Cómo funciona la oscuridad de la noche

No importa qué tan rápido viaje la luz, la oscuridad siempre llega primero.

Inabarcable en su aparente inmensidad, nada parece poder escaparle porque la oscuridad nos recuerda a la nada misma. Nos asfixia si no aprendemos a respirar en ella.

Pero hay un momento, un instante preciso, en el que empezamos a ver. Las formas, las sombras, pero no los colores, se asoman tímidamente y aunque la oscuridad no se disipa, las distancias se hacen presentes.

Homogénea y abrumadora, la oscuridad se abre y no sabemos bien cómo, pero empezamos a sentir. La vista se corre de la luz y el resto de nuestros sentidos pueden brillar. No hay nada como poder mirar en la oscuridad de la noche.

Es muy extraña nuestra relación con lo que sucede cuando cae el Sol. Luchamos contra la oscuridad, cueste lo que cueste. En ella se esconden los ladrones, los vicios, los fantasmas, los vampiros, y los caballeros oscuros. El mayor triunfo de los últimos 150 años, algunos dirían, fue nuestra conquista sobre la atemorizante y anárquica oscuridad de la noche.

Tal es nuestra aversión por la falta de luz que la profesión más antigua nunca fue la prostitución, sino el patrullaje nocturno. En la Antigua Roma los serenos cuidaban de quienes dormían, protegían sus casas y resguardaban los portales de la ciudad, hasta que el Sol volviera a asomar. La noche siempre fue peligrosa.

Ya en el siglo XVII en ciudades como Londres y París era obligatorio iluminar las ventanas para que la luz rebalsara sobre las calles, una buena idea hasta que recordamos que las lámparas eran de aceite y tendían a incendiarse. Y, sin embargo, por más reconfortante que nos resulte el alumbrado público, la luz no hace a las calles más seguras sino que refuerza nuestra sensación de que si es en la oscuridad que se esconde el mal, bajo la luz encontraremos seguridad.

Pero a qué costo: escaparle a la oscuridad con nuestro ingenio e invenciones eléctricas nos hace olvidar que la noche, aquella que nos acompañó durante toda nuestra historia evolutiva, tiene mucho más que ver con nuestro bienestar que lo que solemos conceder.

La diversidad de vida en la Tierra evolucionó durante miles de millones de años acompasada por un confiable ciclo de día y noche, con claras diferencias entre un momento y el otro. Repensar a la iluminación artificial podría ayudar a recuperar esa diferencia. Lo que está en juego, ni más ni menos, es el bienestar no solo de nuestra especie sino también del resto de la vida en la Tierra. Como dice Rebecca Boyle, la pérdida de la oscuridad nocturna no sólo niega nuestro pasado compartido, sino que también podría acortar nuestro futuro.

Cada vez más evidencia se apila mostrando que la contaminación lumínica exacerba la prevalencia de cáncer, obesidad y depresión: “El problemático triunvirato de la sociedad industrializada”, apunta Boyle.

La forma en que nuestros cuerpos dependen de la luz para funcionar en gran parte se explica por la función de la melanopsina, un fotopigmento que se encuentra en algunas células de la retina. Estas células, que nada tienen que ver con la vista, detectan la luz (particularmente la azul) y le comunican su presencia al cerebro. Se calcula que la menalopsina está presente en la retina de los vertebrados desde hace unos 500 millones de años. Su función sencillamente es indicarle al cerebro si es de día o de noche.

Ponernos una pantalla a centímetros de la cara durante la noche, en resumidas cuentas, le dice al cerebro que aún es de día y que no hace falta que se apure a segregar melatonina, en parte responsable de nuestro ciclo diario de sueño. De más está decir que al manosear nuestro ritmo circadiano muchas cosas malas empiezan a pasar.

Richard Stevens, especialista en epidemiología del cáncer, confía en que eventualmente los médicos identificarán a la luz como un factor decisivo en la depresión, la obesidad y el cáncer, del mismo modo en que hoy se atribuye al fumar la propensión al cáncer de pulmón.

Podría resultarnos incluso paradójico que nuestro progreso tras conquistar la noche haya sido posible gracias a lo que aprendimos de la oscuridad que se trataba de conquistar. O, como dice Neil deGrasse Tyson en la nueva Cosmos (2014), “descendemos de astrónomos”.

