“Y contame, Valentín, ¿a veces escuchás voces?”, preguntó Antonio.
Esto me resultó un poco extraño: apenas responderle hubiera sido indicación suficiente de que, en efecto, escucho voces. Ante la duda, consulté: “¿Voces como la tuya en este momento?”. Yo no era quién para decirle a un psiquiatra cómo hacer su trabajo.
“No, me refiero a voces que otras personas no escuchan”. Eso tenía mucho más sentido.
La mayoría de las personas atribuimos a nuestra inmensa vida interna un montón de palabras, una suerte de monólogo interno que ordena nuestros pensamientos. Este no es un “discurso privado”, como el que ocurre cuando nos hablamos en voz alta, sino más bien cierta conversación que ocurre dentro nuestro cuando miramos el techo en una sala de espera, cuando nos aburrimos en una clase o cuando lavamos los platos.
Ambos fenómenos parecen cumplir un montón de roles en nuestra vida cotidiana, desde ordenar nuestras experiencias — y, en consecuencia, nuestra memoria — o ayudarnos a planificar lo que hacemos, hasta regular nuestras emociones y acompasar nuestra creatividad. Cuanto más joven es la persona más discurso privado suele haber y menos monólogo interno, una proporción que se revierte a medida que crecemos, algo sencillo de verificar en cualquier jardín de infantes.
Quizá uno de los primeros en detenerse a estudiar el discurso privado de los niños fue Jean Piaget, cuyo Le langage et la pensée chez l’enfant (1923) inauguró el campo. Según su teoría, este tipo de expresiones reflejaban la incapacidad de los niños para adoptar perspectivas ajenas y adaptar su habla a sus interlocutores. Este discurso privado sería, entonces, un resultado del fracaso para comunicarse.
Unos pocos años después, el psicólogo ruso Lev Vygotskiĭ tomó la posta y ofreció una explicación diferente: los niños se apropian deliberadamente de palabras que usaron en interacciones sociales previas. En vez de utilizar el lenguaje para regular estas interacciones, juegan con él para practicar regularse a sí mismos. Esta explicación rival es la que ha sido mayormente aceptada desde entonces.
Esta historia acerca de cómo empezamos a escuchar a las voces en nuestra cabeza o, mejor dicho, acerca de cómo empezamos a prestarles atención como objeto de estudio, es la que recupera Charles Fernyhough en The Voices Within (2016). Su propio recorrido académico da cuenta del renovado interés que apenas hace algunas décadas logró el curioso fenómeno de nuestros monólogos — y conversaciones — internos.
Lo que Vygotskiĭ sugería era que el silencioso monólogo interno de los adultos es una versión internalizada de las conversaciones que mantenemos con otros cuando nos desarrollamos en la infancia. Esto también parece implicar que la estructura de este discurso es análoga a la de una conversación: un intercambio de puntos de vista.
No debería sorprendernos, entonces, que Platón insistiera en el quehacer filosófico como una cuestión dialógica. Pero también pone de manifiesto mecanismos de control: cuando un sistema inteligente — como una persona o, al menos, ciertas personas — decide cómo actuar suele hacerlo en respuesta a una idea acerca de cómo actuar. Si a un sistema hay que decirle cómo actuar, por ejemplo a una computadora, entonces parece carecer de un aspecto esencial de la inteligencia.
Algo interesante que marca Fernyhough es que las conversaciones generalmente son abiertas e implican un proceso de autorregulación entre interlocutores. Hacemos preguntas, respondemos, acordamos, y no suele haber un tercero que marque hacia dónde ir. Esto parecería condecirse con la naturaleza de nuestros pensamientos, que generalmente no tienen un objetivo claro. Como cuando nos quedamos pensando en qué tan probable es que en nuestra vida nos hayamos cruzado dos veces con la misma paloma.
Cuando dialogamos, también, debemos mantener actualizada nuestra representación del punto de vista de la otra persona. Era precisamente la ausencia de esta toma de perspectiva lo que argumentaba Piaget para explicar el discurso privado infantil. No solemos saber qué piensa la otra persona, y por eso es que a medida que hablamos vamos tomando notas mentales acerca de sus pensamientos, a veces con anotaciones al margen como “alerta: desierto cerebral” o “una pregunta más y va a pensar que soy un idiota”. Es lo endeble de estas anotaciones mentales lo que suele prestar a los malentendidos.
