Cómo funciona hacer fila

El hecho fundamental de la existencia humana no es tanto que sea trágica, sino que sea un embole. “La vida no es una guerra sino un eterno esperar en la cola”, escribía en 1926 el ensayista H. L. Mencken. “Lo que más nos irrita no es que sea dolorosa, sino que no tenga sentido”.

Lo que hace a una fila es, sin duda alguna, la promesa de un desenlace. A veces la espera anticipa una encomienda que de muy lejos viene, otras el ejercicio de nuestro poder democrático, la vasta mayoría de las veces es un tedio a padecer. De todas las enfermedades que tras la modernidad supimos erradicar, es el hastío de las filas quizá la más pestilente de todas.

Al menos en este rinconcito del mundo esperar en una fila se nos hace de lo más natural. Es quizá para aprender cómo debemos esperar que existe el sistema educativo—y su primo lejano el servicio militar. Siempre que nos toque esperar nuestro turno, y haya más de una persona, es en una estructura ordenada en relación al orden de llegada lo que habremos de aguantar.

Lo apropiado de esperar en una fila se nos hace evidente y miramos mal a cualquiera que no opine lo mismo. Quizá una las primeras experiencias de injusticia que descubrimos cuando aún somos humanos en miniatura es la de alguien que se cuela en la fila y no hay ninguna consecuencia. En el supermercado vemos cómo alguien hace lo mismo y descubrimos que, a juzgar por lo violentas de nuestras fantasías, podríamos enviarle un currículum al mismísimo Satanás.

Sin embargo, no en todos lados se espera igual. En Medio Oriente, y otras partes de Asia, esperar ordenadamente significa avanzar a los codazos hasta que nos atiendan. Las filas, como las conocemos, quedan reservadas a los lugares de gente rica, aunque allí tampoco es lo mismo: no siempre hay filas físicas sino que se atiende por orden de llegada confiando en una suerte de camaradería burguesa. Cada persona sabe cuándo le toca a cada quien su turno.

Generalmente debemos esperar en fila cuando la oferta no logra satisfacer la demanda. Es por esto que históricamente las largas colas han sido vinculadas con problemas sociales y políticos. De hecho, la primera vez que se mencionó una fila en la literatura inglesa fue en el clásico recuento de la Revolución Francesa de Thomas Carlyle de 1837, de donde la palabra en inglés (queue) fue tomada del francés para ‛cola’.

En aquel relato se describía al pueblo francés en torno a su peculiar capacidad para hacer cola: “Si observamos París notaremos que las panaderías ahora tienen filas, o colas, de clientes esperando ser atendidos por orden de llegada”. Pero cuando Carlyle habla de hacer fila como un arte perfeccionado por el pueblo francés no queda claro si no está bromeando en su exageración. Como comenta David Andrews en Why does the other line always move faster? (2015), si hacer fila era un arte, no era uno que se eligiera.

Las largas filas como elemento básico del paisaje no solo pueden rastrearse a la Revolución Francesa sino prácticamente a todo escenario de crisis social y económica. En Ten Days That Shook the World (1919), aquel celebrado relato de la Revolución de Octubre, el periodista John Reed describe las largas filas para conseguir leche, pan, azúcar y tabaco que muchas veces debían soportar la fría lluvia de San Petersburgo durante horas: “De vuelta a casa tras una reunión nocturna, he visto la kvost (cola) que empezaba a formarse antes del amanecer, compuesta en gran parte por mujeres, algunas con niños en brazos”. El escenario nos recuerda hoy a Venezuela.

Como señala también Andrews, en todos estos escenarios hacer una fila es también un acto político ideológicamente cargado. En toda movilización hay alguna forma de organizarse en el espacio que transmite un mensaje. Hoy tenemos sentadas, abrazos y caminatas para denunciar injusticias que, como mínimo, comunican solidaridad. El eslogan de la Revolución Francesa era sin más ‛Liberté, Égalité, Fraternité’: “Esperar pacientemente nuestro turno era reconocerse como iguales”, escribe Andrews haciéndose eco de Carlyle.

Como metáfora, hacer fila también tiene su aspecto amenazador. Si lo que representa es una sociedad igualitaria, entonces de ser disuelta se convertirá en una turba enfurecida.

Apenas unos años después de la guerra fue Winston Churchill quien acuñó el término “Queuetopia” para mofarse del Labour Party, haciendo alusión a las largas filas que los ingleses debían enfrentar a diario por el desabastecimiento, presuntamente provocado por la mala gestión socialista. Y fue esta misma alergia por hacer cola una de las motivaciones detrás de la aparición de los supermercados, que prometían menos colas que los antiguos mercados.

En un mundo en el que por un buen tiempo nos tocará hacer cola para pertenecer a la sociedad lo mejor que podemos hacer es lograr que esto no nos arruine el día. Y la clave parece estar en ocupar nuestra atención en otra cosa. En palabras del filósofo William James, el aburrimiento surge de observar el paso del tiempo. Del mismo modo que estimamos para arriba el tiempo que nos toma conciliar el sueño, solemos pifiarle al cálculo de cuánto tendremos que esperar.

Es bueno también abandonar la ansiedad por habernos equivocado de fila, una costumbre que no hace otra cosa que detener el reloj. Calcular cuánto tiempo podríamos tener que esperar, o pedir que se nos indique, también nos puede calmar. Al esperar lo que más ansiamos es que llegue nuestro turno, y es por eso que la sensación de que ya casi llega exacerba nuestra intolerancia.

Observar el escenario en el que hacemos fila también puede colaborar: alcanza con una explicación para que nos acomodemos a esperar un poco más. Y si realmente es un día en el que despertamos con coraje propio de Indiana Jones, podemos optar por conversar con alguien en la fila: esperar en compañía pasa más rápido que en la soledad de nuestros cráneos.

La Revolución Francesa suele indicarse como aquel punto de quiebre que inaugura a la época en la que vivimos. De sus brasas se forjaron las democracias republicanas liberales, y cambió la forma en que el mundo vive, trabaja, y espera. Imposible nos sería transitar la cotidianidad si tuviéramos que calcular cada una de nuestras interacciones. Y es ahí donde la mecanización de la vida en sociedad le da un respiro a nuestro cerebro.

Hacer fila es reconocer que además de personas individuales somos parte de un enrevesado esquema de relaciones humanas, un plexo de deseos entrecruzados difíciles de satisfacer en armonía. Esperar ordenadamente, a la luz de esta complejidad, no es más que un pequeño precio a pagar.

Sandra — Illustrasjoner for FETT” by Sandra Blikås and Basta Illustrasjon & Design (CC BY-NC 4.0)

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