Me gusta tanto comer como a cualquier otra persona. No al punto de dedicarle horas y horas al asunto, ni al punto de fantasear con lo que cocinaré durante viajes en colectivo, pero no me cuesta reconocer la importancia de consumir nutrientes para mantenerme vivo.
Con Olivia es otro cantar. A veces me pregunto si Olivia vive para comer y el resto solo es un largo antes y después. Creo que no conozco a otro ser vivo más entusiasta de la comida. Olivia no maúlla: recita sonetos enteros para hacernos saber que, una vez más, ha llegado el momento de descomponer moléculas complejas en otras más sencillas y aprovechar su dulce, dulce energía a todas luces durmiendo larguísimas siestas.
Un poco la envidio, es cierto. Me encantaría tener algo así como comida balanceada para humanos y desentenderme del asunto. Un poquito a la mañana, un poquito a la noche y ya. Nada de elegir qué comer o revisar dónde hacer un pedido como si fuera la tortura de elegir una serie para mirar. Alcanzaría con maullar un poco, supongo, y alguien se encargaría de cumplir con mi cuota de combustible. Quién pudiera ser gatito, nocierto.
Quizá Olivia, si algún día perdiera su trabajo como productora o atleta profesional de siestas, podría trabajar de probar comida. Resulta que hacer comida para animalitos es todo un desafío: no es fácil encontrar el equilibrio entre lo que las mascotas y sus adoptantes quieren. Todo esto lo cuenta Mary Roach en Gulp (2013), su libro de aventuras en el canal digestivo.
La comida seca para animales, que es a la que nos acostumbramos, se hizo popular recién luego de la Segunda Guerra Mundial. Por entonces el racionamiento de hojalata había limitado la producción de comida enlatada, que incluía aquella hecha con carne de caballo (muy popular luego de la invención de los caballos mecánicos con cuatro ruedas). Sin consultarle a las mascotas, se reemplazó la comida enlatada por la seca, mucho más cómoda, menos enchastre, menos olor y más fácil de servir.
Los magos de la comida para animales logran un alimento equilibrado al mezclar grasa animal y otros derivados con soja, trigo y otros granos, junto a vitaminas y minerales. Pero esto hace a la comida tan nutritiva como poco interesante. Gatos y perros, si pueden elegir, no comen cereales. Gatos, perros y yo, si nos preguntan, elegimos hamburguesas.
Es por esto que la ciencia de la comida para animalitos en gran parte consiste en lograr seducir caprichosos paladares a través de los “palatantes” o “aromatizantes”, agregados que hacen que queramos entrarle a comida que de otra forma tendría literalmente gusto a nada. Mi abuela Nelly, que no sabe de ingeniería de alimentos pero sí de otras cosas, cuando alimenta a sus gatos les dice “acá tienen sus chizitos”. Tan equivocada no está: sin aditivos los chizitos tampoco tendrían gusto a nada.
Cimentando mi sospecha de que tengo disforia de especie y de que en realidad soy un gatito en el cuerpo de un humano bastante torpe, a los gatos, como a mí, no les gusta mucho el cambio. De hecho, la monotonía para ellos (¿nosotros?) es mejor y suelen elegir siempre lo mismo. En la naturaleza algunos prefieren ratones y otros pajaritos, pero nunca ambos. Las diferencias en las etiquetas son más bien para la gilada: los contenidos suelen ser bastante parecidos entre sí. Todos contentos.
Parte del desafío de hacer comida para gatos es que los ingredientes se eligen en base a lo que a nosotros nos gusta y cuando no les gusta tenemos el tino de llamarlos “caprichosos”. Pero del mismo modo en que nosotros podemos sentir dulzura y los gatos no, ellos se vuelven locos con los pirofosfatos, aditivos que a nosotros no nos mueven un pelo. Esta suerte de “crack para gatos” es indispensable para disfrazar cualquier otro sabor en su comida. Como el crack para humanos, pero con mejor salud dental.
Mientras que yo suelo elegir lo que como por la tipografía de la etiqueta, los perros suelen hacerlo mayormente por su olor y los gatos en igual medida por su sabor y olor. Si una comida huele muy pero muy bien para un perro, ahí irá a bucear, pero no necesariamente significa que luego vaya a gustarle. De hecho, el mayor elogio para una comida para perro es que este vomite: tanto le gustará que comerá hasta (casi) explotar.
Los gatos son más cautos. No alcanza con que huelan la comida recién servida, sino que prefieren probar un poco, oler un poco, mover un poco la copa y mirarla a trasluz, apreciar los taninos y retorcer sus bigotes con cara de interesantes. Si algo aprendimos transitando la enfermedad de Turing, el gatito más extrañado del Universo conocido, es que hay que conocer cuáles son los gustos de los felinos antes de que enfermen. Si son caprichosos cuando están bien, cuando transitan un cáncer son imposibles, aunque la galera y la pipa les siga quedando bien.
Encontrar un sabor que atrape a mascotas y a sus adoptantes, esa es la cuestión. Como comenta una experta en el libro de Roach, “la cadaverina le encanta a los perros, tanto como la putrescina”. Lo escribo y no se me hace agua la boca. No es que los perros comen cualquier cosa, sino que les gusta el punto justo de putrefacción. Sus narices son miles de veces más poderosas que las nuestras, y algo que a nosotros nos huele bien para ellos puede ser demasiado fuerte y por lo tanto poco atractivo. Los perros, aunque no parezca, también encuentran atractiva la sutileza, incluso cuando las galeras y monóculos no les queden tan bien como a los gatos.
No es que la idea de una comida balanceada para animalitos humanos se me haya ocurrido a mí. Mucha, pero mucha gente odia la comida. Elegirla, prepararla, e incluso saborearla. Para ellos es que en 2012 se inventó Soylent, un sustituto de alimentos nutricionalmente equilibrado — y vegano — que se propone como una forma de hacerle frente a la cultura de glotonería y desperdicio en la que vivimos. Ñam.
Si bien no está hecho de humanos, Soylent está hecho para humanos. Más precisamente, está hecho para cubrir las necesidades alimenticias de los humanos. Solo agregue agua. No es ni por asomo perfecto, pero es mucho mejor que la dieta que solemos seguir. Esto más que hablar maravillas de los creadores de Soylent habla de la pésima relación que tenemos con la comida, y ni hablar de sus sobras. Sé que no es saludable querer reemplazar toda comida con nutritivos y cómodos bocaditos secos, pero un gatito puede soñar.
Cada tanto me gusta cocinarle algo a Olivia, aunque me entusiasme más a mí que a ella. Supongo que escucharla maullar me hace sentir el chef más sofisticado del barrio. Y eso que a veces la elaboración consiste únicamente en abrir una latita. La comida nos conecta con otras personas, y es por eso que Soylent no es una solución ideal. La comida, balanceada o no, también nos conecta con nuestros animalitos.
No sé si me habrá estado espiando, pero a Olivia parece que se le despertó el apetito. Yo estuve maullando pero no logré nada. Mientras ella come, creo que voy a cenar yogur con copos.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 9 de septiembre de 2018.
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