Cómo funciona mirar por la ventana del colectivo

Si salgo ahora quizá lo agarro, pero hay que correr. El próximo pasa en veinte, tampoco es tan grave. Ya baja el sol y refresca. Mejor agarrar algún abrigo. ¿Billetera, tarjeta, auriculares? Listo.

—¡Vengo en un rato! — grito sin saber realmente quién va a escucharme.

Tengo la sensación de que el sonido que hace la puerta de madera al cerrarse es exactamente el mismo que desde hace casi 30 años. ¿Será que es el mismo o que yo siempre espero que suene igual? Me fijo que el perro no haya salido y cierro el portón de casa. Si hay algo a lo que nunca voy a acostumbrarme es a la polvareda que queda luego de que por la puerta de casa pasen los camiones.

El camino, recorrido una y mil veces, sigue siendo el camino pero eso no le impidió dejar de ser el mismo. Lo que era bosque infinito en todas las direcciones, acompañando la pendiente, ahora tiene entradas para autos, buzones, alambrados y pésimo criterio estético. El barrio es el barrio, pero también dejó de serlo.

No puedo caminar por esa pendiente sin pensar en los raspones al caer de la bicicleta. O en la nieve y cómo durante muchos años eso fue lo más cerca que estuve de conocer un cerro. O en la caminata diaria, casi idéntica a la que ahora hago, para ir a tomar el colectivo que me llevaría a la escuela cuando el sol todavía no salía y la temperatura no subía más allá del cero. Más de una vez debo haber pensado en hacer el camino con los ojos cerrados, para poner a prueba la memoria espacial que podría tener del recorrido. Nunca lo hice y hoy no será la excepción.

La parada de colectivo ya tiene varias capas de pintura desde la última vez que en alguna madrugada se me dio por hacer algún graffiti, por demás pretencioso pero perfecta válvula de escape para una adolescencia que quería que se terminara cuanto antes. No sé por qué las pintarán de verde. ¿Habrán comprado pintura de a montones o habrá alguna teoría berreta que supone que eso disuadirá el vandalismo? Si se trata de lo segundo, evidentemente no funciona.

Todos estos años y capas de pintura, pero la parada sigue siendo la misma estructura de ladrillo y chapa, con su característico menguante olor a pis y ningún otro lugar para sentarse que el escaloncito de concreto entre la plataforma y el ripio. Miro el teléfono pero no hay nada ahí. Miro hacia arriba, donde la cima de la pendiente se convierte en curva y desde donde cientos de veces me tiré con el skate, e imagino trucos para hacer que el colectivo venga con mi pensamiento. Mientras espero los autos aceleran en bajada, pasándose entre sí, y yo me pregunto cómo es que la humanidad no se extinguió a sí misma aún.

“Life is similar to a bus ride.
The journey begins when we board the bus. 
We meet people along our way of which some are strangers, some friends and some strangers yet to be friends. 
There are stops at intervals and people board in.
At times some of these people make their presence felt, leave an impact through their grace and beauty on us fellow passengers while on other occasions they remain indifferent.
But then it is important for some people to make an exit, to get down and walk the paths they were destined to because if people always made an entrance and never left either for the better or worse, then we would feel suffocated and confused like those people in the bus, the purpose of the journey would lose its essence and the journey altogether would neither be worthwhile nor smooth.” 
― Chirag Tulsiani

Ya no conozco a los colectivos y los colectiveros no me conocen a mí. Ya no tengo idea de cuánto sale el pasaje y sólo me limito a levantar las cejas cuando veo el monto cobrado en la minúscula pantalla azul. Aún hay lugar para sentarse y elijo hacerlo en una fila doble vacía. Miro nuevamente el celular pero me propongo no volver a hacerlo por el resto del viaje. Nada puede ser tan urgente. El colectivo acelera a velocidad barilochense y con la ventanilla se me vuela un poco el pelo. Está bien, siempre tuve la teoría de que mi mejor peinado es el que me hace el viento.

La pendiente, que también termina en curva, me fuerza a agarrarme del asiento de adelante. Con el colectivo aún casi vacío miro a la izquierda y me arrepiento de haber elegido este asiento. No es tarde, y me muevo a la fila simple, más cerca del lago. Ya no reconozco a las personas que se suben. Este pueblo con espíritu de ciudad (¿o era al revés?) expulsó a todo aquel que quisiera algo de aventura en su vida. No es que quiera saludar a nadie, pero ver alguna cara conocida quizá haría que tantos recuerdos tuvieran algún sentido.

El lago, que todavía brilla con la luz que se filtra entre las montañas como si fuera parte de una estrategia, se deja ver entre los árboles al costado de la ruta, donde todavía hay árboles. Pasamos la laguna — que a esta altura del año no es laguna sino un campo de juncos y pasto — y puedo sentir, apenas, el orgullo que sentí la primera vez que caí en la cuenta de por qué se llamaba “Fantasma”. No habrá más lago por algunos kilómetros y comienza el juego de las diferencias. En realidad es un juego bastante aburrido: donde había árboles ahora hay bungalows, y eso es más o menos todo.

