Cómo funciona nuestro cerebro cuando leemos

Leer un libro es como pasear por el bosque. O al menos así es como lo viven nuestros cerebros.

Solemos pensar en la lectura como si fuera una actividad cerebral restringida al orden de lo abstracto. Una nube de pensamientos, ideas, palabras, oraciones, metáforas y algún que otro sinsentido sobrevolando sobre nuestras cabezas. Pero para nuestro cerebro un texto no es más que un aspecto más del universo tangible que habitamos. Aún más, para nuestro cerebro las letras no son más que objetos físicos porque no tiene otra forma de entender.

A diferencia de la vista o el habla, no hay ninguna programación genética directa que pase la capacidad de leer de generación en generación. En términos evolucionarios, leer es una invención cultural más bien reciente. Es por esto que Maryanne Wolf dice que no nacimos para leer.

En su exhaustivo Proust and the Squid (2007) lo que Wolf explica es que nuestro cerebro no está cableado para leer: si bien la evolución nunca se detiene, parecería ser que nuestros cerebros no tienen cambios significativos desde hace algo así como cuarenta mil años, cuando la escritura no apareció hasta hace poco más de 5 mil. Nuestros cerebros no evolucionaron para leer, pero sí lo hicieron para caminar por el bosque como si fuera un libro, y viceversa.

Cuando leemos nuestro cerebro improvisa. Toma circuitos neuronales de distintas regiones, como aquellas dedicadas al habla, la coordinación motora y la visión, y las entrelaza para poder leer. Luego estos remixes son adaptados para el reconocimiento y la clasificación de objetos: esto es una manzana, esto es una naranja, este es un horóscopo, todo esto es pura fruta. Y tal como aprendemos a reconocer de cada fruta sus distintas características—si tiene cabito, si su piel es rugosa, si carece absolutamente de sustento científico—reconocemos cada letra por su configuración particular de líneas, curvas y espacios vacíos.

Aprender a leer es como aprender a hacer malabares: empezamos con una pelotita, luego otra, y luego otra. Lo logramos recién cuando sincronizamos el movimiento de las tres. Las tres pelotitas en el aire para leer implican aprender que las palabras están hechas de sonidos (fonemas), luego que estos se corresponden con grupos de letras, y por último que estos grupos son palabras, todo sin que ninguna se caiga. Entre los 5 y 7 años los niños dominan estos malabares y aprenden a leer. Pero es precisamente porque leer es algo tan ajeno a nuestros cerebros que la dislexia puede explicarse: a algunas personas les cuesta mantener una u otra pelotita en el aire.

En los ojos de nuestro cerebro un texto no es más que un paisaje. Al leer construimos representaciones mentales que anclan su significado en la estructura textual. Aunque mucho queda por descubrir de la naturaleza exacta de estas representaciones, podemos sospechar que se trata de mapas mentales análogos a los que hacemos cuando paseamos por montañas y senderos, o cuando recorremos un supermercado, un departamento o una oficina.

Es muy frecuente recordar no la página en la que leímos algo pero sí en qué parte de la página lo habíamos leído (esquina inferior izquierda de la página izquierda, por ejemplo). Esto es análogo a cuando recordamos que justo antes del bosque de arrayanes había un árbol caído que marcaba el último tramo del sendero, aunque no sepamos exactamente a qué distancia queda.

Por esto es que la experiencia de leer un libro en papel se nos hace tan distinta a la de leer en uno electrónico. Un libro abierto se nos presenta como un terreno a ser recorrido. Una página de un lado y otra del otro, ocho esquinas pero solo una de ellas marcando el comienzo y otra el final. El libro en nuestras manos nos permite sentir que avanzamos: un lado se engrosa y el otro adelgaza con cada página que pasamos.

“Pasar de página en un libro de papel”, escribe Ferris Jabr, “es como dejar una huella tras otra en un sendero. Implica cierto ritmo y un registro visible de qué tan lejos hemos llegado. Todo esto no solo hace que el texto de los libros de papel sea más fácil de navegar, sino que también facilita la formación de un coherente mapa mental del texto”. Quizá es por eso que para quienes crecimos leyendo en papel y no tanto en pantallas algo siempre se sienta un poco fuera de lugar cuando tratamos de forzarnos a abandonar el papel.

Pasear a lo largo de un texto en pantalla tiene algo que no termina de cerrar. A través de la pantalla se nos hace más difícil navegar el escrito y mapear su recorrido en nuestras mentes. Subidos a un texto digital lo navegamos como si quietos el río se moviera a nuestro alrededor pero nosotros no. Saltamos de un punto a otro más como si nos teletransportáramos que como si saliéramos a caminar.

Y si escribir es bailar sobre el papel, leer es hacer que la coreografía cobre vida una vez más: cuando leemos se activan las regiones motoras del cerebro vinculadas con plasmar esos símbolos en papel. No por nada, como comenta Stanislas Dehaene en Reading in the Brain (2009), en las escuelas Montessori se le pide a los estudiantes que sigan con sus dedos la silueta de letras recortadas en papel para ejercitar tanto la vista, el tacto como la orientación espacial y así imitar el gesto con el que se recortó cada una.

Con el contexto disuelto en la inmediatez, perdemos el mapa. En nuestros libros electrónicos solemos ver una sola página a la vez. La pasamos y se perdió. “En vez de caminar por el sendero, los árboles, rocas y musgos se mueven a nuestro alrededor sin que podamos percibir el rastro de lo que vino ni de lo que vendrá”, resume Jabr.

Es la sensación implícita de saber dónde estamos en un libro físico lo que se pierde en la maravilla de lo electrónico. Fijamos menos lo que leemos en pantallas, sentimos que tenemos menos control del texto, e incluso se nos escapan las serendipias: al buscar palabras clave en vez de leer disminuímos las chances de que las ideas hagan clic. Disolvemos el contexto y con él se pierde el sentido.

Aunque hay quienes confían en que grandes conversaciones acerca de un libro pueden darse entre dos personas que no lo leyeron — como atestigua cualquier discusión en el patio de mi facultad — la experiencia de vivir un texto en todo su esplendor parece estar íntimamente vinculada con su fisicalidad.

Leer, dice Wolf, no solo nos liberó de las restricciones de nuestras memorias sino que también nos dio el “regalo del tiempo”: al volverse automática nuestra lectura, más tiempo nos queda para poder pensar. Y cuanto más leemos, leemos distinto. Y así lo que pensamos puede volcarse nuevamente en palabras. Y todo esto con cerebros que son estructuralmente idénticos a los de aquellos que perseguían mamuts.

Quizá en esto reside lo maravilloso de nuestros cerebros lectores: leer remodela nuestros palacios mentales y con ello nuestra forma de pensar. Hermann Hesse lo dijo mejor: “Sin palabras, sin escritura, y sin libros no habría historia; no habría concepto de humanidad”.

Pero sin lectura también nos quedaríamos sin muchos paseos. O al menos así es como podemos vivirlo.

“童梦” by 鬼画胡子 Guihuahuzi (CC BY-NC-ND 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 9 de diciembre de 2018. 
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