Escrito junto a Santiago López Gagliano y Javier Krick.
Impaciente por continuar con la entrevista, el historiador Charles Weiner prendió la grabadora y empezó a describir el escenario en el estudio del físico Richard Feynman, probablemente como parte de las anotaciones que algún día quizá fueran un libro, probablemente también para calmar su propia ansiedad.
Deteniéndose en la pila de anotadores, libros y papeles desordenados comentó: “Estos son cuadernos de hojas sueltas cuyas páginas contienen tu trabajo, todo lo que te preguntaste. Está escrito prácticamente como un diario, con tus inquietudes y luego una agenda de trabajo. También indican con quien hablaste, cómo obtuviste cada idea y luego cómo te propusiste trabajar en ellas. Cada página tiene su fecha, y hay algunas en las que la fecha fue agregada luego. Estos papeles representan un registro de tu trabajo diario”.
—De hecho —lo interrumpió Feynman— hice los cálculos en el papel.
—Claro —le respondió un poco extrañado Weiner— hiciste los cálculos en tu cabeza y esta pila de papeles es el registro de tus pensamientos.
—No, no es un registro. Estos papeles son mi pensamiento.
Feynman entendía perfectamente que anotar sus ideas y ecuaciones en papel no era una mera comodidad sino una parte crucial de su pensamiento. Pensar para él no era desnudarse y posar como aquella famosa escultura de Rodin, con una mano sosteniendo el mentón y la mirada perdida en el infinito. La mente, por mucho que a Descartes le pese, no parece estar tan claramente distinguida del mundo.
Nuestra mejor evidencia científica, acompañada por el pensamiento filosófico, establece una relación indispensable entre los procesos mentales —nuestros pensamientos y otras cosas que pasan en la mente— y los procesos físicos —lo que sucede en nuestros cerebros. Algunas teorías argumentan que los procesos mentales no son más que procesos físicos, otras que son ciertos procesos físicos los que causan los estados mentales, pero la pregunta acerca de dónde se ubica la mente queda vacante. No es sencillo afirmar con seguridad dónde está el límite entre la mente y el resto de cosas que hay en el mundo.
Ante la pregunta de dónde queda la mente, sin embargo, la mayoría de las personas sin titubear elevaría su índice, apuntaría a su cabeza y ni una sola ceja se elevaría. Pero también, aunque pueda sonar extraño, podemos pensar que algunos estados llamados “mentales” y algunos procesos cognitivos también se extienden y están por fuera del cerebro en objetos tales como cuadernos, celulares o computadoras. Esto nos suena extraño porque se rebela contra el sentido común, que ubica en el cerebro —o, a lo sumo, en el sistema nervioso— el domicilio de la mente. La idea fue propuesta originalmente a través de un famoso experimento mental por Andy Clark y David Chalmers en el artículo “The Extended Mind” (1998), donde se ilustra el rol fundamental que tiene el mundo para la mente.
Tomemos dos personajes, Inga y Otto. Inga es una estudiante de artes que al enterarse de una exposición de arte contemporáneo en el Malba decide ir a verla. El día del evento, Inga recuerda que para llegar al museo puede tomarse el 102 que la deja en la puerta. Otto, un vecino de Inga, también es amante del arte y tiene Alzheimer, una enfermedad neurodegenerativa que afecta principalmente la memoria. Al enterarse él también de la exposición, y para suplir sus problemas de memoria, anota en una libreta — que siempre lleva encima — la fecha, el horario, la dirección y una pequeña descripción del evento al que desea ir.
El día del evento, y con su libreta a mano, Otto sabe dónde, cuándo y cómo ir. Su libreta cumple el mismo rol que la memoria biológica de Inga: le permite saber todo lo que necesita para poder llegar al evento en tiempo y forma. Clark y Chalmers concluyen que algunos estados mentales que Inga tiene en su cabeza, como las creencias o recuerdos, Otto los tiene en su libreta.
Pero no parecería haber nada extraño en lo que Otto hace. Ante una invitación solemos buscar la dirección en nuestros teléfonos y guardarla para luego seguir las indicaciones. Solemos incorporar dispositivos externos a nuestro aparato cognitivo y mental —cerebro, capocha, marote, cucusa, sabiola, balero, bocho, coco, mate, etcétera— e instaurar o delegar información de forma que podamos volver a ella cuando la necesitemos. Otto lo hace con la libreta, otras personas con el celular, y algunas personas incluso se apoyan en la memoria de otras personas.
Quizá sea esta facilidad para acoplar nuestras capacidades biológicas a nuevos entornos lo que diferencia fundamentalmente la mente humana de la de otros animales. Constantemente rediseñamos nuestras mentes a partir de la creación e incorporación de sistemas y dispositivos cognitivos extendidos. No necesitamos recurrir a un futuro ciberpunk ni a imaginar chips en el cerebro para ver cómo la tecnología modifica y configura nuestra naturaleza y la manera en que procesamos nuestros pensamientos, para bien o para mal.
La escritura o la imprenta de Gutenberg, sin ir más lejos, sirven también para ilustrar que la externalización de la mente no es ninguna novedad. Pero a diferencia de lo que pasa cuando nos apoyamos en los libros para amplificar nuestra memoria o en el papel para externalizar nuestros pensamientos, las herramientas digitales no solo sirven de apoyo a nuestros pensamientos sino que ellas también, en cierto sentido, piensan para nosotros.
Usando un montón de aparatejos, como celulares y computadoras, incorporamos mecanismos cada vez más ágiles para delegar, buscar y retirar información. Son estas maravillas tecnológicas las que suscitan las sospechas de quienes alertan que estas comodidades están dinamitando nuestra memoria: para qué recordar si lo puedo buscar en mi teléfono. Sin embargo, una leve pérdida de memoria biológica parece despreciable frente a lo que ganamos con nuestras memorias tecnológicas.
Como señala Clive Thompson en Smarter Than You Think (2013), cada nueva herramienta que desarrollamos moldea la forma en que pensamos así como aquello en lo que pensamos. La escritura nos permitió volver abstractos y lineales a nuestros pensamientos y amplificó enormemente nuestra capacidad para almacenar conocimiento. Los periódicos achicaron al mundo y el telégrafo aún más. Con cada innovación se despertaron utopías y sombrías distopías, pero lo que tanto optimistas como pesimistas supieron ver es que con cada novedad tecnológica nos arrimamos a nuevas formas de comportarnos y nos alejamos de las viejas y conocidas. Como supo argumentar Harold Innis, incorporar nuevas tecnologías implica intentar entender cómo es que modifican un día cualquiera en el planeta Tierra.
El dilema no es de ningún modo fácil de resolver. Cada vez que subimos un archivo a internet, o encomendamos un recuerdo en una conversación en nuestros teléfonos, sin darnos cuenta dejamos que una parte de quienes somos esté mediada por grandes corporaciones tecnológicas.
¿Qué pasaría si alguna de estas empresas decidiera borrar información que nos es indispensable para movernos, actuar y pensar en el mundo? ¿Qué uso de nuestra información le permitimos a estas empresas? ¿Qué tan peligroso es que confiemos en la buena voluntad de una empresa ante la posibilidad de manipular nuestra mismísima identidad?
En otras palabras, ¿a quién le pertenece nuestra mente?

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, y recibir contenidos exclusivos, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 20 de octubre de 2019.
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte acá. Además, podés encontrarme en Instagram, Facebook o Twitter.

