En la vereda, entre tachos de basura, veo la caja de un televisor. Inmediatamente me maravillo con una idea que se me presenta imposible: cómo será vivir sin pensar en la próxima mudanza.
Mudarse puede ser una experiencia muy intensa.
— Sí, claro — sin titubear alguien siempre agrega — . Dicen que es de las cosas más estresantes que puede vivir una persona.
El dato, por así decir, viene de una investigación de fines de los años 60 en la que un par de psiquiatras buscaron estimar el rol que el estrés podría jugar en distintas enfermedades, aunque en el ránking mudarse quedaba casi al final.
Mudarse, a diferencia de otros eventos, no solo está marcado por el estrés sino por todos los movimientos que implica, y por eso se asocia con niveles más bajos de bienestar general, niveles más altos de estrés y menos relaciones sociales positivas.
Cajas que se llenan con cosas, se etiquetan o no, se almacenan, se regalan, se venden, encuentran su camino hasta su próximo destino, y todo esto mientras las cajas mismas se confunden con recuerdos que, etiquetados o no, se deben volver a enfrentar, apalancados en deseos, frustraciones, éxitos, pasados concretos y otros contrafácticos, futuros y presentes.
Cambia el lugar donde vivimos y un montón de decisiones que bien nos hubiera gustado postergar se vuelven ineludibles e insoportables. La ruptura de la continuidad se nos presenta como un examen para el que rara vez estudiamos todo lo que debíamos y cada paso que damos parece no contar con el apoyo de uno anterior que podemos imitar. Esto va acá, esto va allá, esto se tira, esto se deja, esto se esconde, esto… Uy, me acuerdo de esto, pero no hay tiempo para recordar, que aún quedan dos habitaciones y el baño.
Nos mudamos por todo tipo de razones. A veces porque crecemos y no parece haber lugar — u oportunidades — en el lugar donde nacimos, a veces porque buscamos algo más, otras porque la aventura nos espera en otro lado o porque no tenemos opción. Las mudanzas pueden ser parte de una búsqueda o el desenlace de una situación en la que nadie preguntó nuestra opinión.
A veces nos mudamos porque comprar una casa, y no alquilar, es una opción que ya no tiene mi generación.
Algunas mudanzas se deciden luego de eternas discusiones y otras deben ser ejecutadas con la urgencia propia de la supervivencia. Algunas implican el privilegio de una compañía que no sabemos cuánto merecemos y otras el peso de una soledad que no parece tener comparación.
Todas las mudanzas parecen implicar cierta estupefacción ante la duda de qué significa realmente habitar un lugar. “No hay nada como estar en casa”, se repite, pero nada de sencillo hay en poder explicar qué es realmente una casa.
Una casa, tal vez, solo sea aquel lugar que abandonamos para eventualmente convertirnos en la persona que llegaremos a ser. Una casa, tal vez, es un punto azul pálido en el que toda persona que amamos, toda persona que conocemos, todo aquel de quien alguna vez escuchamos, cada ser humano que ha existido, vivió su vida.
Algunas personas en este mismo momento se sorprenden ante una duda tal porque guardan la convicción de que, finalmente, se sienten como en casa. La mayoría, creo, pensamos en una casa como aquel mítico lugar que quedó a resguardo en el pasado, o bien que nos espera en un futuro, aquel en el que podamos exclamar entre suspiros “¡Qué bueno es estar en casa!”.
Crecí en una casa en la montaña cuya historia era muy fácil de reconstruir. Algunas casas nunca están terminadas del todo, pero esta casita en el bosque parecía jactarse de sus marcas: el cuartito que algún día sería un baño, las vigas que algún día serían un techo, las paredes que algún día habría que voltear para conquistar más lugar.
En aquel barrio, que poco se parecía a un barrio, las casas no se compraban porque no existían y cada una tenía una historia parecida, un pasado compartido. Mudarse, hasta que tuve la edad suficiente, no era un mero cambiar de casa sino también de ciudad. Mudarse, si algo interesante queríamos hacer, no era opcional.