Recorro el catálogo mental, sin sentido alguno, para ver si logro dar con alguien que podría subirse en alguna parada. Si hay algo que nunca viví en la ciudad en la que vivo es la cotidianidad de cruzarse con gente que conozco. Realmente creo que me pasa como mucho una vez por año. Ni hablar de las personas con las que tenemos las mismas conversaciones, vacías y repetitivas pero de alguna retorcida manera encantadoras, por compartir el mismo viaje, todos los días. Pasan las paradas que alguna vez también vandalicé con aerosol y stenciles, pero no se sube una sola cara que pueda reconocer.

Luego de los tironeos de las curvas aparece nuevamente el lago, y con el sol en retirada también las familias van abandonando la playa. Sólo los fumones se quedan, románticos de los atardeceres, para irse recién cuando el frío pueda con la falta de abrigo. El colectivo hace una curva y luego otra y, a lo lejos, al final de un largo pasillo arbolado, las montañas del otro lado hacen su aparición. Las luces de la otra punta de la ciudad empiezan a notarse tímidamente hasta que otra curva y otro grácil movimiento centrípeto me obligan a mirar para otro lado.

La ruta empieza a inclinarse y subimos, pero eso no parece incidir en la velocidad. Pasamos por al lado del Centro Atómico donde pasé incontables tardes andando en bicicleta y escabulléndome más allá de donde las advertencias de radiación nos lo permitían. En su momento no supe que la vida en aquel barrio cerrado, reservado para la elite nuclear barilochense, era casi un calco de la vida en los suburbios californianos que conocería un par de décadas más tarde. “Las casas todas iguales” siempre fue una manera práctica y elegante de identificar aquel espacio mezcla entre lo militar y lo científico.

Otra curva y el lago, firme junto al pueblo, sigue en el mismo lugar. Otra playa que hace de escenario al éxodo de familias insoladas y otro bosque que ya no es pero donde las pulcras construcciones marcan el patético avance de la civilización sobre lo que supo ser un paisaje hermoso. Aún más hermoso de lo que puede verse con la difusa luz que queda. Se suben adolescentes ruidosos y madres con sus hijos. El colectivo, ya lleno, empieza a parecerse a los salones de baile característicos de este pueblo que quería ser ciudad.

Aunque el sol no tarda en desaparecer, aún ilumina. El encanto de crecer entre montañas es que el horizonte, lejos de ser una aburrida línea recta, ondula y filtra los colores. Me pregunto qué música haría una púa que girara en círculos a mi alrededor, subiendo y bajando por cada una de esas laderas. Ya no tan lejos, la ciudad que aún se cree pueblo vuelca sus luces sobre el lago. También vuelca sus residuos cloacales y por eso no podemos bañarnos, pero al menos las luces tienen su encanto.

Pasamos por aquel colegio cuyos dueños prendieron fuego para cobrar el seguro, y el tráfico empieza a ponerse cada vez más denso. Las hambrientas familias de turistas que dejaron las playas buscan dónde cenar, pero antes buscan dónde estacionar. Recuerdo cuando hace diez años y un mes caminé los 15 kilómetros entre el centro y la casa de mis padres. Pasada la medianoche apenas si me habré cruzado con diez coches. A veces la soledad no tiene nada de metafórica.

Otra playa, otra estación de servicio y más anécdotas, que se pegotean en la ventana del colectivo. El camino empieza a ondular menos y atrás quedan las subidas y bajadas. El lago se estabiliza a un lado y todavía me pesan los fantasmas de los árboles que ya no están. Espero que todas esas personas en todas esas casitas con gusto a nada al menos sean felices. El colectivo ya lleno casi llega al centro. Hace muchos años que en la ciudad no hay oscuridad.

Edgar Wright dice que no hay forma de evitar lo agridulce de volver al pueblo en el que crecimos porque por más lindo que sea el reencuentro, el lugar cambió sin nosotros y ya no somos parte de él. Creo que — muy conscientemente — cambié mi relación con el lugar donde nací a partir de dejar de hablar de mi casa y hablar de la casa de mis padres, incluso cuando nunca tuve una propia. Hace más fácil extrañar.

Casi todos nos bajamos en el mismo lugar. El lago ahora hace de fondo de la postal, los floreros iluminados hacen de pasarela y luego de compartir un viaje a velocidad crucero, los pasajeros nos dispersamos. El colectivo se aleja y a través de la ventanilla puedo ver algunas caras. Todavía no reconozco ninguna, pero entre las miradas me pregunto si además del viaje habremos compartido alguna idea. Es absurdo. Miro el celular y respondo solo uno de los mensajes pendientes.

— Estoy a dos cuadras —miento.

Ojalá a la vuelta pueda sentarme. Me encanta viajar mirando el lago.

Photo by Dan Bøțan on Unsplash

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 18 de febrero de 2018.
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