trabajo, nuestro descanso, nuestros apetitos, y sin mucha alharaca desterramos la posibilidad de la sorpresa y el aburrimiento. En un tiempo que es siempre igual, donde lo individual es un desatino, no queda lugar para el asombro.
Solo para ilustrar y completar esta osada exageración, colocarse un reloj en la muñeca no sería muy distinto de colocarse grilletes.
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Como explica Roger Ekirch en At day’s close (2005), su historia del uso del tiempo nocturno, contamos con apabullante evidencia de que previo a la invención de los relojes y la adopción de jornadas industriales, entre otras cosas, las personas llevaban sus vidas de maneras muy distintas. Para empezar, el sueño en más de un tramo era el modo más común de descansar.
A eso de la medianoche las personas se levantaban, acomodaban la leña en la estufa, leían un poco, visitaban a algún vecino, comían algo, y luego se acostaban para dormir un poco más antes de comenzar el día. Y si hacía falta, “a la siesta” se descansaba el resto.
Imposible de medir y cuantificar, el tiempo carecía de utilidad como bien en sí mismo. Se trabajaba hasta lograr lo cometido, se trabajaba sin un horizonte claro al que llegar. Por supuesto que hasta aquí llega la demonización de un tiempo universal: es un tiempo que todo el mundo comparte uno por el que se puede luchar, en términos objetivos, y aquel por el que prácticamente toda conquista laboral se abocó durante siglos.
Miles de personas debieron dar su vida para que pudiera existir el fin de semana.
Quizá fue por eso que con la siesta hubo que ceder, y rara vez se la codifica en una ley. Tal vez porque en el desarrollo de la “gestión científica”, como la de Frederick W. Taylor, se consideró que un breve período de sueño durante el día no era más que un resabio de épocas dejadas atrás, una curiosidad pre-industrial factible de abandonar.
Es al respecto que la ciencia del sueño contemporánea, representada principalmente por la cronobiología, tiene mucho que discutir. A esta altura, y de igual manera que “siesta” migró de idioma en idioma como un anticuado descanso a mitad del día, el concepto de “power nap” se hizo omnipresente en discusiones acerca de productividad.
El concepto fue introducido por el psicólogo James Maas para referirse a siestas cortas de 20 minutos o menos compuestas casi en su totalidad por la Etapa 2 del sueño, cuyo elemento clave es su finalización antes de la ocurrencia del sueño de ondas lentas, lo que deriva en una mejora del estado de alerta, el rendimiento cognitivo y la capacidad de aprendizaje.
Los beneficios de tomar una siesta para la salud, y la productividad, no guardan ya nada de controversia y se reconocen como un hecho bien establecido. Este es el caso incluso de aquellas siestas de las que nos despertamos con letargo, y mucho más de mito que de verdad hay en que una siesta pueda atentar con nuestro sueño nocturno. En particular, es la necesidad de dormir siestas con frecuencia lo que suele indicar mala calidad de sueño nocturno.
Hay un conflicto entre la necesidad fisiológica de descansar para rendir mejor (en el trabajo, en el estudio) y la idea muy obviamente irrealizable del humano-máquina que trabaja y rinde a demanda, cuando un cierto estándar irrealizable de productividad se le requiere. Y es paradójicamente el redescubrimiento de la siesta como un recurso olvidado uno que supo ser incorporado, sin perder un segundo, en la retórica de la inhumana productividad, aunque el mundo está durmiendo mal y no hay siesta alguna que lo pueda remediar.
Es por eso que al final de este recorrido la siesta “corre el peligro de ser institucionalizada, recetada, redimida, medicalizada, gravada, enseñada y profesionalizada”, se alarma Therry Paquot en L’art de la sieste (1998), su defensa de la siesta como el punto más alto del “arte de vivir”.
La siesta es, por mucho que la queramos disfrazar, un tiempo improductivo que así nos conviene rescatar. Es un momento en el que no hacemos nada, quizá entre comillas, que posee valor sin que le pongamos un precio, tal como el sociólogo Jean Duvignaud define al arte. Es un ejercicio cotidiano, una travesura, a través del que podemos reclamar el tiempo — del mundo, de otros, de quien sea — como propio, a resguardo de los relojes, como insiste Paquot.
La siesta es un acto cotidiano de subversión, una ligeramente patética forma de practicar una suerte de rebeldía de la que nos podemos jactar.
Atribuirle a la siesta, en cualquiera de sus versiones, formas y sabores, un poder de curación, una respuesta a los desmadres que hicimos de nuestro tiempo, de nuestro ritmo de vida, de la forma en que nos ubicamos arrogantemente al centro de un universo al que no podríamos importarle menos, parece ser un poco apresurado.
No es en las promesas de una incrementada productividad o una afilada creatividad, incluso si todo resultado empírico apunta en esa dirección, que la riqueza de una buena siesta se nos presenta. Eso es como tomar algo hermoso solo para verlo arder.
La siesta, como todo fenómeno propio de nuestro breve paseo entre el existir y dejar de hacerlo, parece brillar mejor bajo la luz de su propia naturaleza, una que conviene descubrir previo a cualquier intento por sofocarla. No porque todo tiempo pasado fuera mejor (pobre de quien quiera justificar que este no es el mejor momento que ha vivido la humanidad, como nos recuerda con insistencia Steven Pinker), sino porque parte del pase a la adultez intelectual que sigue el camino marcado por la Ilustración es el reconocimiento del mundo tal como nos es dado como instancia previa a cambiar su funcionamiento.
La posibilidad de acomodar nuestro ritmo de vida y ajustarlo a la exactitud propia del tiempo mecánico no debería obnubilarnos frente a la fácilmente ignorada posibilidad de no hacerlo. Nuestros teléfonos pueden funcionar las 24 horas y no por eso deberíamos resignar nuestra disponibilidad a sus virtudes. Nuestros días pueden recortarse con exactitud matemática y no por eso conviene hacerlo sin tener presente el modo en que nuestra frágil biología lo haría.
Un mundo carente de tiempo universal tampoco era uno en el que la individualidad fuera premiada ni la libertad un bien común al centro de la organización política. Es precisamente por esto que ahora, y no en aquel pasado tan fácil de romantizar, se nos vuelve insoportablemente evidente que una sociedad que obliga a quien participa de ella a respirar en sincronía con el resto, trabajar al mismo tiempo y habitar un mismo tiempo es una totalitaria, condenada a perecer.
El tiempo libre, aquel por el que luchamos y en el que depositamos nuestras fantasías de emancipación, quizá no tenga que ser uno cuyo comienzo y final están bien delimitados.
Como resume Paquot, el libre uso del tiempo es garantía de autonomía y “no un acto de mala ciudadanía, un rechazo a respetar las «reglas» promulgadas por toda la vida y la sociedad, un desprecio por los demás o un retroceso en la propia comodidad, sino una voluntad de habitar el propio tiempo para asegurarse la propia presencia en el mundo, con y entre otras personas”.
Para estar más presentes, más conscientes y con mayor capacidad para prestar atención es necesario seguir un ritmo, el propio, aquel en que se alternan pausas, silencios, y siestas.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 25 de agosto de 2024.
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