Pero estas casas de madera, tan frágiles y combustibles, siempre estarían ahí. Para volver y contar lo que hicimos, para alojar encuentros en los que pudieran mostrarse fotos y cicatrices, para hacer la mímica de los monstruos que nos cruzamos y contar de los anillos que pudimos destruir allí donde solo hay sombras.
Quizá lo que nadie se detiene en explicar es que cuando nos vamos de casa ya nunca podemos volver.
Cuando nos mudamos deshacemos nuestra identidad, delicadamente articulada en los lugares que conocemos, las personas que queremos y las cosas con las que nos encariñamos. Aterrador como puede ser, también tiene algo de excitante.
Incluso si solo cambiamos de barrio, pero aún más si lo hacemos de ciudad, país o continente, mudarse presenta la oportunidad de alterar nuestra identidad. No es una fantasía poco frecuente, ni una ausente en las ficciones, la de convertirnos en alguien más donde nadie conoce nuestros apodos, nuestros errores o nuestros defectos.
Imposible como resulta la opción verdadera, mudarse parece tener algo de renacer.
Si la suerte está de nuestro lado, algo de agencia tendremos en la búsqueda de un nuevo hogar. Comentamos nuestra búsqueda por aquí y por allí, conscientes de la baja probabilidad pero siempre con un atisbo de esperanza de obtener las llaves de una pintoresca mansión en mera virtud de lo buenas personas que somos.
Con algo más de prudencia, en simultáneo, revisamos obsesivamente los catálogos de las inmobiliarias, que en su mayoría solo muestran espectros de departamentos que ya no están disponibles pero qué bien que se ven esas fotos ahí.
“Solo soy un animal buscando una casa”, cantaba David Byrne, mientras actualizaba el navegador, una y otra, y otra vez.
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Nos preparamos mentalmente para el humillante momento en que debamos implorar a los poderosos amos de la habitabilidad que nos den una oportunidad, ¡solo una oportunidad!, de pagarles el alquiler en tiempo y forma, junto con honorarios, comisiones, tributos, sacrificios rituales, nuestro primogénito y un mechón de pelo de una princesa.
O, mucho peor, garantía propietaria de familiar directo.
Durante días, semanas o meses vivimos en dos o más mundos. El lugar que dejaremos empieza a mostrar sus defectos (o su inapelable perfección), mientras hacemos el esfuerzo de contener a una imaginación que ya quiere vivir allí, donde sea que se pueda, con tal de no tener que seguir viviendo en mudanza.
Una nueva vida nos espera, aunque solo sea a quince minutos a pie, en la que finalmente podremos leer todos esos libros que aún no hemos leído, en la que — esta vez sí — iremos al gimnasio, nos llevaremos bien con el verdulero y haremos todas esas cosas que nunca supimos bien cómo hacer.
Guardamos nuestras cosas, sean las que sean, y cargamos con los lugares en los que vivimos y a las personas que allí quisimos, incluso si ellas no lo saben. No siempre etiquetamos bien las cajas, pero siempre tenemos a mano esa ilusión de, ante tan dichosa oportunidad, poder convertirnos, ahora sí, en la persona que siempre quisimos ser.
Notablemente, lo que nuestra fantasía suele obviar es el riesgo de andar mudándose buscando escapar de una jaula que en realidad transportamos en cada una de nuestras mudanzas.
“Estar en casa” no es más que cierta perspectiva, una relación con el espacio inmediato que nos rodea. Es en las mudanzas que la duda se nos presenta con toda su implacable potencia, y es justo cuando esta sensación se nos parece escapar que no sabemos si alguna vez nos volveremos a sentir así — o si alguna vez realmente lo sentimos.
Mudarse, nos gusta creer, no es un proceso que se extiende eternamente pero es uno que así se suele sentir.
Vivir es entre otras cosas, podemos discutir, ordenar nuestro caos de tal modo que sea tolerable. Organizamos nuestras vidas en pos de que cierta repetición nos traiga el alivio de lo conocido, incluso si solemos fallar en el intento. Mudarnos, en cambio, va directamente en contra de este esfuerzo.
Quizá es por esto que, salvo notables excepciones, no solemos contar con una buena preparación para afrontar una mudanza y más de una vez descubrimos todo lo que no pudimos contemplar con un camión o un taxi en la puerta.