Fernyhough, como muchos investigadores, no puede resistir la tentación de meter a personas en resonadores magnéticos para espiar en sus cerebros. Y por eso no perdió oportunidad de meter a su equipo en uno para estudiar las voces en sus cabezas. A partir de la sospecha de que los diálogos internos se suceden utilizando las mismas partes del cerebro que cuando dialogamos, en sus experimentos encontraron que había dos formas observables de discurso interno.
Primero le pidieron a los participantes que generaran un monólogo interno que no implicara una conversación. Y recién luego les pidieron que tuvieran un diálogo interno. Tal como esperaban, pudieron observar que ambas formas discursivas activaban las zonas del cerebro vinculadas al habla, en particular, las regiones entre el lóbulo frontal izquierdo y los lóbulos temporales, y otra región en la parte de atrás del cerebro llamado giro temporal superior. Pero en el caso del diálogo interno también se activó parte del hemisferio derecho, cerca del encuentro entre los lóbulos temporal y parietal, que se vincula con nuestro funcionamiento social y nos permite representarnos pensamientos, creencias y deseos ajenos.
Pero si algo es indispensable para hacer ciencia es no enamorarnos de nuestros resultados y mantenernos siempre alertas, no tanto persiguiendo demostrar en dónde tenemos razón sino en dónde podemos habernos equivocado.
El desafío de estudiar el fenómeno de la voz en nuestra cabeza es que el contexto importa y no es lo mismo cuando nos estamos bañando y nos preguntamos en cuántas fotos de vacaciones de personas que no conocemos aparecemos, que cuando un científico nos mete en una máquina y nos dice: “Bueno, ahora pensá en un monólogo. Bien, ahora hablá con vos mismo. Ya podés vestirte”.
(Quizá desnudarse no era necesario pero así es como elegí imaginarlo).
Afortunadamente, si algo caracteriza al apetito por el asombro es la perseverancia, y Fernyhough y su equipo diseñaron otro experimento para ver si podían capturar in fraganti a aquellas voces mentales. A cada participante le dieron un aparatito que cada tanto sonaba y había que anotar en qué estaba pensando, sintiendo, escuchando y demás justo antes de que el aparato sonara. Luego estas notas fueron filtradas para quedarse únicamente con el discurso interno.
Incansables, invitaron a los participantes a meterse nuevamente en el resonador y recitar ciertas palabras en silencio. Cuando el bip sonaba debían dar cuenta de si había un discurso interno o no. Dado el entrenamiento — de investigadores y participantes — distinguir los fenómenos se volvió gradualmente más sencillo.
Las diferencias eran notables. Mientras que la repetición de palabras activaba la región de Broca, implicada en la producción del habla, el discurso interno espontáneo activaba el área de Heschl, vinculada con la percepción auditiva.
Estos patrones claramente distintos muestran que cuando se le pide a las personas que se hablen a sí mismas se activa la región del cerebro vinculada al habla y se desactiva aquella vinculada a la escucha. Pero cuando ocurre el diálogo interno la primera apenas se activa mientras que aquella vinculada a la escucha muestra mayor actividad. Es decir, se producen patrones opuestos de actividad cerebral.
Una de las cosas que Vygotskiĭ había notado era que monólogo y diálogo no eran las únicas formas en que nos hablamos, sino que a medida que internalizamos el lenguaje para formar un discurso privado y luego un discurso interno, cambia su forma. Nuestro lenguaje se abrevia y se condensa. Cuando sentimos olor a quemado podemos pensar: “Dejé la comida en el horno y colgué”, o bien simplemente pensamos “el horno” o, más sintéticamente, “qué boludo”.
Como de algún modo el contexto de lo que nos decimos está presupuesto, generalmente no hace falta ahondar en detalles. Como remarcó Nabokov en una entrevista en 1964: “No pensamos en palabras, sino en sombras de palabras”.
Indagar en la forma en que la voz — o voces — en nuestra cabeza operan en nuestras vidas bien podría ser una clave para entender mejor cómo funciona la creatividad. Como Fernyhough explica, una vez que incorporamos en nuestra arquitectura mental la capacidad de tener conversaciones internas, podemos no solo nutrir nuestra introspección, sino que podemos hablar con entidades que no están ahí, tanto porque ya no están, porque están lejos, o porque nunca existieron.
