Cómo funciona el amor a distancia

“No existe casi ninguna actividad ni proyecto que empiece con esperanzas y expectativas tan altas, y que a la vez fracase tan a menudo, como el amor”, escribió Erich Fromm en The Art of Loving (1956). Quizá uno de los motivos por los cuales sobredimensionamos nuestras expectativas tiene que ver con las paradojas del amor tales como la irreconciliable noción de que aunque el amor nos hace ansiar la cercanía, el deseo florece con la distancia.

La larga tradición de amar desde lejos parece haber sido inaugurada por Penélope, quien según el poema épico griego del siglo VIII a. e. c. atribuido a Homero esperó veinte años el regreso de su amado. Pero si bien es difícil establecer si hoy son más frecuentes las relaciones a distancia que por aquel entonces, definitivamente no se viven de la misma manera.

Paradójicamente, los mismos avances económicos y tecnológicos que nos permiten trabajar a distancia son los que hacen posible que la vida compartida entre dos personas se parezca más a la de dos que viven juntas. La distancia no desaparece, pero se la puede engañar.

Antes de las videollamadas, de los mensajitos, de las llamadas de larga distancia o de los telegramas cuya única función era dar una prueba de vida, existían las cartas de amor. Este género literario por accidente incluso nos dio algunos de los textos más bellos. En una de sus cartas al artista catalán José Bártoli, Frida Kahlo escribe: “No sé cómo escribir cartas de amor. Pero quería decirte que todo mi ser está abierto para ti. Desde que me enamoré de ti todo está transformado y lleno de belleza… el amor es como un aroma, como una corriente, como la lluvia”.

En otra de sus cartas, cuando Bártoli se había ido de México, Frida exclama: “Necesito que lleves esta pequeña prueba de mi amor” en una carta de 12 páginas sin párrafos, probablemente escrita bajo los efectos de la morfina. De ahí probablemente venga el viejo adagio: “Si vas a escribir cartas de amor, no tomes analgésicos”.

El deseo suele ser, esperablemente, el tema central del género. En una carta de la poeta británica Vita Sackville-West a Virginia Woolf de 1927, se lamenta: “He sido reducida a una cosa que desea, Virginia. (…) Te extraño, en una simplemente desesperada manera”.

Y mucho antes de que pudiéramos ahogarnos en nudes de la persona que amamos, la creatividad literaria hacía las veces de lo que hoy quizá buscamos recomponer gráficamente. Aunque difícilmente exista colección epistolar más gráfica que la de James Joyce en correspondencia con su amada, a quien describe con lujo de detalles sus erecciones, sus inseguridades y asedia con preguntas acerca de la vida sexual de la que es privado por la distancia.

Lo que sucede con las cartas es que nos presentan con imágenes incluso más potentes que las que pudiera transmitir una fotografía. Si el recurso son las palabras entonces toda nuestra creatividad es puesta al servicio de nuestra adoración y deseo, y, del otro lado, es la imaginación la que llena los espacios en blanco. Es por esto que la palabra escrita puede suscitar emociones e intimidad muchísimo más intensas. Cuando solo tenemos las palabras de la persona que amamos imaginamos el resto de la mejor manera posible.

El teléfono es una invención de mitad de siglo XIX pero no fue hasta los años 40 o 50 que fue incorporada al placer además de los negocios. Al estallar la Segunda Guerra Mundial el personal militar esperaba en largas colas para hablar con sus seres queridos. El teléfono se convirtió en una necesidad más que en un lujo para muchas familias. Cabe aclarar, sin embargo, que por aquel entonces un llamado podía costar unos 3 dólares por minuto (unos 26 dólares hoy si consideramos la inflación).

Las cosas siguieron más o menos igual por varias décadas hasta que apareció internet. Primero el correo electrónico que bajó el costo de la correspondencia y nos dio los primeros atisbos de inmediatez, y luego la mensajería instantánea y las videollamadas. La diferencia fundamental que se introdujo fue la posibilidad de compartir trivialidades y dar lugar a lo mundano en nuestras conversaciones.

Si comparamos con los intercambios epistolares de antaño, cuyas restricciones forzaban a capturar solo lo más importante que hubiera sucedido desde la última carta. Incluso muchas veces las cartas debían ser escritas antes de recibir la respuesta de la anterior para poder mantener la frecuencia. En gran parte esto es lo que se pierde en las cartas del pasado: difícilmente incluiríamos en nuestra carta semanal algún detalle acerca de habernos mojado las medias al pisar agua o un comentario al pasar acerca de una empanada que comimos.

