Cómo funciona mi hermana

Mi hermana Guadalupe es escritora.

Solía escribir poemas, pero ahora escribe sobre lo que vive. Y ella vive un montón. Tanto que a veces nos hace sospechar si no será que el resto vivimos también un montón de cosas y la única diferencia es que ella se sienta a escribirlas.

Pero a Guadalupe le cuesta mucho escribir. Nunca pude entender bien por qué. “Para ser escritor lo que tenés que hacer es escribir”, fue el único consejo que supo darme cuando le pregunté cómo se hacía para perderle el miedo a la hoja en blanco. Porque yo también quería ser escritor. O al menos quería escribir.

A mí siempre me costó mucho entender cómo funcionaba el mundo. Y a mi hermana siempre le costó entender cómo es que funcionaba yo. Pero creo que desde que hice mi entrada triunfal en su vida siempre le fascinó tratar de entenderme, en cuotas idénticas de empatía y curiosidad científica.

En Air Carnation (2014), por ejemplo, me describe como teniendo una mente binaria que lo divide todo en verdadero y falso, siempre ansioso por tomar partido por el lado de la ciencia y en contra de supersticiones, religiones y demás porquerías. “Tener un lado del que ponerse lo hace sentir seguro: en un barco en el mar o en una casa en tierra firme”, escribe.

Claro que como escritora lo que Guadalupe hace es dividir al mundo, también, en servicio de sus palabras. En eso parece consistir escribir. “La necesidad de mi hermano de elegir entre opuestos es una negación de su naturaleza anfibia”, sigue. “La palabra anfibio significa ‘vida en ambos lados’. A diferencia de mi hermano, me siento cómoda en el medio”.

Por supuesto que no recuerdo nada de todo eso, pero en su libro Guadalupe cuenta que cuando tenía 3 años aparentemente se me dio por usar sus vestidos y ante la pregunta de mi mamá respondí que lo hacía porque me gustaba.

— Pero esa es la ropa de [Guadalupe]. 
— Lo sé—dije—pero no tengo mis propios vestidos.
— Bueno, eso es porque los chicos no usan vestidos.
— ¿Por qué no?— pregunté.

“Su madre sonrió en silencio, desarmada”, escribe Guadalupe. Ella no tenía problema y me regaló una faldita que ya no le quedaba. Yo la usaba sobre los pantalones mientras jugaba en la casa.

Esperablemente, cuando un día me invitaron a una fiesta de cumpleaños insistí en llevar mi falda favorita. Mamá me dejó y algunos de los adultos sospecharon de su falta de preocupación por tan espectacular despliegue “femenino”, asumiendo que estaba mostrando signos de ser gay.

Luego me empezaron a interesar las muñecas de Guadalupe y mi mamá me preguntó por qué. “Porque quiero jugar con [Guadalupe]”, dije, “y a [ella] le gusta jugar con muñecas”. A mi hermana mucho no le gustaba el panorama, pero accedió igual. Mi hermana era lo más y yo solo quería vestirme como ella y hacer lo que ella hacía.

Después mi hermana cuenta que se me dio por Superman, y al demonio con los vestidos y las muñecas. Mi mamá me cosió un disfraz (aunque por respeto se debe decirle “traje”) y desde entonces “lo usó todo el día, en todas las estaciones del año, incluso en la escuela, con botas de lluvia rojas y una capa roja que dejaba salir por fuera de la campera a donde quiera que fuera”.

Muchos años después, cuando cumplí siete, comencé a usar corbata. “Era gris, con pequeños Garfield bordados en él, y ahora la gente se reía de sus padres. «¡Padres hippies con un hijo yuppie!». Luego, para su noveno cumpleaños, [Valentín] pidió una pequeña cruz de oro. Esta vez los padres, ambos ateos, estaban en shock, y fueron los que preguntaron por qué”.

Resulta que todos en la escuela tenían una y se veían lindas. Al par de meses se me pasó y mi interés se volcó a jugar con electrónica e instalar dos luces diminutas en el marco de mis anteojos que podía encender y apagar con interruptor en la muñeca.

“Hoy, a los veinticuatro años”, escribía mi hermana, “no es drag queen, ni siquiera gay, ni esquizofrénico, ni empresario, ni cura, ni científico loco. Es un filósofo”.

