“¡Trágame, Tierra!”
En mayor o menor medida, ese deseo parece ser universal. Las palmas empiezan a sudar, la cara empieza a arder y el rubor se vuelve imposible de disimular. Hace calor o soy solo yo. Todo es confusión. Bajamos la mirada, arqueamos la espalda y con nimias esperanzas deseamos por un momento desaparecer. Qué van a pensar de mí. Trágame, Tierra.
Probablemente no haya sido el deseo por “llegar bien al verano” lo que en Genesis 3:6–7 motivó a la mujer a comer el fruto y eventualmente notar su desnudez, pero este origen mítico de la vergüenza, si no un poco rebuscado, nos sirve para ubicarla como la emoción que da origen al autoconocimiento.
Las emociones, de más está decir, no siempre fueron bien vistas. Concebidas como obstáculos para el libre ejercicio de la razón, gozaron de mala reputación hasta hace no tanto tiempo.
Fue Charles Darwin quien realizó uno de los primeros estudios sistemáticos acerca del desarrollo evolutivo de las emociones en The Expression of the Emotions in Man and Animals (1872), donde argumenta que todos los humanos, e incluso otros animales, muestran emociones a través de comportamientos notablemente similares. Esta impopular observación hoy es ampliamente aceptada y muchos psicólogos coinciden en que ciertas emociones son universales: ira, miedo, sorpresa, disgusto, alegría y tristeza.
A estas se le suman las emociones secundarias — como la vergüenza, la culpa y el orgullo— que no pueden vivirse si no es a partir de la comparación de nuestras acciones con nuestras creencias. En esto reside su valor moral.
La vergüenza, parecería ser, tiene dos caras y es secuaz de la culpa. Sentimos vergüenza cuando no logramos ser quienes quisiéramos, y de este modo se extiende no solo a nuestras elecciones y acciones, sino a nuestra mismísima identidad. Nos hace mejores, como una especie de canario en la mina de nuestros valores morales: sentimos vergüenza cuando traicionamos la idea de quienes queremos ser.
Según esta “hidráulica de las emociones”, probablemente inaugurada por Platón en su análisis del deseo en República y luego retomada por Immanuel Kant, la elevación de un deseo causa la disminución de otro, por lo que nuestra aversión a la vergüenza nos inclinaría a actuar bien.
Pero como señala la filósofa Krista K. Thomason en Naked: The Dark Side of Shame and Moral Life (2018), también nos avergüenza no tener plata, o un título universitario, nuestro aspecto o incluso tener que ir al baño. Nos avergüenza haber sido víctimas de abuso, nuestra salud mental, nuestras adicciones y nuestras diferencias funcionales. A veces hasta sentimos vergüenza por las cosas que nos gustan.
Nos avergüenzan un montón de cosas que nada parecen tener que ver con nuestro carácter moral, y esto nos pasa principalmente frente a otras personas. La vergüenza nos corroe y nos inclina a comportamientos autodestructivos. Todo esto nos hace dudar de su valor como una emoción necesaria para la virtud e incluso nos inclina a considerarla posiblemente destructiva.
Podemos defender uno u otro aspecto de la vergüenza, generalmente atribuyendo al primero carácter racional y al segundo la falta de justificación. Es decir, reconociendo que sentir vergüenza por algo que hicimos es correcto pero no lo es cuando nos avergüenza nuestra panza o nuestra incapacidad para reconocer el sarcasmo. Pero quizá más interesante aún es tratar de entenderla en su complejidad, como propone Thomason.
Quizá parte de este desdoblamiento viene de lo que Justin D’Arms y Daniel Jacobson llaman la “falacia moralista”, aquella que se comete cuando concluimos que cierta emoción es irracional del hecho de que sería incorrecto o cruel sentirla — y que al mismo tiempo de algún modo explica por qué las personas generalmente piensan dos veces antes de invitar a un filósofo a cenar: con qué tupé puede esta gente “corregir” la forma en que otros sienten sus emociones.
“No, vergüenza es robar”, nos dicen. Porque de algún modo parecería ser incorrecto sentir vergüenza por aquello que somos y ya no tanto por aquello que hacemos. No debería darnos vergüenza no entender, no alcanzar a los estantes más altos o no saber bien qué deberíamos mirar en la pantalla cuando un montón de tipitos corren atrás de la pelota.
“No son las cosas criminales las más difíciles de confesar”, escribe Rousseau en Les Confessions (1782), “sino las ridículas y vergonzosas”. En castellano no tenemos una buena distinción entre “shame” y “embarrassment”, siendo esta última la que corresponde a cuando pronunciamos mal algo o nos tropezamos arriba de un escenario. Pero quizá la distinción sea innecesaria en tanto es una mera cuestión de grado para una misma emoción.
Como uno de esos parásitos que se alojan en las entrañas, la vergüenza se instala y sin que nos demos cuenta nos recuerda que sin importar lo que hagamos nunca debemos dejar que nos descubran. Articulamos nuestra vida en torno a evitar que se nos noten nuestros defectos. Usamos el pelo de tal modo que oculte nuestras orejas, la ropa un par de talles más grande y evitamos conversaciones en las que nuestra estupidez se haga violentamente obvia.
Bajo un velo de estoicismo nos mostramos impasibles y hay quienes incluso hacen alarde de su falsa capacidad de resiliencia. Hablamos de nuestras inseguridades, pero solo hasta un punto, y nunca acerca de esas que, si vamos al caso, nos dan tanta vergüenza que ni siquiera en nuestra soledad nos animamos a enfrentar.