Son estos detalles de lo cotidiano, sin embargo, los que al mismo tiempo que le quitan terreno a la imaginación nos permiten no solo reconstruir mentalmente la vida de la persona que amamos sino que en lo irrelevante se nutre la cotidianeidad. Después de todo nuestras vidas están repletas de momentos en los que no pasa nada pero que son dignos de compartir con quien hace más felices nuestros días.

No solo la comunicación en tiempo real en texto, audio y video pasó a tener un costo marginal incluso imposible de cuantificar sino que despoja de lo especial a los momentos de contacto. Hablar con quien deseamos no requiere de largas colas ni de un abultado presupuesto: el único obstáculo es lograr encontrar un momento en nuestras atestadas agendas.

Algunas parejas eligen hacer videollamadas de fondo en las que nada especial sucede más que compartir el momento, mientras de cada lado siguen con su vida dejando que lo banal se haga presente. La conexión ya no está monopolizada por el momento en el que sesudamente resumimos y discriminamos entre lo que sucedió desde nuestro último mensaje sino que se deja que el libre transcurrir del tiempo haga de la distancia un fantasma.

Es por esto que el valor de la comunicación escrita se volvió aún más potente como recurso para la añoranza de nuestro amante. La vida, después de todo, transcurre en tiempo real y es cuando nos rebelamos contra el reloj y abrimos un espacio atemporal a través de las palabras que puede realmente aflorar lo que importa. Es en el momento de reflexión en el que logramos ya no decir lo primero que se nos ocurre simplemente porque es gratis sino que ponderamos el peso que puede tener cada palabra, minuciosamente elegida para evocar algo con la mayor precisión que podamos conseguir.

Es en la sofocante impaciencia que cultivamos que se pierden las delicias de la espera. La anticipación, sea de un beso o una carta, nos pone de frente al preciso motivo por el cual deseamos lo que deseamos. La gratificación aplazada, en la forma de resistencia a la tentación de una recompensa inmediata, se vincula con el éxito académico, la salud física y psicológica, y relaciones más robustas.

Es tentador asumir que en el pasado los largos tiempos que mediaban la comunicación se traducían en mayor miseria de parte de los amantes. Pero investigadores como Jason Farman disienten. En Delayed Response: The Art of Waiting From the Ancient to the Instant World (2018) escribe que para aquellas personas los intercambios con largas esperas no eran percibidos como deficientes o menos inmersivos.

En una entrevista Farman cuenta que en todo período histórico se asume que los medios de comunicación de aquel entonces son superiores a cualquiera que haya venido antes y que tendemos a asumir que nuestro presente siempre es mejor en comparación.

Lo que lleva a las personas a formar vínculos significativos, amistades, noviazgos e incluso matrimonios a pesar de la distancia no es trivial. Como señala Joe Pinsker en The Atlantic, hay fuerzas que involucran al mercado laboral, la geografía e incluso normas de género tácitas que nos fuerzan a la decisión en primer lugar.

Tanto el nivel educativo y el nivel socioeconómico son buenos predictores de la tendencia a formar relaciones a distancia. Este patrón probablemente se explique por el aumento de mujeres que persiguen una carrera profesional que desplaza a lo que quizá ocurría en otro momento: en parejas heterosexuales la carrera del varón era priorizada y la familia lo seguía a donde hiciera falta.

Si consideramos carreras altamente específicas como pueden ser las asociadas a la academia la tendencia se vuelve incluso más obvia: no siempre es plausible que ambos componentes de una pareja consigan trabajo en el mismo código postal. Afortunadamente, son las mismas tecnologías de comunicación que hacen posibles enriquecedoras relaciones amorosas a distancia las que habilitan al trabajo remoto.

Vivir el amor a distancia a todas luces no debería entenderse como una forma defectuosa del amor presencial. Hay evidencia de que los niveles de satisfacción en parejas que viven lejos son prácticamente indistinguibles de aquellas que viven cerca, incluyendo su satisfacción sexual. Paradójicamente, la comunicación digital en muchos casos puede ser aún más romántica que la interacción cara a cara: en muchos casos el sinceramiento a través de un chat se percibe como más íntimo que aquel realizado en persona.

Escapar a la inmediatez cuando estamos a unos minutos de distancia conlleva una negociación inequiparable con la que corresponde a una distancia que no podemos franquear. Esta distancia es la que nos fuerza a desarrollar dos vidas separadas que pueden unirse en un punto futuro. Es una forma que nos permite construir con quizá mayor cuidado y delicadeza los cimientos de una relación, disfrutando de los frutos del romance —y su intensidad— pero preservando la autonomía de una manera que sería más difícil de lograr en la cercanía. Aunque pudiera sonar exagerado, el amor a distancia muchas veces no es más que romance con esteroides.

