Dicen que un abucheo suena mucho más fuerte que un aplauso.
Es mucho más fácil, incluso, prepararnos mentalmente para el triste descubrimiento de que no nos quieren, de que ninguna ceja se va a levantar por lo que hagamos, de que no hacemos otra cosa que ocupar espacio y malgastar precioso aire que bien podría aprovecharse en un globo.
Y está bien, tampoco es cosa de fingir coraje cuando nos rechazan. Que el corazón se rompa, ya habrá tiempo para arreglarlo. Por algo es que los humanos evolucionamos para nutrir una peculiar industria de canciones melancólicas, obscenas comidas que nos reconfortan, baños calientes y eternas conversaciones por teléfono donde solo queremos escuchar “ya, ya, todo va a estar bien”.
Pero no vale asumir que alguien nos rechaza solo porque quiere hacernos sentir mal. No es que la respuesta a aquello que deseamos, a aquello que con nuestras mejores palabras pedimos, fue diseñada como una bayoneta para atravesarnos de lado a lado. Si del otro lado contestan con sinceridad, el rechazo no necesariamente es algo que se ha elegido.
La no correspondencia de aquello que añoramos más bien parece ser algo que brota de las vísceras, de ese rinconcito en alguna parte de la panza que los médicos no saben ubicar. Y no es nuestra tarea justificarlo, ni albergar esperanzas de que en algún momento las cosas van a cambiar.
Quizá le tememos tanto al rechazo porque nos entusiasma demasiado la idea de que nos quieran. Pero es toda esa admiración por quien nos acepta la que se fermenta y vuelve tóxica. O tal vez sea el mero hecho de no estar en los planes de alguien más lo que nos apega tanto a quien nos rechaza: si hay algo que no puedo tener entonces debo estar perdiéndome de la mejor oportunidad de mi vida.
Quizá es porque cuando nos rechazan damos lugar a todo eso que en realidad pensamos de quienes somos: nos rechazan, ergo, no valemos, no somos queribles, nuestro aliento apesta, y todo eso. Pero aquella no es más que una pésima forma de lidiar con lo que no quisiéramos en nuestras vidas.
Una posible manera de superar el miedo al rechazo tal vez sea aprender a rechazar por nuestra propia cuenta. Pero si hay algo más difícil que recibir un no como respuesta es tener que dárselo a alguien que a todas luces nos resulta decente. Demorar nuestro rechazo no es más que prolongar la tortura de la otra persona. Y no hay nada de digno en vedar a alguien más de una situación que nuestra premura por mantener la boca cerrada está ocultando.
“Es fácil llorar cuando nos damos cuenta de que todas las personas a quienes amaremos o bien nos rechazarán o bien morirán” escribe Chuck Palahniuk en alguna parte de Fight Club (1996). Es imposible ir en contra de una deducción lógica como esa, pero también en ella podemos encontrar algo de consuelo: frente al rechazo lo que podemos hacer es volcarnos hacia su opuesto y caer en la cuenta de que a pesar de nuestra inminente expiración nos rodean personas que optan por aceptarnos.
Con absoluta disposición a un futuro entusiasmante, cuando nos enfrentamos a una situación donde bien pueden rechazarnos lo que nos aterra es que nos fuercen a admitir que somos desagradables. No estamos buscando un nuevo trabajo, una beca en alguna ciudad que se vería bien en nuestras fotos, una secuencia infinita de besos, un favor o la posibilidad de tener nuestra propia casa. En cambio, buscamos que nos aseguren que nada malo hay en quienes somos y que merecemos aunque sea un pedacito de todo lo bueno que hay en el mundo.
Exagerado como esto último pueda sonar, parece ser una buena explicación de por qué nos cuesta tanto exponernos al “no, gracias”, que obstinadamente elegimos interpretar como mucho más que lo que esas dos palabras útiles e inocentes dicen. Pero es en la forma en que optamos por abrazar el rechazo que se esconde el motivo por el cual tanto nos duele.
La psicóloga Elayne Savage dice que es porque nos tomamos de forma demasiado personal un intercambio enriquecedor, como puede ser un rechazo. En Don’t Take It Personally (1997) argumenta que frente a desenlaces que no nos satisfacen reaccionamos no solo a lo que se nos presenta sino que desproporcionadamente los interpretamos como mucho más que lo que realmente implican.
Nos petrificamos ante aquello que deseamos y damos lugar a los más incómodos malentendidos con nuestra vacilación, que confunde a quien privamos de siquiera aceptarnos o rechazarnos. Y cuando efectivamente las cosas no salen como hubiésemos querido, dejamos que nuestro corazón se rompa, que lo que nos dicen nos ofenda o nos encerramos en echarnos culpas como si nos hubiéramos mudado al interior de un lavarropas durante un ciclo de lavado y enjuague.
No es en absoluto productivo dedicar toda una tarde a racionalizar por qué no estamos en los planes de alguien más. En cambio, es mucho más productivo levantar la cabeza y seguir en lo nuestro. Y si realmente queremos sacarle provecho a nuestra breve estadía en el planeta Tierra quizá podamos incluso aprender algo de lo que pasó.
A veces sirve preguntarnos por qué nos rechazaron, no para usar la respuesta como látigo sobre nuestra espalda sino para entender que el rechazo no siempre es personal. Todo el mundo ha tenido un mal día y a veces nos toca estar del otro lado de uno particularmente malo. Es curioso cómo luego de siglos y siglos de haber abandonado la hipótesis de que estamos al centro del Universo sigamos comportándonos como si así fuera.
Lo que generalmente obviamos es que un rechazo es la oportunidad ideal para cuestionarnos si realmente queríamos aquello que tanto añoramos. Solo porque deseemos un trabajo, una oportunidad, un favor o un hombro sobre el que apoyarnos no significa que sea lo mejor que nos podría haber pasado.
A veces que nos rechacen no es más que una bomba que logramos desactivar a tiempo para poder contarlo.

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, y recibir contenidos exclusivos, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 3 de noviembre de 2019.
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte acá. Además, podés encontrarme en Instagram, Facebook o Twitter.