Y solemos confundirla con la autoestima. Pero como remarca Brené Brown en I Thought It Was Just Me (But It Isn’t) (2007), se trata de dos asuntos bien distintos. Sentimos vergüenza, pero nuestra autoestima remite a cómo nos vemos y pensamos. Cuando nos avergonzamos no podemos pensar correctamente acerca de quienes somos, nuestras virtudes y limitaciones. Simplemente sentimos la soledad que acompaña a nuestra defectuosidad.
“Nací roto”, me escucho decir una y otra y otra vez. No importa cuánto haya aprendido a encajar, y mucho menos cuánto esfuerzo me haya tomado, porque hay algo esencialmente incorrecto en cómo soy. “El médico le dijo a mi mamá que debería haberse hecho un aborto”, dice una canción de Sum 41. No soy doctor ni mucho menos licenciado pero más de una vez lo pensé.
Mi propia experiencia ninguna relevancia tendría si no fuera que silenciosamente es compartida por tantas personas. Y aunque no sea quizá tema de conversación en la fila del supermercado, todo el mundo lucha con el sentimiento de no ser lo suficientemente bueno, no tener lo suficiente y no pertenecer lo suficiente.
Quizá mi experimento más exitoso haya sido haber logrado hacer una carrera de aquello que me da más vergüenza: mi dificultad para entender cómo funcionan las cosas. Naturalmente, esto jamás hubiera sido posible si no fuera porque resulta que en realidad casi nadie entiende cómo funciona lo que nos rodea.
Esta es quizá la mayor tragedia de la vergüenza: vivimos en una especie de Carnaval de la Venecia medieval, y nos saludamos detrás de nuestras máscaras cuidadosamente fabricadas bajo el tormento de la posibilidad de que un día alguien descubra el acné que ocultan.
Pero la vergüenza, en contradicción con aquel cuento de hadas que involucra frutos y serpientes, se aprende. Y funciona muy bien. Es así como aprendemos a saludar, a pedir amablemente, a decir gracias y a disculparnos.
“Vos no tenés vergüenza”, nos dicen y es suficiente para detener a una locomotora. Es luego de haber hecho sentir mal a otra persona que nos avergonzamos, y sentimos culpa, haciendo una nota mental de evitar aquel malestar en el futuro.
“La vergüenza salvará a la humanidad”, murmura el protagonista casi al final de Solaris (1972), en la versión de Andrei Tarkovsky. Como señala Michael Lewis en Shame: The Exposed Self (1995), incluso las diferencias culturales, pasadas y presentes, pueden verse como diferencias en las formas en que se experimentan y abordan la vergüenza y la autoconciencia.
Como cuenta mi hermana Guadalupe en uno de sus textos, “en mi casa estaban suscritos al Correo de la UNESCO, la revista de la fundación La Caixa, la revista Humboldt y compraban el diario Página/12”. Pero fue su lectura de Las 50 cosas que los chicos pueden hacer para salvar el mundo (1990) lo que la convenció de que si los adultos no estaban haciendo lo suficiente para salvar al mundo, especialmente a los gorilas que salían en La aventura del Hombre, era ella quien debía tomar cartas en el asunto.
Es una anécdota casi idéntica la que abre Is Shame Necessary? (2015) de Jennifer Jacquet. Lo que ella describe es el primer momento en que se sintió horrible por una criatura a la que nunca había conocido y la culpa que la engulló aunque ninguna fuera su responsabilidad.
La coincidencia no es fortuita: el libro de Jacquet es una exploración del uso político de la vergüenza como motor de cambio, donde se juegan profundas diferencias culturales en torno a la culpa y la vergüenza, que en sus excesos pueden dejar que la brújula moral gire por el magnetismo del reconocimiento y la celebración en detrimento de quien es avergonzado.
Allí cuenta que fue a partir de los años 90 que la estrategia de avergonzar a las empresas con prácticas reprochables (abuso de sus empleados, daño ambiental, etcétera) viró hacia la culpa de los consumidores. Así nacieron las etiquetas de atún libre de delfines y café libre de explotación, entre muchas otras.
Pero como un chupete para un bebé que llora, con la calma de los consumidores se pierde de vista que no es la culpa lo que se quiere evitar sino la explotación laboral y medioambiental. En palabras de Jon LaJoie: “You know what world? You’ve got me cornered again. I’m gonna roll another joint”.
La vergüenza, parece ser obvio, nos une. Y en oposición a todos los temores que cuidadosamente aprendimos es la vulnerabilidad lo que nos acerca. Alcanza con notar que son aquellas personas con las anécdotas más vergonzosas las que más iluminan una reunión. Es el coraje de contar acerca de aquella vez que nos humillamos lo que nos hace ganar admiración.
La palabra ‘humillar’ viene del latín humiliare, que alude al arrastrarse por el suelo (en latín humus). O, en otras palabras, bajar a tierra. De ahí viene también la idea de humildad.
Avergonzarnos de algún modo nos baja a tierra. Cuesta asumir entonces que debiera ser algo extraordinario. Qué tan distinto podría ser todo, y cuánto dolor nos podríamos ahorrar, si de vez en cuando pusiéramos pausa al Carnaval.

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Lo que leíste es solo una parte del correo enviado el 7 de febrero de 2021.
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