El de las cartas de amor parece ser un género que nos genera incomodidad o incluso vergüenza ajena si no podemos ubicarlas en el esquema de nuestra realidad, pero se vuelve un recurso cuando de repente podemos ubicar cada una de esas palabras en el improvisado collage de todo lo que nos pasa en el pecho cuando nos enamoramos y ansiamos a la distancia el encuentro.

Algo parecido pasa con las canciones que meticulosamente compilamos en mixtapes, robando fragmentos de canciones ajenas en un fútil intento por decirle a la persona que amamos lo que sentimos. “Es como si hubiera escrito cada nota con mis propios dedos” canta Andrew McMahon. O, como dice Rob en High Fidelity (1995) de Nick Hornby, lo único indispensable es hacer evidente que esas canciones fueron elegidas especialmente para la otra persona.

La distancia, empero, es asequible siempre que sea posible dinamitarla. La satisfacción que sacamos de nuestro vínculo generalmente responde al horizonte que supone el encuentro y se ve afectada si para ello hay que esperar un año o más. Este estado intermedio —ni de soltería ni de pareja— como cualquier otro puede mostrar marcas de degradación si falla el elemento fundamental de toda relación: la comunicación.

Aunque los méritos del amor a distancia no sean en absoluto desdeñables, vivir con alguien que habita nuestro celular no es lo mismo que vivir con alguien con quien compartimos un baño, negociamos quién saca la basura, quién lava los platos, quién se encarga de la cena o qué serie vamos a mirar. La distancia es terreno fértil para las idealizaciones que cubren aquellos espacios en blanco de la cotidianeidad que pueden perderse a pesar de los milagros tecnológicos que nos conectan.

Las parejas a distancia tienden a discutir y pelearse menos por lo engorroso del intercambio de argumentos y la facilidad con la que surgen los malentendidos. El tiempo compartido es tan valioso que se postergan los conflictos hasta que, idealmente, se evaporan. En algunos estudios de hace varias décadas un tercio de las parejas que habían estado juntas por al menos dos años se separaron a los tres meses de convivir.

Una peculiaridad de la comunicación entre dos amantes alejados es que la misma gira en torno a sus vidas y el relato rara vez es acercado por una tercera persona. Para cada lado sólo existe una versión de los hechos. Esto nos priva de, por ejemplo, ver cómo interactúa la persona que amamos con otras personas o incluso cómo se comporta en soledad. Es en torno a estos detalles no menores que el bajo costo de nuestras conexiones puede asistir: al volverse barata la comunicación queda mucho más lugar para todo aquello que ocupa nuestras vidas sin que lo hagamos consciente.

Navegar las aguas de una relación, de la forma que sea, nunca carece de desafíos pero bien podría ser lo que nos prepare a enfrentar tanto tormentas perfectas como el viento a favor. Cuando tantos problemas podrían solucionarse con un abrazo el contorsionismo argumental que debemos practicar sin perder la paciencia para preservar lo construido se vuelve un entrenamiento como ningún otro en comunicación asertiva.

Es precisamente la velocidad de nuestras vidas la que nos hace perder dimensión del valor que cada instante tiene. Si el tiempo que podemos pasar junto a la persona que amamos parece inagotable indefectiblemente caeremos en olvidar su valor hasta que inadvertidamente lo que alguna vez fue quede sepultado bajo las cenizas de lo que ahora es.

Sin importar la cercanía, cada minuto con las personas que amamos debería ser contemplado como único, en rebeldía de la tentación a darlo por sentado. De un momento a otro todo podría cambiar y el mundo podría complotar contra nuestra cercanía. Mucho más difícil es estar lejos de alguien a quien podríamos visitar caminando que de alguien en otra zona horaria.

El amor es, además de tantas cosas, una decisión. Y afrontar lo que nos pueda deparar, incluso si nos consume la nostalgia, es parte del juego. Y la distancia, por más abrumadora que nos pueda resultar, es también relativa. Flotando en este pálido punto azul no importa qué tan lejos estemos de la persona que amamos, la distancia nunca podrá ser demasiada.

“El amor no varía con sus breves horas y semanas”, escribió Shakespeare en su Soneto 16, “sino que se afianza incluso hasta en el borde del abismo”.

Until We Meet Again” by Dion MBD (CC BY-NC-ND 4.0)

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