Detrás de la pregunta de Antonio había un montón de presuposiciones. Para empezar, que podemos diferenciar entre nuestra voz interna y la de otras personas. Incluso quienes “escuchan voces”, ahora que entendí a qué se refería, suelen poder distinguir su voz interna de las voces que escuchan. Esto es algo que tenemos naturalizado.
Sin ir más lejos, no encontramos problema en entablar una conversación acerca de algo que nos llamó la atención comenzando con un “el otro día me preguntaba…”, y la mayoría de las personas no responderán con un: “Perdón, ¿quién te preguntaba?” O quizás sí, si nos ponemos a hablarle a un desconocido en la fila del supermercado, en cuyo caso nos dirán: “Perdón, ¿quién te preguntó?”
Cuando leemos, por ejemplo, usamos las mismas partes del cerebro que cuando escuchamos a otra persona. Quizá esto explica por qué leer muchas veces nos hace sentir menos solos. Muchas veces, incluso tiempo luego de haber leído un libro, las voces de los personajes nos siguen resonando en la cabeza. Estos descubrimientos, explica Fernyhough, pueden darnos pistas acerca de cómo nuestra mente representa las voces y personajes de los seres sociales con los que compartimos el mundo.
Curiosamente, la voz interna no siempre usa palabras. Vygotskiĭ ya había señalado que las palabras funcionan como herramientas psicológicas, pero no son las únicas. Las personas sordas tienen monólogos internos en lengua de señas y muchas de ellas son de hecho bilingües. Sorprendentemente, o no tanto, el bilingualismo presenta un montón de profundas preguntas acerca de nuestras conversaciones internas.
Un truco que usa Fernyhough en sus presentaciones es preguntarle al auditorio si alguien habla más de un idioma. Cuando alguien levanta la mano les pregunta en qué idioma piensa. El solo hecho de que podamos pensar una respuesta a esa pregunta indica que la misma tiene sentido. Si nuestros pensamientos fueran no verbales la misma carecería de sentido.
En cualquier caso, vale la pena insistir, el discurso interno resulta ser la manera en que la mayoría de personas pensamos, pero de ninguna manera es la única, aunque encontrar ejemplos de pensamiento en ausencia de lenguaje es particularmente difícil. En los casos de afasia las personas generalmente no pierden su discurso interno porque perdieron sus funciones lingüísticas luego de haber aprendido a hablar e incorporarlo.
Más complejo es indagar en el discurso interno en casos de personas autistas no verbales, cuyo diagnóstico suele definirse en torno a las dificultades con el lenguaje y la comunicación. La escasa evidencia que tenemos apunta a que tienen un discurso interno pero este no parece tener una estructura dialógica como en las personas neurotípicas. Esto podría servir para explicar las dificultades para socializar de las personas en el espectro: la menor participación en diálogos sociales vuelve mucho más difícil internalizarlos.
Lo que la ciencia, y la filosofía, de la voz en nuestra cabeza nos remarca inagotablemente es que no se trata de un fenómeno solitario. Gran parte de su poder reside en la forma en que organiza un diálogo entre distintos puntos de vista, pero también en la forma que ordena nuestra propia experiencia del mundo. Nuestro cerebro evolucionó para cumplir con una plétora de funciones que requieren de ser integradas entre sí, como un collar cuyas cuentas representan las imágenes, sonidos, sentimientos, y la diversidad entera de vivencias que acumulamos durante nuestro tiempo en la Tierra.
Lo que nos decimos, de más está decir, es crucial a nuestra salud mental, pero nuestro discurso interno no solo opera en pos de la autorregulación sino que también nos condiciona en un sentido más amplio.
Es la misma voz en nuestra cabeza la que nos puede decir que no vamos a poder, que no nos van a querer, o que hay un buen motivo por el cual nadie nos quiere, la que puede ser entrenada para que nos halague por cómo tenemos el pelo, nos recuerde lo que hemos logrado, o nos sople las respuestas durante un examen.
O también puede ser ignorada, que es a lo que suelen apuntar muchas rutinas de meditación.
En sus últimas páginas Fernyhough nos advierte que cuando nos dejamos de hablar corremos peligro de perder la noción de quiénes somos.
Quizá sea bueno escuchar esa voz que nos puede enseñar cosas que no sabemos, sorprendernos y hacernos reír. Nos habla alguien que no solo parece conocernos sino que también puede recordarnos quiénes somos.

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, y recibir contenidos exclusivos, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 5 de abril de 2020.
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte acá. Además, podés encontrarme en Instagram, Facebook o Twitter.

