Hay un buen motivo por el cual nadie invita economistas a su cumpleaños.
Desde hace ya varias décadas que Joel Waldfogel se dedica a estudiar cuán eficientes son nuestras compras navideñas. Su sospecha es que gastamos mucho más dinero del que es necesario para cumplir con el dichoso ritual. Es este tipo de apreciaciones contraintuitivas, irreverentes, peculiares, aquello que distingue a quienes se dedican a tan vapuleada disciplina, incluso cuando más de una vez puedan caer en observaciones ligeramente miopes de la naturaleza humana.
En Scroogenomics (2009) nuestro Grinch de la economía despliega sus argumentos en gran parte inspirado por una aguda observación: cuando hacemos un regalo lo más probable es que la otra persona estime su costo en un 10 a 18 por ciento menos de lo que realmente cuesta. Es por esto que desde un punto de vista económico fracasan como alocación de recursos y de algún modo constituyen una pérdida económica.
No es lo mismo darle un regalo a un adulto que a un niño. Mientras que estos últimos por lo general aprecian el entretenimiento por sobre cualquier otra cosa, los adultos deseamos éxito, amor, o sentir que nuestras vidas tienen sentido. Atender todo eso en un regalo no es poca cosa.
Generalmente fracasamos eligiendo un regalo porque no logramos dar con aquello que a la otra persona le haría feliz. A veces es por una diferencia de edad — qué demonios quieren los jóvenes hoy, no cierto — aunque la mayoría de veces es porque no conocemos del todo a la otra persona. Sin embargo, ahí yace la paradoja: solemos hacer malos regalos incluso a nuestras personas más cercanas.
Algunas veces nos absorbemos tanto en sentimentalismo que terminamos regalando algo que a la otra persona no le sirve. Otras nos apoyamos demasiado en nuestros prejuicios y expectativas en vez de prestarle atención a lo que realmente quiere. Así es como nuestros mejores regalos resultan ser aquellos que surgen de un deseo compartido con la otra persona: recién cuando lo que quiere la otra persona coincide con lo que queremos sucede la magia del regalo perfecto.
En sentido estricto, lo que rufianes de la economía como Waldfogel analizan es el fenómeno de regalar en términos puramente monetarios. Lo sentimental — le indican a quienes participan de sus experimentos — debe dejarse de lado para poder estudiar lo que sucede con los números. Esto es metodológicamente interesante aunque, si vamos al caso, es obvio que el valor sentimental no puede desligarse del acto mismo de regalar ni de la experiencia de recibir un regalo.
Este es precisamente el motivo por el cual valoramos más los regalos inesperados que los que recibimos en fechas obligadas — cumpleaños, aniversarios, festividades — en las que no regalar incluso tiene un costo social. Hacer un regalo que nadie espera es una mayor demostración de cariño y aprecio que el obediente cumplimiento de un protocolo al que adherimos como sociedad por temor a ser desterrados; es la demostración de que la otra persona irrumpe en nuestros pensamientos y su felicidad tiene prioridad.
Curiosamente actuamos como si el dinero que gastamos en un regalo fuera más importante que el hecho mismo de regalar. Esto se contradice con la minuciosa tarea que realizamos para tachar recibos o recortar etiquetas en pos de ocultar cuánto gastamos en la otra persona. Nos sorprendemos haciendo regalos como si nuestro amor se midiera en función de lo que hacemos adelgazar a nuestro chanchito.
Y, sin embargo, fracasamos estrepitosamente: se calcula que cada año se cambian entre un 15 y un 30 por ciento de los regalos que se hacen. Quizá esto explica la popularidad de las gift cards, una de las pocas maneras en que regalar dinero se vuelve socialmente aceptable. No implican un gesto tan despreciable como obsequiar efectivo y sin tantas vueltas nos ahorran todo el asunto de elegir, aunque nos permiten condicionar la elección: “Te regalo un posible libro, una posible prenda, un posible electrodoméstico”.
Lo que Waldfogel sugiere, haciéndole justicia a sus palabras, es algo mucho más sencillo: si la mayoría de los regalos que hacemos van a ser más caros que el valor que se les atribuye entonces es hora de abandonar la infundada creencia de que un regalo más caro es un regalo mejor. A la inversa, parecería ser que cuanto más gastemos más vamos a desperdiciar.
Dar un regalo es emitir un mensaje, y como tal se ve condicionado por quien lo emite y quien lo recibe. Es por esto que darle dinero a algunas personas puede ser un regalo perfecto y para otras la receta ideal para un momento incómodo. Esto también explica el intercambio de regalos caros: si ambas personas reconocen el esfuerzo y dinero puesto en cosas que ninguna de ellas quiere la relación se fortalece. Después de todo, no tendría sentido tirar plata a la basura si no quisiéramos realmente a la otra persona.
Mientras que rara vez recordamos lo que nos regalaron en nuestro último cumpleaños, solemos tener un buen registro de lo que hemos regalado. Pero como forma de comunicarnos los regalos son bastante precarios. El riesgo de que nuestro mensaje sea malinterpretado es ridículamente alto y es este costo el que podría realmente preocuparnos. Regalar un libro que nos guste mucho, con todo lo que implica, quizá sea el mejor regalo.
Casi todo se reduce a que para predecir lo que la reacción de la otra persona nos imaginamos nuestra propia reacción y luego tratamos de contemplar nuestras diferencias. Es en toda esa coreografía de la empatía que metemos la pata. No importa cuánto nos guste Batman, lo más probable es que nuestra pareja no sienta lo mismo por el guardián nocturno de Ciudad Gótica.
Como comenta James Surowiecki, quizá seríamos más felices — y ciertamente tendríamos más dinero — si en vez de hacer saltar el límite de la tarjeta “intercambiáramos regalos menos costosos pero más pensados”. Y es en este último punto que podemos apoyarnos en lo que sabemos acerca de economía conductual.
Los economistas Cass Sunstein y George Loewenstein — del tipo que estudia el comportamiento pero además disfruta la Navidad — sugieren que evitemos asumir que queremos lo mismo que las otras personas, que procuremos no proyectar nuestro estado de ánimo en nuestras compras y que tratemos de no ser excesivamente optimistas respecto de la reacción esperada. Es mucho mejor estrategia enfocarnos en regalos que se vayan a usar con frecuencia y no ir por el aplauso fácil para que luego el regalo quede sepultado en el olvido. Sobre todas las cosas: no esperemos que la otra persona recuerde luego lo que le regalamos.
Cuando nos toca recibir las indicaciones son igualmente importantes: debemos procurar no decepcionar a la exaltada persona que regala. En consecuencia, es importante no entusiasmarnos en sintonía con la expectativa ajena para así no romperle el corazón cuando el regalo no es algo que nos guste.
Y si recibimos dinero, de ninguna manera guardarlo en el banco. Si lo hacemos corremos el riesgo de que se vuelva indistinguible del resto. Es buena idea apartarlo para comprarnos algo que de otro modo no hubiéramos comprado; algo que nos haga luego recordar a quien nos hizo el regalo.
A veces que le hagan un regalo más grande a otra persona no significa que nos quieran menos, sino que nos quieren más y por eso regalan para sentirse menos culpables. Lo importante es contemplar que en nuestras frágiles vidas mentales dar un regalo es ofrecer cariño, incluso cuando un montón de dinero se desperdicia.
La estrategia ganadora probablemente sea más obvia de lo que parece: el hecho de hacer un regalo es mucho más importante que aquello que regalamos.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 8 de septiembre de 2019.
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