Cómo funciona mirar a los ojos

Hay un punto, justo sobre la nariz o arriba de las cejas, donde en realidad miramos cuando miramos a alguien a los ojos. Marina Abramović dice que no hay que pestañear, porque cuanto más lo hacemos, más pensamos. Para mirar a alguien—para realmente ver a alguien—tenemos que quedarnos quietos.

Para mirar a los ojos, dice Marina, nuestra respiración debería atenuarse hasta que casi no pueda notarse, quizá hasta que ni siquiera se empañe un espejo puesto frente a nuestros labios. Mente y cuerpo, en su quietud, deben disponerse para realmente ver, ya no a través sino hacia el abismo infinito. Mirar entre las cejas es importante porque así podemos ver ambas pupilas. Los ojos pueden secarse, los músculos cansarse y el cerebro encontrar la forma de interrumpirnos, por eso mirar a los ojos es también juntar coraje.

Hace algunos años Marina decidió ubicar dos sillas a un metro de distancia en una sala de un museo de Nueva York para que cualquiera pudiera sentarse a mirarla a los ojos. A veces las personas lloraban, y Marina también. Casi setecientas horas pasó mirando a desconocidos a los ojos. Mirar a quienes queremos es importante, dice Marina, pero es cuando cruzamos miradas con extraños que la experiencia se vuelve transformadora.

Mi amiga Sofi me contó que desde que vive en Nueva York juega a mirar a las personas a los ojos. En el subte busca, moviendo su cabeza de lado a lado como un regador, cruzar alguna mirada y ver qué pasa del otro lado. Tuve que contarle que un truco para reconocer a un genuino neoyorquino es que jamás hace contacto visual con extraños. No le sorprendió: su planeta es mucho más lindo y a veces me gustaría ir a visitarla.

La ciudad nos entrena para evitar miradas, y apuntar mejor la nuestra. “Nos volvemos habilidosos porque creemos que vivimos en nuestros ojos”, dice Verlyn Klinkenborg, “como si miráramos desde atrás de ventanas acuosas, bien adentro de nuestra privacidad, y nos sorprendiera por un instante encontrar que alguien se estaba asomando”.

Rara vez lo encontramos en consejos para criar cachorros humanos, pero mirar, tanto como caminar, parecería ser algo que se aprende. Hay madres que retan a sus hijos porque miran demasiado y cada tanto apuntan a alguien y preguntan. Otras lo hacen porque no miran a los ojos cuando les hablan.

De todos los animales parecería ser que solo los humanos encuentran tan atractivo el caer en aquel abismo. Los recién nacidos se quedan mirando, como si nada fuera más maravilloso en el Universo, a quienes les devuelven la mirada. Mirar a los ojos nos fuerza a reconocernos en otros, que quizá no necesiten una siesta pero parece que mucho tienen para enseñarnos. Mirar a los ojos no es más que sacar a pasear nuestra empatía.

Incluso cuando abrimos la alacena, o paseamos por el supermercado, encontramos miradas por todos lados. Los carteles nos siguen con sus ojos cuando nuestra vista está atrapada por nuestros teléfonos o incluso cuando nos subimos una bragueta que no debería haber quedado baja. Tan importante es que un producto nos mire a los ojos que algunos personajes en cajas de cereales para niños dirigen su mirada hacia abajo, lista para atrapar ojos curiosos desde el estante.

Pero a veces mirar a los ojos puede ser demasiado, demasiado intenso. “No mirabas a los ojos, mirabas de una oreja a otra”, cuenta mi mamá. “Aunque no veías casi nada, todo el tiempo tenía que pedirte que me mires cuando te hablaba”. No había caso, no tenía sentido: no había nada en otros ojos que a mí me interesara mirar.

Ahora de grande sé que no hay que mirar a un oso a los ojos, porque podría interpretarlo como un acto de agresión, aunque nunca me animé a usarlo como excusa. En cambio, algo de aventura puede encontrarse en tirarse de clavado en un par de ojos ajenos.

Para algunas personas mirar a los ojos puede ser profundamente abrumador. Quizá no abrumador como cuando nos tiran un vaso de agua helada mientras nos bañamos, sino como cuando alguien nos dicta un número de trámite de corrido y sin repetir. A veces los ojos no lo dicen todo, pero dicen mucho, y eso puede llegar a ser demasiado si a la mirada la escuchamos con plena atención.

Si hay personas que pasan casi toda su vida buscando cómo evadir impuestos, yo pasé la mía buscando cómo evitar mirar a los ojos. Pero como también hay personas que se suben a un kayak y se tiran río abajo desde la montaña, con los años aprendí a encontrarle el gusto a menudo deporte extremo. Es cierto que casi nunca miro a los ojos sin estar pensando en que lo estoy haciendo, pero eso también refuerza el mérito. Mírenme, estoy mirando a los ojos como un campeón.

Supongo que algo de eso debe haber en el surf. “Mirame a los ojos”, nos dicen, y vemos cómo se acerca la ola. En cualquier momento podemos caernos, pero algo hay en intentar encontrar el balance. Con cada intento nos importa menos caernos, porque sabemos mejor cómo volver a subirnos a la siguiente mirada.

De haber tenido las palabras a mano por aquel entonces debería haber dicho que si miraba a los ojos no podía escuchar. Esa ceja se arqueó distinto, el parpadeo no siguió un patrón regular y estoy casi seguro de que una pupila se dilató antes que la otra. Perdón, ¿qué me estabas diciendo?

En la mirada está nuestra confianza, nuestra atención, nuestra empatía, e incluso de ella depende nuestra capacidad de reconocer a alguien que nos cruzamos. De mirar a alguien más a los ojos depende nuestro arrojo a ser mirados. Si hay un vínculo entre la depresión y la mirada, esta funciona para los dos lados: es tan importante mirar como ser mirados.

Aunque mirar a los ojos a veces pueda ser animársele al abismo, mirar al abismo en nuestras pantallas poco o nada tiene que ver con encontrarse en otra mirada. Quizá por eso mucho se haya exagerado respecto de lo que nos hace la tecnología. No hay ojos detrás de las pantallas, a no ser que las bajemos y levantemos la mirada. Quién dice, quizá del otro lado—si nos quedamos quietos y respiramos bien suavecito—encontremos a otra persona.

A Boy and a Bear on a Very Big Adventure” by Brandon James Scott (CC BY-NC-ND 4.0)

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 25 de noviembre de 2018. 
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte
acá. Además, podés encontrarme en Instagram, Facebook o Twitter.


Discusión