Si tenemos suerte a veces contamos con alguien que por algún motivo logró dominar el arte de mudarse y con algo de paciencia enfrenta nuestra inutilidad con indicaciones de cómo conviene embalar tal o cual cosa, deteniéndose a explicar que encintar cajas y guardar las herramientas siempre se deja para el final.
Catorce veces me mudé y casi como si fuera un récord personal nunca tomé la adulta decisión de contratar a alguien que me ayudara. En cambio, siempre me tomé personal la tarea de mantener viva la tradición de pagar una mudanza con pizza y gaseosas para aquellos amigos que no supieron inventar una excusa a tiempo.
Algunas mudanzas enfrenté con la ilusión de lo que vendría, solo la primera con la seguridad de poder dejar algo por si debía volver.
Quizá por eso siempre guardo las cajas de cuanta porquería compro y algo de envidia siento cuando veo en la basura la caja de algún televisor.
En casa de mi mamá, en Bariloche, sé que hay un puñado de cajas con las pocas cosas que dejé. Sé que no ocupan mucho lugar porque en mi última visita lo usé como argumento a mi favor en una breve discusión con Guadalupe, mi hermana.
Tengo esta idea de que algún día las iré a buscar. Cuando tenga un lugar donde ponerlas — repito y me repito — las iré a buscar y al final de un recorrido las volveré a ubicar en estantes. Algún día, quiero creer, mis cosas ilustrarán mi espacio personal.
Aunque no sea una línea descriptiva en nuestro currículum, las personas solemos ser coleccionistas, si no directamente curadoras de nuestros museos personales. Aprovechamos cada último centímetro de nuestros habitáculos para exhibir aquellos objetos que algo de quienes somos confiamos en que demuestran y esperamos con ansias la oportunidad de contar la historia de nuestros bienes materiales.
En casa exhibimos, también, aquella pequeña jungla que supimos conseguir y una parte no menor del terror propio de una mudanza es el terror que nos induce la idea de que algo le pase a nuestras plantas. Después de todo, una casa no es una casa si no tiene plantas.
Reducir una mudanza al solo evento de trasladarse con un montón de cajas o valijas es algo que solo quien nunca vivió algo así podría aceptar. Incluso si el momento en que comienza una mudanza no siempre está claro, es el momento en que termina el que se nos escapa con mucha mayor facilidad: “Un año más tarde sigo rasqueteando de los rincones a los inquilinos anteriores”, leí en algún lugar.
A veces el alivio se tiñe, por sobre cualquier otra cosa, con el apercibimiento de que ya no queda nada que guardar sino mucho que sacar. Algo seguro se perdió, algo seguro se rompió, pero la tormenta ya pasó. El duelo de la mudanza, parece ser, también merece su historia. No importa cuántas cajas armemos, en la casa que dejamos queda también la persona que alguna vez allí fuimos. Qué difíciles son algunas despedidas.
Es nuestra afinidad por la curiosidad, cierto apetito por el asombro, la que nos vuelca hacia la búsqueda de novedad, incluso si esta a veces nos intimida. Dejar atrás lo conocido no se vuelve más fácil pero es en el esfuerzo de abrazar lo nuevo que el mundo nos muestra otros colores.
La belleza de los lugares, si tomamos la tarea con responsabilidad, se nos presenta en los detalles, en los instantes en los que nos dejamos abrumar. Es con curiosidad que el dolor propio del abandono de lo conocido se vuelve más tolerable. Quizá algún vecino nos devuelva una sonrisa, quizá encontremos un café en el que el tiempo corra distinto o un parque cuyo verdor sea insoportable, tal vez un día todo esto sea lo que extrañemos en la próxima mudanza.
Una casa es a donde podemos volver para que nos espere un plato de sopa cuando volvemos de donde viven los monstruos. Una casa, sin menospreciar a la arquitectura, es un espacio de posibilidades, un infinito hacia adentro que solo podemos explorar cuando ya no nos tenemos que mudar.
“En casa es donde quiero estar, pero supongo que ya estoy allí”, concluía David Byrne.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 4 de agosto de 2024.
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