Cómo funciona la nostalgia

Es fácil olvidar nuestro privilegio. Más fácil aún es olvidar de qué está hecho nuestro privilegio. Poder pensar en el pasado y devolverle una sonrisa es, quizá, un lujo del que rara vez nos apercibimos.

Por un motivo u otro tengo una memoria que más de una vez me sirvió para impresionar a alguna chica en una cita, o a un grupo de personas que, desprevenido, aún no sabía que no se trataba de un truco sino de la torpe manera en que suelo funcionar. Mi memoria, como cualquier otra, lejos está de ser prístina, pero puedo alegrarme de contar con uno que otro recuerdo que al ser evocado en palabras despierta, también, una que otra sonrisa.

En afán enciclopedista, ‘nostalgia’ viene del griego homérico νόστος (nóstos, el regreso al hogar) y ἄλγος (álgos, dolor). El término fue usado por primera vez por Johannes Hofer, un médico suizo que a sus 19 años procuraba describir la misteriosa epidemia que afectaba a los soldados que, incapacitados por su añoranza del hogar, no paraban de suspirar, tenían palpitaciones, y perdían el sueño y el apetito, incluso hasta morir. Tan susceptibles eran que hubo que prohibir cierta canción tradicional suiza y podía ser condenado a muerte quien la tocara.

Aunque a Hofer se le da crédito por ponerle nombre en 1688, la nostalgia existía desde antes. Por ejemplo, algunas décadas antes en la guerra de los Treinta Años al menos seis soldados fueron dados de baja del ejército español de Flandes con “el mal de corazón” — muy probablemente una neurosis de guerra o depresión profunda incapacitante — que los soldados llamaban “estar roto”.

Claro que no toda melancolía era preocupante, pero cuando lo era se le llamaba ‘nostalgia’.

Por supuesto, aunque la nostalgia en la línea de batalla podía ser grave, entre los siglos XVII y XIX la desnutrición, las infecciones y las inflamaciones eran también todas causas probables. Extrañar tiempos mejores puede ser angustiante y todo eso, pero cuando empezamos a tener alucinaciones por la fiebre la situación necesariamente escaló.

Una sencilla cura era volver a casa, a riesgo de ser condenado a muerte por desertar, usar sanguijuelas o purgar el contenido del estómago. Y pensar que hoy por hoy la nostalgia se calma revisando un álbum de fotos, pescando alguna película o mandando algún mensajito de ‘cómo estás’. Por su parte, un tal Hippolyte Petit, doctor francés del siglo XIX, aconsejaba: “La persona sufriendo de nostalgia necesita nuevos amores; nuevos placeres para borrar la dominación de lo viejo”.

En otras palabras, #soltar.

Hoy ya no curamos nostalgia con sanguijuelas, aunque hay quienes insistan en curar con globulitos de azúcar, y a los casos de antaño probablemente los pondríamos bajo el rótulo de ansiedad o depresión. Pero también es cierto que la nostalgia no siempre es moco de pavo y hay muchos casos en los que es bueno prestar atención.

Hace algunos años un estudio descubrió que el sufrimiento de inmigrantes latinoamericanos al mudarse a Europa podía desencadenar trastornos mentales. El dolor de desencajar a veces puede ir más allá de cada tanto querer comer un alfajor o disfrutar de un asado con amigos.

Bajo esta luz es que quizá más atención podríamos prestarle al discurso que demoniza a los refugiados: si ya bastante traumático es dejar una ciudad natal, peor aún es dejarla escapando del estruendo de la guerra, o de una vida imposible. Con tanto internet, aviones y la mar en coche nos olvidamos del dolor que puede haber detrás de migrar.

Extrañar, de más está decir, también puede ser lindo y la nostalgia, como los popes de Hollywood bien lo saben, puede ser un placer que a veces salimos a buscar. Cuando mi amigo Mateo se da el gusto de la nostalgia elige un verano en el que sobre todas las cosas fuimos libres. Cuando éramos chicos los veranos eran imposiblemente largos e imposiblemente hermosos y nos malacostumbraban a no tener cosas que hacer.

