Cómo funciona morir por amor a la ciencia

If a man will begin with certainties, he shall end in doubts; but if he will be content to begin with doubts he shall end in certainties.
 — Francis Bacon

Eran los primeros meses de la primavera de 1626 cuando Sir Francis Bacon paseaba en su carruaje con el Dr. Witherborne, un médico amigo escocés. Venían discutiendo sobre las aplicaciones prácticas del frío. Bacon hipotetizaba que este podía evitar la putrefacción de la carne, pero su amigo lo miraba con escepticismo. Ansioso por probar su teoría, Bacon indicó al chofer detenerse apenas encontraran un lugar donde comprar algo de carne. Dicen que en la nieve se ven los pingos.

Finalmente cerca de Highgate Hill, pudieron comprar una gallina. Luego de desollarla, la llenaron de nieve y la guardaron en una bolsa. Pero parece que la aventura le valió a nuestro héroe un resfrío de aquellos, obligándolo a buscar refugio en la casa de uno de sus aristocráticos amigos, el Conde de Arundel. Según continúa el relato del chismoso John Aubrey en sus Brief Lives, hacía más de un año que la húmeda cama dada a Bacon no se usaba, por lo que a pesar de los cuidados recibidos, no pudo recuperarse y en dos o tres días murió de asfixia.

Nadie se acuesta en la Edad Media y se despierta en la Modernidad. Pero cada tanto el espíritu de una época se manifiesta en la convicción compartida de que es necesario romper con rígidas tradiciones anteriores para abrir camino a una distinta manera de mirar al mundo. Si bien Bacon era un sincero admirador de Aristóteles, eran los seguidores escolásticos de sus doctrinas quienen caían bajo las más severas críticas de su pluma. Para los ojos de Bacon, los escolásticos de la Edad Media en nada habían aportado a la humanidad.

Esta postura en gran parte se alimentaba por los avances de la época. Nacido en 1561, Bacon había visto cómo el uso de la pólvora, la imprenta, el microscopio o el telescopio empezaban a marcar su influencia sobre el desarrollo de la humanidad. Todos estos inventos le debían más a la experimentación fortuita de artesanos que a la especulación filosófica, y es ahí donde Bacon encontraba gran parte del problema.

Si el método aristotélico, especulativo, metafísico y deductivo que se usaba daba menos frutos que la labor “azarosa” de mecánicos y artesanos, era necesario uno nuevo. Durante la primer mitad del milenio se había afianzado el método aristotélico que priorizaba la formulación de axiomas en base a una cierta inducción, pero que rápidamente se precipitaba por deducir conclusiones. La novedad de la propuesta de Bacon, que hoy podría parecernos obvia, era su violento empirismo: la búsqueda de la verdad debía comenzar con la observación metodológica, procurando cuidar cada paso del trabajo científico, y esforzándonos por no caer bajo la influencia de los “ídolos de la mente”.

It is true that may hold in these things, which is the general root of superstition; namely, that men observe when things hit, and not when they miss; and commit to memory the one, and forget and pass over the other.
― Francis Bacon

Estos “ídolos” hacían referencia a las influencias negativas que afectan nuestra capacidad para razonar. Algunas de ellas no podemos cambiarlas, como las que tenemos por el mero hecho de ser humanos que se equivocan, las que nos provoca el lenguaje confuso y poco preciso que usamos y las que vamos incorporando por el entorno en el que vivimos. Pero hay otras influencias negativas, aún más importantes, que podemos contrarrestar: las que ejercen los sistemas filosóficos falsos (o en palabras que podría haber dicho Bacon, “¡váyanse al infierno, malditos escolásticos!”).

Adelantándose por 400 años al problema de las fake news, Bacon no sólo estaba preocupado por luchar contra estos “ídolos” — que hoy llamaríamos falacias o sesgos cognitivos — sino también por criticar a la alquimia, la magia y la astrología. Estas “disciplinas”, según Bacon, estaban basadas en aciertos ocasionales pero no contaban con estrategias para reproducir sus conclusiones de manera controlada. Teléfono para todos los diarios que hoy en día mantienen una columna de astrología: atrasan cuatro siglos, como mínimo.

Creo que son experiencias como el cambio en mi tono de voz al explicarle a alguien las ideas de Bacon, entre la euforia y el atropello, lo que alivia mi tortuoso estudio de la filosofía. Entre los siglos de los siglos que estudiamos en minucioso orden a veces nos topamos con aquellas intuiciones que ya tienen sabores más fáciles de tragar y que — salvando las distancias — parecen apuntar en la dirección de nuestro propio pensamiento.

Si bien fue Thomas Hobbes, secretario y amigo de Bacon en sus últimos años, quien le confió el relato de su muerte a Aubrey — conocido por adornar sus biografías — la historia es probablemente falsa, aunque inspiró muchas apariciones de pollos fantasmales en Highgate.

En cualquier caso, y a pesar de que no nevó en Londres esa primavera, Bacon había estado haciendo experimentos sobre cómo prolongar la vida, aunque no con nieve. Según lo que relata en su última carta, escrita desde la residencia de Arundel, fueron vómitos provocados por la experimentación sobre sí mismo los que lo obligaron a tomar refugio, induciendo su muerte unos días más tarde.

A todas luces, la historia termina siendo casi la misma. Son nuestras obsesiones apasionadas, alimentadas por la convicción racional de que estamos haciendo algo sin precedentes, lo que muchas veces nos inclina a romper con la tradición y procurar la innovación. Bacon no murió abrazado a un pollo sobre la nieve, pero no es difícil admitir que murió por amor a la ciencia.

To the Earle of Arundel and Surrey.

My very good Lord,

I was likely to have had the fortune of Caius Plinius the Elder, who lost his life by trying an experiment about the burning of the mountain Vesuvius. For I was also desirous to try an experiment or two, touching the conservation and induration of bodies.

As for the experiment itself, it succeeded excellently well; but in the journey between London and Highgate, I was taken with such a fit of casting, as I knew not whether it were the stone, or some surfeit of cold, or indeed a touch of them all three. But when I came to your Lordship’s house, I was not able to go back, and therefore was forced to take up my lodging here, where your housekeeper is very careful and diligent about me; which I assure myself your Lordship will not only pardon towards him, but think the better of him for it. For indeed your Lordship’s house is happy to me; and I kiss your noble hands for the welcome which I am sure you give me to it.

I know how unfit it is for me to write to your lordship with any other hand than mine own; but in troth my fingers are so disjointed with this fit of sickness, that I cannot steadily hold a pen…

Here the letter ends abruptly.

Plucked chick” by Sergio Garrido (CC BY-NC-ND 4.0)

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