Cómo funciona Júpiter

Parece imposible imaginar la sensación de bajar uno por uno los escalones de una nave espacial posada en un desierto gris hasta donde alcanza la mirada. Alguna voz distorsionada en los oídos entremezclada con nuestros pensamientos y alguna indicación que debemos dar para que en la Tierra no se preocupen. Todos los sistemas están en orden.

Hoy me resulta igualmente imposible imaginar la sensación de bajar uno por uno los escalones de aquel micro de larga distancia que me trajo a Buenos Aires. No había desierto pero sí un montón de extraterrestres. Seguramente haya hablado por teléfono, yo también, con alguna voz distorsionada del otro lado entremezclada con mis pensamientos y algunas palabras para que en casa no se preocupen. Todos los sistemas estaban en orden.

Durante mis primeros años en la ciudad miraba muchos documentales. Miraba uno que era sobre el Universo y cada semana tenía un objeto celeste distinto del que hablarle hasta el hartazgo a las pocas personas que lograba mantener a mi alrededor. Pero fue recién con Júpiter que supe que había encontrado un planeta del que aferrarme si algo pasaba con la gravedad.

Júpiter es como el hermano mayor que nos cuida desde más afuera del Sistema Solar. Es como un jugador de béisbol que sin descansar espera atento, siempre atento, a que venga algún cuerpo de afuera de nuestro humilde sistema a meterse en problemas. Ahí es cuando Júpiter lo cruza y batea para que se aleje en dirección contraria a la que venía, como si de un medio giro en una rotonda se tratara.

“Los poetas dicen que la ciencia anula la belleza de las estrellas, simples esferas de átomos de gas”, decía Richard Feynman en una célebre nota a pie de página recuperada en Genius (1992). Algo frustrado, quizá como en su momento los románticos le reprochaban a Newton, Feynman se preguntaba si había alguna diferencia entre lo que él veía y sentía bajo las estrellas en la noche del desierto y lo que podía pasarle a los poetas. “El misterio no sufre cuando revelamos algo de él, porque la realidad es mucho más maravillosa que lo que cualquier artista del pasado pudo haber imaginado”.

Quizá adelantándose a lo que eventualmente se conocería como modelo científico, o quizá solo jugando un poco con palabras, William Blake proponía que para ver un mundo en un grano de arena y al cielo en una flor silvestre debíamos sostener al infinito en la palma de la mano y a la eternidad en una hora. Es posible que me haya perdido en algún pasillo de aquella metáfora, pero procurando que todos seamos amigos, quizá podamos encontrar algo más detrás.

En torno a Júpiter hay como un sistema solar pequeñito, con sus casi 80 lunas dándole vueltas mientras él, estoico, cuida de nosotros. Desde la antigüedad muchos se fijaron en él, pero nadie lo miró con los mismos ojos que Galileo Galilei. A través de su telescopio, Galileo vio por primera vez a Ío, Europa, Ganímedes y Calisto que a unos 600 millones de kilómetros de distancia esperaban ansiosas por ser descubiertas. Imposible imaginar cuántos días y cuántas noches se habrán puesto maquillaje y luego se lo habrán tenido que quitar porque del otro lado del Universo no había ojos para mirarlas.

En torno a Júpiter hay como un sistema solar pequeñito porque Júpiter, quizá tristemente, es un sol que nunca llegó a encenderse. Si nos acercáramos muy pero muy cerca a su superficie, tanto que pudiéramos ver en todo su esplendor a la tormenta más feroz de nuestro diminuto sistema planetario, notaríamos que en realidad no hay superficie. De haber tenido un tamaño 75 veces mayor sus gases se hubieran comprimido lo suficiente como para levantar la temperatura que hace falta para que como un fósforo Júpiter se encendiera y brillara por los eones de los eones.

“¿Por qué los poetas del presente no le cantan a ella?”, preguntaba Feynman. “¿Qué tipo de personas son unos poetas que hablan de Júpiter como si fuera un hombre, pero si es una inmensa esfera giratoria de amoniaco y metano permanecen mudos?” ¡Lo mismo me pregunto! ¿Cómo que hablar sobre Júpiter no es lo más apasionante del mundo! ¡Viva el amoniaco y el metano!

Cuando recién alunicé en Buenos Aires mi hermana mayor estaba ocupada bateando sus propios asteroides. Quizá como Galileo, o como Feynman, o como cualquiera que se haya quedado hasta tarde mirando el cielo cuando la ciudad nos regala un atardecer pintado con dedicación, encontré en Júpiter un coloso de gas que me cuidara.

Júpiter no es estrella porque no pudo llegar a serlo. Júpiter es un gigante generoso, cuya gravedad atrae todo aquello que fácilmente podría acabar con la frágil vida en este diminuto y pálido puntito azul en el espacio. De algún modo, Júpiter es nuestro hermano mayor planetario que bien en claro deja que no hace falta ser un sol para brillar.

Gracias a él todo el sistema está en orden.

Universe” by Sabrina Kaici (CC BY-ND 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 4 de noviembre de 2018. 
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