Con una carpa excesivamente grande instalada en el jardín de nuevos amigos que habíamos hecho a unos kilómetros de casa, cerca del lago y cerca de lo que importaba, nos divertía la aventura de transitar el verano acompañados. Mi amigo Ayrton, que vivía ahí nomás, nos había invitado al vértigo de inaugurar amistades, pero el aturdimiento no podía durar ante nuestra complicidad: hacer nuevos amigos es más fácil cuando estamos acompañados.

Tan hermosos se forman esos recuerdos en nuestra memoria que podemos descubrir lo que tienen en común: la ausencia de nostalgia. Qué sentido tiene recordar tiempos mejores cuando es en ese instante que están sucediendo los tiempos mejores que en el futuro recordaremos.

Aquella sensación agridulce que vinculamos con la nostalgia — el recuerdo de alguna reunión familiar, de una tarde andando en bicicleta con los amigos del barrio, de robarse cigarrillos apagados para fumar en medio de un bosque, o del momento en que con supina incompetencia dimos un primer beso — aparentemente cumple una función positiva en nuestra salud mental. La nostalgia, lejos de sumirnos en un azul profundo, puede elevar nuestro espíritu y mejorar nuestro humor.

Lo que la rememoración nostálgica muchas veces desencadena es una sensación más profunda de continuidad en nuestra vida. Volver al pasado nos ayuda a hilar aquella persona que fuimos con la que hoy somos, pero también enfrenta aquella persona que fuimos-con-otros, con la persona que hoy somos-con-otros. En la relectura nostálgica de capítulos anteriores de nuestra vida también encontramos que aunque el protagonista cambió, algo quedó y algo se soltó.

Para subirnos al tren de la nostalgia solo necesitamos ingenio. Mirar una foto, cocinar algo, contar alguna historia o escuchar música son apenas las dos o tres cosas que se nos ocurren inmediatamente. Y no solo eso, la nostalgia puede venir en todos los colores y sabores. Eso sí, ni en castellano ni en inglés tenemos suficientes palabras para todo el catálogo.

Saudade, trillada como está, viene del portugués y es algo así como un sentimiento cuasi-melancólico que surge de una distancia con algo querido y que implica cierto deseo de resolver esa distancia. Los alemanes tienen Sehnsucht, que implica que ese ardor por lo que extrañamos es aún más disfrutable que el cumplimiento del deseo. Mono no aware, por su parte, es japonés para la nostalgia por algo que está sucediendo pero que en cualquier momento cesará de hacerlo.

Recordar y devolverle al recuerdo una sonrisa, decía, es un lujo que algunos podemos darnos. En uno de sus hermosos discursos, Zadie Smith reconoce en la nostalgia cierto privilegio: “Viajar en el tiempo es un arte discrecional: un viaje de placer para algunos y un cuento de terror para otros.” La vuelta a un tiempo en el que ciertos derechos no habían sido conquistados es un riesgo cuando nos deshacemos de aquel mito: no todo tiempo pasado, para todo el mundo, fue mejor.

Pero el reconocimiento de que el pasado, en toda su inmensidad, no significa lo mismo para todos tampoco debe ocluir del todo nuestra nostalgia. “Nunca seremos perfectos”, dice Smith, “y esa es nuestra limitación. Pero podemos tener, y hemos tenido, momentos de los que nos podemos enorgullecer”. Quizá el peligro de la nostalgia esté en el barniz que oculta los raspones, quiebres e imperfecciones de un pasado desigual. No está mal darnos el gusto si lo hacemos recordando las capas que la nostalgia a veces puede tapar.

Son estas capas las que eventualmente hacen que el pasado se desdibuje, nos confunda y nos envuelva en su encanto. Hay una escena en Garden State (2004) en la que Large le cuenta a Sam del momento en que nos damos cuenta de que la casa en la que crecimos ya no es nuestro hogar: “Aunque sea un espacio donde dejar tus cosas, la idea de casa desapareció” y se vuelve un lugar al que nunca podemos volver. “Es como sentir nostalgia por un lugar que no existe.”

Todo es parte del ritual de crecer: “No vas a volver a sentir esa sensación hasta que no construyas una nueva idea de hogar, propia, de tu nueva familia. Eso es lo que extraño. Quizá una familia simplemente sea un grupo de personas que extraña el mismo imaginario lugar.”

Y por eso brindamos.

homesick” by Giulia Neri (CC BY-NC-ND 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 15 de julio de 2018 y luego revisado el 9 de julio de 2023.
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