El cielo nos pertenece sin distinción y, como dice Boyle, ningún otro aspecto de la naturaleza es tan universal. Ningún río, ni montaña, ni siquiera los océanos pueden decir lo mismo.

Durante miles de años alcanzó con mirar las estrellas para guiarnos. Hoy, en cambio, más de un tercio de la humanidad ya no puede ver la Vía Láctea. Aunque es especialmente difícil de establecer, es probable que hayamos descubierto y dominado el fuego hace 200 a 150 mil años y la luz eléctrica hace menos de 150. En nuestra conquista de la oscuridad quizá tuvimos demasiado éxito.

Es tal nuestra aversión a la oscuridad que (injustamente) llamamos a la Edad Media la “edad oscura” y luego nos reconfortamos con el relato de la “Ilustración” (del latín illustrare, iluminar, alumbrar, sacar a la luz). Iluminar es progresar y este ha sido el criterio con el que hemos construido ciudades, edificios, puentes y caminos, mucho más allá del punto en que de útil pasa a ser mero alarde, orgullosamente afirmando que algunas ciudades nunca duermen.

“Ninguna otra ciudad es más espectacular que Nueva York de noche”, escriben James y Karla Murray en New York Nights (2012). “Desde los faroles a gas, hasta la luz eléctrica, desde los pabilos de las velas hasta los filamentos de las lámparas, la luminosidad siempre ha definido la esencia de esta ciudad decididamente comercial. (…) Más que desvanecerse en la oscuridad, los frentes iluminados de los locales de Nueva York revelan aún más de noche que de día”.

Pero la noche, en el esplendor de su más profunda oscuridad, también hace posible una de las experiencias más democráticas: ver las estrellas con solo mirar al cielo. Es por eso que la contaminación lumínica — aquella que sucede cuando la luz con la que inundamos la oscuridad apaga al cielo — también es contaminación. Luego de viajar por millones y millones de años, la luz emitida por distantes estrellas que quizá ya no existan es ahogada por el brillo de un puñado de faroles.

Y, sin embargo, la luz no llega a todos lados. Alcanza con mirar una foto satelital de Corea del Norte para encontrar en la zona desmilitarizada un abismo. En cierto sentido, la excesiva luz es un problema primermundista pero tampoco se trata, realmente, de volver a una época dorada en la que William Wordsworth y sus amigos pudieran sentirse cómodos.

Lo que sí podemos hacer es elegir mejor la luz con la que inundamos la oscuridad a nuestro alrededor. Por ejemplo, podemos optar por lámparas cálidas y no frías. La luz azul, para colmo, se desparrama aún más que la luz cálida, produciendo aún más contaminación. Algunas ciudades, por suerte, buscan lentamente volver a abrazar la oscuridad de la noche.

“Cuando miramos al cielo, estamos mirando al pasado”, dice el cineaste y astrónomo amateur Brian Williams en el corto The End of Darkness (2016). “Cuando vemos una estrella, vemos la luz que nos llega a pesar de los años luz que le tocó atravesar. La luz de la Luna viajó dos segundos, la de Júpiter 40 minutos. Eso es lo bello de la astronomía, es como si estuviésemos mirando a través del tiempo. Estamos viajando en el tiempo”.

Mirando una foto en un libro o en una pantalla no podemos realmente sentir que estamos hechos de restos de estrellas, como dijo Carl Sagan alguna vez. Sin la oscuridad de la noche no podemos sentir nuestra insignificancia en la inmensidad del cielo. Nos acostumbramos a vivir días de veinticuatro horas que, sin un cielo encima nuestro, nos empujan a olvidar nuestro lugar en el Universo.

Para poder realmente sentir que somos un insignificante puntito en el espacio es necesario poder mirar al cielo en búsqueda de aquel momento preciso en que empezamos a ver. La oscuridad, abierta, nos convence de que el ahogo nos distrae de respirar.

Lo más lindo de la noche es que nos hace más humildes.

The Road Home” by Andrei Popa (CC BY-NC-ND 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 29 de abril de 2018.
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