Durante gran parte de mi infancia y adolescencia el aire acondicionado era el tipo de cosa que sólo existía en Buenos Aires, como los saqueos, la política, o las noticias. En Bariloche el calor nunca llegaba a ser del todo agobiante y se combatía zambulliéndose en el lago o, en su defecto, jugando con una manguera en el jardín. Hoy, durante tres o cuatro meses al año, el aire acondicionado ocupa gran parte de mis pensamientos diarios.
Si bien la dominación del fuego sea probablemente aquello que nos hizo humanos, la dominación del frío es otro cantar. Como habría de inmortalizar García Márquez en Cien años de soledad (1967): “frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” Incluso décadas luego de la Revolución Industrial, el hielo — inconcebible para la mayoría de las personas — se obtenía principalmente cortando bloques en lagos congelados. Nadie hubiera creído en la posibilidad de obtener frío de manera artificial.
El calor extremo siempre fue un problema, pero sobre todo desde que tenemos ciudades. En ciudades como Nueva York, era frecuente que las personas escaparan a los techos para descansar y rodaran dormidas en medio de la noche hasta morir sobre el pavimento. Los diarios incluso listaban las muertes cada mañana, detallando el lugar del deceso. No es que antaño las personas tuvieran mejores maneras de lidiar con el calor: simplemente la pasaban muy pero muy mal.
Tal como cuenta Salvatore Basile en Cool (2014), mucho tiempo antes de la aparición del primer sistema de aire acondicionado, una plétora de mentes — creativas pero ineficientes — habían aceptado el desafío de enfriar aire. Desde antiguos artefactos mecánicos en Roma, Persia o China, pasando por experimentos de Benjamin Franklin y John Hadley en 1758, hasta la invención de una máquina que hacía hielo en 1851 — que fue saboteada por el lobby de los vendedores-de-hielo-recortado-de-lagos-congelados. Sin duda, la historia del intento por dominar al frío es de lo más pintoresca.
Pero el aire acondicionado eléctrico, tal como hoy lo conocemos, fue recién inventado en 1902. En un clásico ejemplo de descubrimiento accidental, Willis Carrier, un ingeniero de 25 años, había sido contratado por una imprenta de Brooklyn para lograr eliminar la humedad que impedía que la tinta secara y echaba a perder gran parte de lo que se imprimía cada verano. Su invención, que consistía en hacer pasar el aire a través de caños enfriados que condensaban la humedad, no sólo lograba secar el aire sino que además lo enfriaba, además de hacer que todos se pelearan por almorzar junto a las máquinas de la imprenta.
Originalmente, el flamante negocio de Carrier estaba enfocado en usos industriales, pero su visión concebía aire fresco para todos y todas. Ya en las últimas décadas del Siglo XIX, lugares como el Madison Square Theatre habían experimentado con la refrigeración con hielo, pero esta, si bien enfriaba, no evitaba la humedad. Antes del AC, estar dentro de un teatro con cientos de otros humanos sudorosos, aire rarificado por las luces a gas y la absoluta ausencia de ventilación era quizá solo comparable con representaciones bíblicas del infierno. Pero luego de que en 1925 Carrier instalara su sistema en el cine Paramount en Manhattan, el cine se volvió “el” lugar para estar.
Tal como comenta Steven Johnson en How We Got to Now (2014), aquel debut en sociedad no se dio sin contratiempos. Carrier había prometido a Adolph Zukor, fundador de Paramount, que su invención mejoraría el negocio. Sin embargo, a medida que las filas se llenaban y las manos todavía agitaban abanicos, el escepticismo crecía. Al cabo de unos minutos, superados los problemas técnicos, «casi imperceptiblemente las manos dejaron de moverse y los abanicos comenzaron a descansar en las faldas de los espectadores. Eventualmente, los pocos abanicos que se agitaban fueron abandonados también. Cuando la función terminó, Mr. Zukor — sin esperar a que abriera la boca — le dijo: ‘sí, a la gente esto va a gustarle’».
En nuestro país, el aire acondicionado llegó de la mano del argentino Ernesto Lix Klett, compañero de Carrier en la Universidad de Cornell, cuya empresa fue la primera del mundo en distribuir de forma independiente los equipos Carrier. En 1932 ambos consolidaron la empresa Carrier Lix Klett Corp., que un año después fue responsable de instalar en el Edificio Kavanagh (ubicado frente a Plaza San Martín, en Buenos Aires) el primer sistema de aire acondicionado central del mundo, además de toda una serie de hitos en la historia del aire acondicionado.
Cada verano nos fuerza a recordar que el aire acondicionado está bien arriba en la lista de los mejores inventos. Pero como muchos otros, es de esas cosas que amamos odiar. Desde hace algún tiempo se discute que la temperatura recomendada para los aires acondicionados difiere entre hombres y mujeres, o incluso se señala que el aire acondicionado es un agravante del calentamiento global, resultando en un círculo vicioso. Pero sin importar de qué lado del amor-odio caigamos, un hecho se mantiene evidente: casi un siglo después de las aventuras de Carrier en la imprenta, la capacidad de enfriar y secar aire transformó al mundo.
No sólo el entramado de servidores que hace a internet sería inconcebible sin la refrigeración del aire acondicionado, sino que incluso hay consecuencias sociales aún más inmediatas. Hoy en día las megaciudades de más rápido crecimiento están predominantemente en zonas tropicales, insoportables sin aire acondicionado, donde se espera que para 2025 mil millones de personas más se sumen. Aún está por verse si estas ciudades serán sustentables a la larga, pero es innegable que la mayor migración en la historia de la humanidad resultó desencadenarse por la incorporación de un electrodoméstico.
Aunque probablemente no vaya a ser el que Willis Carrier concibió en su momento, el mundo necesita de aire acondicionado. Inexorablemente, el futuro tendrá que contemplar mejores sistemas, más eficientes a nivel energético y más generosos con el medio ambiente. Algunas soluciones ya se barajan, como reemplazar los gases que los equipos de AC usan hoy (HFCs) por otros más eficientes y efímeros (HFOs), o incluso regresar al uso de hielo.
Cuando nos detenemos en las grandes ideas, comenta Johnson, solemos quedarnos apenas con la escala original de la invención. Pensamos en Carrier y recordamos su refrigeración de fábricas, salas de cine y habitaciones. Reducimos su impacto a la posibilidad de dormir frescos por la noche o de ponernos un abrigo en pleno verano. Pero si alejamos un poco la mirada podemos perdernos la épica que hay detrás, e ignorar que aquello que por momentos parece un mero lujo, una trivialidad innecesaria, fue el elemento transformador del tejido mismo que hace al principal componente de la vida contemporánea: las ciudades.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 10 de diciembre de 2017.
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