Con Guadalupe crecimos en una casa hippie en el medio del bosque. Papá y mamá habían estado en el mítico grupo fundador de la feria de artesanos de Bariloche y en algún armario todavía quedaba una máquina de pirograbado, entre otros restos arqueológicos de aquella época.

Y en esa casita en el medio del bosque pasamos aquellos años en que algunos compañeritos del colegio se iban a Disney. No nos faltaba nada, pero no sobraba mucho tampoco. Lo único que quizá sobrara, aunque eso no se dice, eran libros. De física, de poesía, de botánica y jardinería, revistas National Geographic y Rolling Stone, libros de tapa dura y libros hechos con dos pesos, de historia y de historias, enciclopedias y alguna que otra basura pseudocientífica.

Guadalupe leía y leía, y con mi papá luego hablaban de lo que leían. Dado que conocer la Tierra Media era prácticamente un rito de iniciación, conocí El Señor de los Anillos (1954) a través de sus solapadas conversaciones mucho antes que a través de mi propia lectura. No entendía bien de qué hablaban pero entendía que no querían arruinarme la experiencia.

A mí no me gustaba tanto leer. Mientras Guadalupe leía y leía, yo corría por ahí, me subía a los árboles y hacía experimentos. Lo mío era la ciencia, o toda la que pudiera realizar en el jardín. Leer era un pobre sustituto para los días en que llovía o nevaba y mis inventos debían esperar.

Eventualmente, y por quizá la mayor parte de una década, a Guadalupe le perdí el rastro. Para cuando me di cuenta ella vivía la vida universitaria en Buenos Aires. “Está estudiando Diseño de Imagen y Sonido… No, Filosofía… No, Edición. Bueno, está estudiando algo, creo”.

En realidad Guadalupe escribía, y se codeaba con personas que escriben. Y sus historias todas giraban en torno a ir a lugares donde algunas personas leían lo que escribían y otras escuchaban y, a veces, aplaudían haciendo chasquear los dedos.

Fue en el medio de esa época que luego de un viaje de más de veinte horas me apersoné en el hermoso departamentito de estilo francés en el que ella vivía. Había suficiente lugar para nuestras cosas pero quizá no para nuestros egos.

Yo no la entendía, pero yo nunca entiendo nada. Quizá lo más trágico era que ella no pudiera entenderme a mí, una tarea que nunca pude hacerle fácil.

Ella escribía y ante cualquier observación me respondía “es poesía”, en tono socarrón. Hasta que un día dejó de escribir, y como el fuego que se va apagando cuando se termina la leña en el medio de una tormenta me tocó ser el inútil espectador al que solo se le ocurre ofrecer un té, como si eso resolviera algo.

Tuvimos que dejar ese lugar y nos mudamos a otro, bastante menos glamoroso. Y luego yo me mudé, y ella se mudó. Y nos perdimos el rastro otra vez.

Luego Guadalupe volvió a escribir, y escribió y escribió. Y cuando de tanto escribir se le dio por hacer canciones lo invitó a mi hermano Julián y la novela salió con su propia banda sonora. Y publicó su libro. Y viajamos a Canadá. Y la escuché leer, y a mi hermano cantar. Yo estaba filmando un documental sobre hackers, y el paseo me hizo muy bien.

Y luego de un tiempo se volvió a apagar. Pero para entonces yo había empezado a escribir también, y a mí lo pirómano no se me va con nada. “No era la primera vez. No sé arder sin consumirme. No sé alumbrar sin apagarme. No sé abrigar sin enfriarme”, cuenta Guadalupe.

Hasta que un día, coincidiendo en espacio y tiempo, “Valentín se acercó despacio a mí y revolvió con un palito este montoncito de ceniza gris en el que yo me había convertido. En sus ojos había amor y severidad. Con la leña humedecida por mi llanto de tantos años hizo una pila, después extendió su mano y me ofreció su antorcha. Yo, lejos de encenderme como las fogatas de San Juan, temblaba más bien como la llamita del termotanque cuando hay viento. Así que se quedó cerquita mío vigilando que no me apague, dele agregar palitos y bollos de papel y soplar y soplar esta llama. Implacable, con su fuerza de incendio forestal Valentín me dijo: «Yo confío en vos». Y así fue que Valentín devolvió mi espíritu al fuego”.

