Casi no tenía más voz. Alguien se asomó por detrás de la puerta de chapa para preguntar qué hacíamos ahí. Julián, mi hermano, y yo llevábamos quizás cuarenta minutos recorriendo los alrededores del Parque Lezama, los recovecos debajo de la autopista en la calle Balcarce y los estacionamientos casi vacíos. No lográbamos distinguir un solo maullido. El eco de la batucada de los domingos se alejaba. Las viejas calles de adoquines se iban iluminando.
No sabíamos bien cómo, pero Turing no estaba. En algún momento de la tarde, cuando mi hermano en un desfile interminable de cajas cargaba sus cosas en un camión, mi gato había desaparecido. Me enteré varias horas más tarde, saliendo del Cine Gaumont. Estaba con el skate, así que pateé y pateé, ignorando cualquier cansancio, como si diez o veinte minutos fueran a hacer la diferencia. Aquella noche, luego de la primer búsqueda, decidí quedarme en el living que daba a la calle, como si dormir ahí fuera a darme alguna ventaja para encontrarlo.
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Dormir es un decir, porque no pude apagar mi cerebro ni por un segundo. A las cinco de la mañana di una vuelta más y recorrí los mismos lugares. El circuito de estacionamientos, las calles, la plaza, abajo del puente. Volví a casa y me quedé mirando la niebla por la ventana. No había nada más. No podía pensar en otra cosa que en encontrarlo. Todo era soportable, menos tenerlo lejos.

Anoche tuve una crisis nerviosa. No es que esté siendo un mal año; pero está siendo un año extraño. Turing tiene la peculiaridad de ponerse a tono con mis estados de ánimo. Esta vez no fue la excepción. De un momento a otro dejó lo que estuviera haciendo — algún baño nocturno, alguna siesta, alguna travesura — para instalarse al lado mío, encima mío, alrededor mío.
Apenas un mes antes de adoptarlo había recibido algunas noticias sobre mi forma de ver al mundo que abrían un catálogo enorme de cosas nuevas que aprender. En sintonía con esas noticias aprendí a convivir con Turing, y aprendí a convivir conmigo mismo.
No es exagerado — ni siquiera lejano a la realidad — afirmar que todos los gatos son un poquito extraños. Siempre me resultó divertido cómo Turing y yo reaccionamos igual a estímulos similares. Saltamos con cualquier estridencia, nos molestamos con olores fuertes, y podemos necesitar cariño en algún momento para poder estar tranquilos de nuevo. Pero la mayor parte del tiempo simplemente queremos hacer cada uno lo suyo, sin que nos interrumpan ni nos incomoden. Nos llevamos muy bien.

Desde hace casi un año y medio Turing y yo vivimos con Mayra y Olivia. Mayra es la persona que más me quiere en el mundo, pero esta no es una historia sobre humanos. Olivia, en cambio, es la gata más redonda del mundo. Creo que no entiende del todo cómo funciona ronronear, y creo que aún no entiende que va a tener que acostumbrarse a vivir con Turing. Ambos, a su manera, hacen que nuestro departamento, bastante lindo, sea hermoso.
A veces me aterra la dificultad para imaginar una cotidianeidad con menos pelos por todos lados, con noches en las que pueda dormir sin que me despierten, y sin tener que preocuparme de mantener limpio el baño de alguien más. Pero más me aterra no tener a mi “persona no humana” — como dice Alejandro — cerca, para recordarme que no todo es tan terrible.
Aquella noche en San Telmo, Turing no se había perdido. Resultó que al irse del departamento no fue a la calle, sino hacia los pisos de arriba. No había terminado de pegar el primer cartel en la puerta de casa cuando una señora me comentó que el del 5to piso había “encontrado a una gatita” (sic) la noche anterior y “la” había adoptado.
Mientras termino de pulir estas palabras Turing duerme a los pies de la cama. Hoy cumple cinco años, que resultan coincidir con cinco años atiborrados de viajes por el mundo y aventuras de todo tipo.
Infinita es la suerte que tuve yo de que él me haya adoptado a mí.


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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 28 de mayo de 2017.
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