Cuando era tan chico que no alcanzaba ni al interruptor de la luz, pensaba que “amigo” era una palabra con connotación única. Mi amigo era Mateo, que vivía a media cuadra de casa. No había necesidad de tener algún amigo más.
Pero con Mateo nunca nos hicimos amigos. Es decir, nací apenas 233 días después que él y nuestra amistad siempre pareció preceder incluso la formación de nuestros primeros recuerdos. Que Mateo fuera mi amigo siempre fue un hecho de la naturaleza, tanto como que no había que subirse a uno de los árboles de la otra cuadra porque Berta, la bruja, te corría a escobazos, o que aquello que se escuchaba cuando a la noche sintonizábamos radios entrecortadas desde una carpa en el bosque eran extraterrestres o astronautas.
Pero llegado el momento de comenzar las clases se inaugura el ritual de hacer nuevos amigos. Claro que de este ritual no tenía idea: interactuar con los demás no estaba en mi lista de cosas pendientes. Ir al colegio para mí era un trámite; era simplemente eso que pasaba entre desayunar y volver a casa para hacer mis experimentos, subirme a los árboles, andar en bicicleta y jugar con Mateo. Mi incursión escolar, además, estuvo marcada por lo que llaman “permanencia”. Como conté alguna vez, a raíz de una serie de eventos (des)afortunados — notaron que debía usar anteojos y la recomendación fue demorar un año mi ingreso a la primaria, por lo que volví al preescolar.
Más de una vez me sorprendí pensando en por qué mi historia no es apenas otro caso de fracaso escolar. Siempre concluyo que lo que hizo la diferencia fue la fortuna que tuve de que mi mamá dirigiera el colegio al que iba (lo cual no tiene tanto mérito), pero sobre todo, que fuera la autora de su peculiar proyecto educativo (lo cual tiene mucho mérito). Este proyecto podría resumirse en una premisa: distintas personas tienen distintas maneras de aprender.
En aquellos primeros años de aventura hacia el mundo se empezó a hacer claro que por algún motivo yo no entendía cómo funcionaban las cosas del mismo modo que los demás. Todo aquello que era “obvio”, no lo era para mí. Mi mamá, a pesar de sus 20 años de experiencia docente, por primera vez se encontró con la necesidad de explicarle lo “obvio” a un estudiante que además resultaba ser su hijo.
Cuando en los recreos alguien se me acercaba para preguntarme algo, yo respondía y luego seguía con lo mío. Esto, aparentemente, desconcertaba a todo el mundo. Eventualmente mi mamá reconoció que, aunque fuera extraño, tenía que explicarme que a veces las personas nos hacen preguntas para conversar y no porque realmente les interese la respuesta. Esto, resultaba ser, era la clave para hacerse amigos. Con esta lección quedó inaugurado el gran catálogo de sinsentidos sociales que se supone necesitamos para sobrevivir.
Muchos años — e improvisadas lecciones — más tarde, confío en que la dinámica para hacer amigos sigue siendo más o menos la misma que me enseñaron. Si bien ahora al recreo le llamamos Twitter, la clave parecería seguir estando en la conversación. Un buen criterio para hacer amigos, entonces y ahora, es la posibilidad de tener buenas conversaciones, incluso si no son acerca de Batman.
Hacer nuevos amigos en la adultez es muchas veces una forma de crecer. Las amistades, a diferencia de los vínculos familiares, surgen de una elección. Pero a diferencia de otras relaciones voluntarias, como las románticas, las amistades no tienen una estructura formal. Con algunos amigos hablamos todos los días, y con otros un par de veces al año, pero de alguna manera logramos hacer que eso funcione. Pero las nuevas amistades que logran cautivarnos son aquellas que nos devuelven a otras maneras de mirar nuestro mismo mundo, las que siguen manteniendo vivo el apetito de asombro.
Cuanto más nos acercamos a los 30 — o a medida que los vamos dejando atrás — nuestra dinámica para hacer amigos cambia. Si bien la cantidad de personas que nos cruzamos tiende a aumentar, la cantidad de amistades cercanas — de esas a las que podemos llamar en un momento de crisis — tiende a mantenerse estable o incluso reducirse. Con menos tiempo a disposición, tendemos a interactuar más con menos personas, y no a la inversa.
En internet, bien lejos del patio del recreo, encontrar con quién discutir aquello que leímos hace un rato, con quién comentar algo que vimos, o incluso, a quién ofrecerle un tímido consejo, parecería estar más al alcance que nunca. Fue a través de internet que pude conocer a varios de los amigos más cercanos que tengo hoy, de una manera impensada cuando aún tenía que padecer el secundario.
Cuando compartimos con alguien algo que creemos que puede interesarle no sólo estamos demostrando afecto, estamos demostrando atención. Aquel gesto de amor — o al menos de cariño — no es disímil de acercarse en el recreo a hablarle al de anteojitos y preguntarle sobre dinosaurios o el espacio. A veces la clave para hacerse nuevos amigos está sólo en prestar atención.
“Afirmo con osadía, de hecho creo que lo sé, que muchas amistades y relaciones dependen de una especie de lenguaje o jerga compartida. No necesariamente diseñado para excluir a los demás, puede establecer cierta reciprocidad e, incluso tras una larga ausencia, restablecerla en un segundo”.
— Christopher Hitchens, Hitch-22 (2010)
Incluso si muchas veces nuestras intenciones pueden perderse en la torpeza cotidiana, esta demostración de cariño en forma de atención parecería ser un gran atajo para generar buenas conversaciones. Aún si al dedicarnos a entender cómo funcionan las cosas sociales muchas todavía se nos escapan, podemos quedarnos tranquilos de la transparencia de nuestras intenciones. Como diría Yvonne Jean Hitchens, la madre de Christopher Hitchens, el único pecado imperdonable es ser aburrido.
“La amistad es innecesaria, como la filosofía, el arte, o el universo mismo (que Dios no tenía por qué crear). No tiene valor de supervivencia; pero es una de esas cosas que le dan valor a la supervivencia”.
— C.S. Lewis, The Four Loves (1960)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 20 de agosto de 2017.
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