Guadalupe nunca me entendió. A veces ni un poquito. Quizá porque le servía pensar en que yo era de alguna manera, quizá porque no sabía bien cómo meter la etimología de una palabra y yo calzaba justo en el párrafo.

Pero en algún momento Guadalupe se olvidó de que me conocía, y me pudo conocer.

No sé bien cómo hizo, y en toda su magia no pretendo que me cuente sus trucos, pero ella me ve como nadie más.

Claro que en retrospectiva nada de esto es nuevo. Mi hermana mayor siempre me cuidó. Cuando un compañerito en sala de 4 me molestaba, ella amenazó con pegarle. Y cuando a mis veintipocos nos invitaron a un recital la vi mentir para que me dieran un asiento, lejos de la muchedumbre apretada, “y vos me miraste como si hubiera abierto las aguas del mar rojo”.

Guadalupe me hace sentir que no está tan mal ser quien soy. Cuando el año pasado di una charla muy importante que pasó a ser una de mis experiencias más traumáticas por lo abrumador de la experiencia, fue ella quien me insistió en que yo también tenía derecho a no pasarla mal.

“Lo que describís es el escenario menos inclusivo del mundo [con] una persona autista al centro de sus pesadillas: lucecitas que se prenden y apagan, numeritos, poca gente, luces que encandilan. Parece un experimento científico siniestro. Temple Grandin tampoco se hubiera sentido cómoda ahí”, me dijo con especial generosidad.

“Siento que desde el discurso todos somos inclusivos y lindos y buenos, pero después eso no se refleja en acciones concretas inclusivas lindas y buenas”, agregó.

A veces sospecho que en el tiempo en que no hablamos ella me estuvo estudiando. Si no no se explica. Tan es así que es a ella a quien recurro cuando quiero entender cómo funciono.

Guadalupe ya no se mofa de lo que no entiendo, ni me explica cómo funciona la poesía. Guadalupe, incluso, dice que a veces escribo como un poeta. Yo no tengo idea, porque realmente no sé cómo funciona escribir. Pero a mí me hace feliz que Guadalupe vea todo lo que ve en mí.

Guadalupe también entendió que mi forma de funcionar incluso puede hacerle bien. “Creo que vos me podés entender sin angustiarte porque yo estoy angustiada, y sin intentar hacerme dar cuenta de que tengo todo y no tengo razón para angustiarme”, una vez me dijo.

“Podés engañar a todo el mundo pero no a tu hermana”, dice una de esas frases que se vende en remeras y tazas. Pero Guadalupe se encarga de que el mundo no me engañe cuando me convence de que es mejor dejarle mi cuota de oxígeno a alguien más.

Las hermanas mayores parecen ser cruciales para el éxito de sus hermanos menores, el desarrollo de sus habilidades sociales, e incluso para su desempeño escolar. Tanto que no es arriesgado afirmar que a veces son más importantes para nuestro desarrollo que nuestros padres. Y para lo mucho que me cuesta entender cómo funcionan las otras personas, tener una hermana mayor parece ser central para el desarrollo de la empatía. Y esto se repite en todas partes.

Guadalupe me enseña todo lo que ella aprendió. Porque Guadalupe sabe observar y meticulosamente documentar la vida en la Tierra. Y a mí me encanta aprender, porque a veces todo lo que necesito es que alguien entienda que a mí me cuesta entender.

Quizá lo más lindo de las hermanas sea cuando nos olvidamos de esa dichosa casualidad que nos une y nos volvemos hacia la amistad que sin darnos cuenta un día floreció. Para lo inagotable de mi curiosidad mi universo parece ser bastante pequeño, pero mi hermana siempre lo expande y si hace falta lo ilumina.

Y cuando el mundo obcecadamente se empecina en recordarme todo lo que no me sale bien—desde mentir en un recital o ponerle los puntos a un compañerito abusivo hasta el entender por qué lo que dije pudo lastimar— Guadalupe salta a la acción, como si ella fuera la que lleva el traje con capa roja y la bombacha por encima del pantalón.

Guadalupe solía escribir poemas, pero ahora escribe sobre lo que vive.

Y ella vive un montón.

Guadalupe y Valentín (ca. 1992)

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, y recibir contenidos exclusivos, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo una parte del correo enviado el 24 de enero de 2021. 
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte
acá. Además, podés encontrarme en Instagram, Facebook o Twitter.


Discusión