“I like physics, but I love cartoons!”
— Stephen Hawking, Futurama, S06E08
Cuando más ocupados estamos es cuando más fantaseamos sobre lo que haríamos si tuviéramos todo el tiempo del mundo. A veces, cuando me sorprendo a mí mismo deambulando por los pasillos de la fantasía, encuentro que mi día perfecto es aquel que empieza con un tazón de yogur con copos mirando dibujitos.
Desayunar mirando Star Wars: The Clone Wars en mis primeros años en Buenos Aires tenía algo de especial. No eran los arcos argumentales, y ni siquiera creo que fuera la animación, sino que había algo en empezar el día, mucho antes de que el mundo despertara, atrapado entre sables láser y una cuota quirúrgica de heroísmo. Aunque el resto del día fuera a depararme teclear código furiosamente sobre un teclado, nada podía salir mal. Los paisajes de Star Wars hacían a cada escena en la que mi mente deambulaba cuando lo que tenía enfrente no lograba mantener su atención.
Con preocupante facilidad desestimamos —y subestimamos— mirar dibujos animados siendo adultos. Pero a contracorriente de lo que las opiniones superficiales puedan sostener, los dibujos animados no nos atraen únicamente en virtud de la nostalgia que generan. O, al menos, esta nostalgia no apunta tanto a una infancia pasada frente al televisor, sino a la posibilidad de hacer con nuestro tiempo lo que deseamos.
Ir al colegio, hacer la tarea y, como premio, prender el televisor. Eso no es lo que está en juego cuando ponemos BoJack Horseman. En la animación se dan libertades que simplemente no existen en ninguna otra expresión audiovisual. Es por eso que no es en absoluto sorprendente que muchas adaptaciones animadas sean definitivamente mejores que las versiones filmadas.
Prácticamente nada es capaz de detener las ambiciones de un equipo de animación. Esto no sólo se hace evidente en series como Family Guy — que hace de esta libertad su recurso principal y logra traer a escena prácticamente a quien se le antoje — sino que también se hace evidente en las adaptaciones de cómics. Alcanza con ver la forma en que cualquiera de las películas animadas de Batman logra una profundidad del personaje que ningún inmenso presupuesto de Hollywood logró plasmar en la pantalla grande. Toda la complejidad del personaje y del Universo en que habita se hace presente en la animación de una forma sólo equiparable a la tinta del cómic.
Quizá es por eso que los dibujos animados en cierto sentido tienen más que ver con la literatura que con el cine. Del mismo modo en que nada impide a la pluma generar lo que se proponga, en la animación se da esa ilimitada libertad de hacer y deshacer reglas y convenciones en favor de la historia que se quiere narrar. Son este tipo de libertades las que permiten la irrestricta exploración de no solo aquello que es posible, sino de aquello que es capaz de ser imaginado. Una buena historia, como hace brutalmente obvio David O’Reilly, no necesita de muchos polígonos para ser contada.
Pero estas libertades tampoco esquivan necesariamente a la seriedad, ni a la rigurosidad narrativa. Es a través de series animadas como Rick and Morty que discusiones de distinto calibre acerca del Universo abandonan los departamentos de filosofía para entrar al mainstream y darnos la excusa de debatir, cerveza de por medio, acerca de las posibilidades e imposibilidades del tejido mismo de la realidad. A veces no hay mejor excusa para discutir la forma en que se constituye nuestra identidad a partir de la memoria o los fundamentos éticos de nuestras acciones, que a través de un viejo gritón y su confundido nieto.
Sin embargo, y más allá de todos los argumentos que podemos dar a favor de pasar nuestros días mirando dibujitos, hay otros interesantes motivos para prestarles atención. Cuando hace muchos años me dieron la noticia de que mi cerebro pertenecía a un lote que había salido ligeramente distinto de la fábrica y que tendría que dedicarme a intentar entender cómo funcionaban las cosas, uno de los desafíos que me presentaron fue la ardua tarea de lograr entender cómo funcionaban las emociones humanas. Por algún motivo, mis adormecidas capacidades empáticas no lograban activarse en presencia de otras personas, ni siquiera en películas, sino sólo frente a los dibujos animados.
La forma en que se construye a los personajes en las historias animadas enfatiza cómo estos se paran frente al mundo. Probablemente sin buscarlo, muchas historias animadas logran expresar conceptos emocionales complejos de manera tal que resultan más sencillos de incorporar y, tal vez, eventualmente hacerlos parte de nuestras interacciones sociales. Frente a un universo de posibilidades emocionales prácticamente imposible de asir, el alivio que encontramos en la sobresimplificación que la animación muchas veces nos ofrece no podría ser exagerado.
Pero también es posible que el motivo por el cual los dibujos animados nos atraen tal como lo hacen sea el modo en que logran estimular nuestra imaginación y, sin mucho esfuerzo, nos llevan a mundos donde las reglas antes que mejores son simplemente distintas. Probablemente no haya mayor quiebre visual entre el mundo en el que vivimos y aquel al que pertenecen las historias que consumimos, que el que pueden brindar los dibujitos animados.
No es cuestión de nostalgia, escapismo, pereza intelectual ni una irremediable resistencia a crecer. En cambio, los dibujos animados son probablemente uno de los lujos más subestimados de la adultez. No sólo porque realmente nos ayudan a lidiar con vidas complejas, nos acompañan en el esfuerzo contra la depresión, hacen simple lo complejo (y viceversa), sino porque muchas veces en su distorsión de la realidad ayudan a hacer tolerable lo que nos confunde y, de una peculiar forma, logran quitarle solemnidad a todo este asunto de estar vivos.

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 17 de diciembre de 2017.
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte acá. Además, podés seguirme en Instagram, Facebook o Twitter.

