Nadie tiene tiempo en estos días. De nuestros calendarios brotan citas y compromisos que debemos cosechar continuamente y la improvisación es un lujo que cada tanto nos permitimos, sabiendo que corremos el riesgo de tropezarnos. Tan es así que cuando alguien muere le deseamos que, finalmente, descanse en paz.
La falta de tiempo libre se convirtió en una marca de estatus, un detalle de nuestras vidas que al soltarlo ocasionalmente en una conversación señala nuestra autopercibida importancia. Y si nos sobra tiempo es porque nos sobran privilegios. Quién pudiera quedarse en la reunión cuando se pone interesante sin tener que salir corriendo al próximo compromiso.
Cuantas más responsabilidades colman nuestra agenda, parecería ser, más importantes somos. Tan es así que nuestras conversaciones giran cada vez más seguido en torno a la enumeración de todas las cosas que hicimos, hacemos y debemos hacer, y ya no en torno a las posibilidades que abren los momentos en los que nada tenemos que hacer.
Y no solo de tener larguísimas listas de pendientes se trata, sino de ocupar nuestros pensamientos obsesivamente al respecto. Una persona que viaja en colectivo pensando en sus quehaceres no está más ocupada que otra que está trabajando en ellos, pero bien puede sentirse mucho más atribulada. No solo atestamos nuestras vidas de pendientes sino que no podemos parar de pensar en ellos.
Y a todo esto se le suman también las tareas domésticas mal distribuidas, lo cual explica por qué cuando se trata de grandes listas de pendientes el panorama puede ser muy distinto para un varón o una mujer. A veces, aunque no las incluyamos en nuestras meticulosas listas, las tareas que relacionamos con el mero tránsito de nuestras vidas también ocupan el tiempo que podría haber sido de hacer nada.
“No alcanza con estar ocupados”, le escribió Henry David Thoreau a su amigo H. G. O. Blake en 1857, “también lo están las hormigas. La pregunta es qué nos tiene tan ocupados”. Algún tiempo más tarde, en el invierno boreal de 1928, el economista John Maynard Keynes escribió un breve ensayo acerca de las “posibilidades económicas de nuestros nietos” en el que imaginaba cómo se vería el mundo un siglo más tarde. En su optimismo encontraba que probablemente la jornada laboral se acortara a tres horas y con quince horas semanales nuestras responsabilidades bien podrían estar cubiertas.
Incluso cuando al poco tiempo sucedió uno de los colapsos económicos más importantes de la historia, el viejo Keynes confiaba en que no sería más que un tropezón que no impediría el prometedor futuro que nos esperaba. El desafío sería, entonces, resolver qué haríamos con tanto tiempo libre y, casi en un eco de ideas que un siglo antes había desarrollado Karl Marx, la preocupación estaba en cómo lograríamos un saludable interés por la ciencia y “el arte de la vida”, que no es otra cosa que la capacidad de disfrutar de la abundancia una vez que esta se manifiesta.
Hoy, sin embargo, le tenemos una insoportable alergia al aburrimiento y sospechamos de todo aquello que no nos entretiene. El tiempo ocioso es visto como algo a lo que aplastar y sacar el jugo como si estuviéramos pisando uvas para hacer vino. Para todo lo que sí pudo predecir Keynes produce perplejidad cómo pudo haber leído tan mal la relación que los humanos supimos desarrollar con el esparcimiento.
Gran parte de los desarrollos tecnológicos que hicieron más brillante aquel futuro tuvieron que ver con hacer las mismas tareas en menos tiempo. Pero del mismo modo que las máquinas de escribir y los procesadores de texto redujeron el tiempo que tomaba hacer un montón de cosas, el tiempo que quedó disponible fue ocupado con hacer más cosas y no con el goce mismo del arte milenario de no hacer nada.
Y es que quizá esta lectura distorsionada de la naturaleza humana deja de lado nuestra inevitable tendencia a ocuparnos con tareas, que se suma a la desdichada ansiedad que nos provoca pensar en que hay algo que no estamos haciendo pero bien podríamos estar atendiendo.
Quizá sea que me estoy volviendo viejo y que al pasar las hojas del calendario el papel humedecido por los años tenga un peculiar efecto en mis pensamientos, pero desde hace algún tiempo que al igual que una comezón que no logro rascar, o una astilla que no logro quitar de mi piel, en algún lugar de mi cráneo se resiente el tiempo que no paso haciendo nada.
Mi vida tiene la particular tendencia a nunca dejar de ser entretenida. Creo que hasta podría demostrarlo empíricamente, pero como más de una vez me recordó mi amigo Franco, mi problema es que siempre tengo demasiadas propuestas interesantes. Y como jamás pude dar por sentado que en algún momento el mundo se daría cuenta de que soy un impostor, termino padeciendo tener una vida llena de aventuras.
No es, ni por asomo, que no disfrute de tener más anécdotas que las que puedo recordar ni el codiciado privilegio de saber que si así lo quisiera jamás me aburriría, pero cada vez más siento que en algún momento —vaya a saber uno cuando— debería parar un poco. Quizá solo un instante, suficiente como para respirar, girar la cabeza y disfrutar no solo de mirar a la cima sino de sentir un poquito de vértigo al escudriñar el sendero que ya empieza a borrarse.
Es raro, me parece, todo esto de no tener tiempo. Al ser una persona que piensa todo el tiempo es muchas veces mientras duermo, aquellas noches en que mi cerebro no apaga la luz, que más padezco tanta actividad mental. Y es por eso que cuando en absoluta vigilia puedo sentarme en un patio, lejos de cualquier entretenimiento, y prender mi pipa solo para absorber el mundo a mi alrededor como si de tomar sol se tratara, es que algo de todo esto se manifiesta.
Las guerras no solo traen infinita desdicha sino también una miríada de historias. Y muchas de ellas, a lo largo de los siglos, continentes y conflictos, se repiten. Durante la Guerra Civil estadounidense, por ejemplo, los soldados de la Unión y los Confederados se veían como enemigos, al menos hasta que la actividad cesaba y no había mucho que hacer. Era en aquellos momentos que en improvisadas treguas ambos bandos se sentaban juntos, con las armas en el piso, a compartir cigarrillos, café, comida y anécdotas.
“La guerra es 99 por ciento aburrimiento y 1 por ciento absoluto terror”, va el dicho. En contra de las indicaciones de sus generales, estos soldados conversaban animadamente y olvidaban por un momento que en horas, o días, estarían disparándose nuevamente. Pero durante aquellos momentos de tiempo fuera del tiempo todo eso era obviable y ni siquiera la más inmediata realidad tenía fuerza suficiente.
Por supuesto que aplicar esta fórmula a nuestras vidas podría ser un grotesco desatino, y la proporción de aburrimiento en nuestras vidas hoy difícilmente podría arañar ese porcentaje, pero quizá cada tanto sea buena idea apoyar las armas y sentarse a compartir con nosotros mismos.
A quién se le ocurre que no tener un solo momento para respirar es vivir. Muy por el contrario, todo apunta a que si no lo hacemos nos podemos asfixiar.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 19 de enero de 2020.
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