Cómo funciona patinar

Entre 1975 y 1977 California sufrió la peor sequía de su historia. En las mochilas de los inodoros se ponían ladrillos para ahorrar agua, se dejaba que el césped se pusiera marrón y hubo que acostumbrarse a los “baños cortos”. Tal era la situación que los vecinos se organizaban para denunciar a los derrochadores y en una jornada que pasó a la historia, Raymond y Phyllis Olson, de San Francisco, tuvieron que ver cómo les cortaban el agua frente a las cámaras de televisión. Su patio era — sospechosamente — el único verde de toda la cuadra.

Pero entre las malas noticias, aquellos calurosos veranos también dieron lugar al segundo renacimiento del skateboarding. Con el calor prácticamente todas las piscinas se habían evaporado y vuelto inútiles bajo los rayos del sol. Esto las había convertido en terreno de experimentación para los skaters, que además de practicar un deporte hacían un despliegue estético. Esto es lo que cautivó a Hugh Holland que durante aquel fatídico verano, al ver cómo los adolescentes saltaban por los aires, dedicó cuatro años a documentar su coreográfica gracia. Sin saberlo, Holland estaba registrando el comienzo de una era.

Mi propio contacto con el skate llegó de la mano de un compañero de la primaria. Luego de algunos atropellados años, donde siempre me había sido difícil hacer amigos, fue en el último año que finalmente me hice de un pequeño grupo. Julián y Mariano, mis nuevos compañeros, ya hacía algún tiempo que patinaban. Con 12 años y demasiada energía, el tiempo que no pasábamos patinando, lo pasábamos jugando al Tony Hawk Pro Skater 2 (el juego que cambió todo), escuchando blink-182, Bad Religion y Millencolin, diseñando aparatos que nunca construiríamos y fantaseando con lo que haríamos cuando dejara de llover — o nevar.

Nunca se me dio por el deporte, por así decirlo. O, mejor dicho, siempre fui el último que elegían para el equipo en clase de educación física. Pero en el skate había algo diferente a cualquier otra actividad que hubiera practicado antes. Para empezar, no parecía ser relevante mi particularmente baja estatura. Uno de los skaters más ágiles de la ciudad, Agustín, era incluso más bajito que yo. Eso, por más extraño que suene, era alentador en un mundo donde los deportes parecían relegados a aquellos con cuerpos un tanto diferentes al mío. El skate me cautivaba: dependía del equilibrio, la prueba y el error, el cálculo y el ensayo mental. El skate recuperaba lo coreográfico del baile y le sumaba adrenalina. Era, sin más, una competencia con uno mismo.

Lejos de sequías californianas, en Bariloche abundaba más el ripio que el asfalto. El único playón al que tenía acceso medía apenas tres por tres. Pero no importaba. Podía pasar todas las tardes, luego del colegio, intentando lograr el ollie, el salto básico en skate. Una, dos, cien veces, hasta que saliera. Aquella sensación de éxito — de desafío finalmente superado — que me invadió la primera vez que me despegué del suelo y volví a caer es algo que siempre voy a añorar. El skate me daba la confianza que nada más me daba. No sólo por lo tangible de la superación personal, sino porque después de todo era también un medio de transporte.

Algunos años más tarde, cuando la angustia adolescente no sólo estaba en las canciones que escuchaba, el skate era un escape a todo lo que estaba mal. Arrinconado a hacer cosas solo, mi típica noche de viernes consistía en editar Wikipedia hasta la primera luz del alba y luego salir a patinar por la ruta de casa. Me ponía los auriculares y durante una hora hacía slalom por esos 500 metros en pendiente. Luego, subía caminando y me volvía a tirar. De vuelta en casa, mi mamá ya se había levantado y yo aprovechaba para irme a dormir.

El skate, más allá del cliché, suele venir acompañado de todo un catálogo. La forma de vestir, la música, la pose — aunque no en sentido despectivo. El skate nos enseña conceptos de física, nos ayuda a luchar contra la gentrificación e incluso puede devolvernos nuestra noción de pertenencia a la comunidad. Practicar skate no es una mera actividad sino, más frecuentemente, un estilo entero, que moldea nuestra personalidad. El skate aún hoy me define, zapatillas, música y todo. Me encantaría poder decir que solo fue una etapa y que ahora, como adulto responsable, ya no lo hago más.

“I’ll tell you one of the great activities is skateboarding. To learn to do a skateboard trick, how many times do you have to get something wrong until you get it right? And if you learn to do that trick, now you’ve got a life lesson. Whenever I see those skateboard kids, I think those kids are going to be alright.”
 — Jerry Seinfeld

Mi skate es el único objeto que conservo desde hace tantos años. Es la misma tabla con la que logré aquel primer ollie, que resistió a cientos de salidas, y a un buen número de viajes. Sigue siendo la primera respuesta que se me cruza cuando me preguntan si practico algún deporte, aunque mi promedio de salidas sea un tanto vergonzoso. Y aún es aquel recurso de escape que puede llevarme lejos si necesito un poco de espacio para pensar. A veces, patear sobre el asfalto puede resultarnos más zen que sentarnos a meditar en el pasto: el equilibrio podemos empezar a buscarlo sobre la tabla.

Skate outer space” by Si Tran (CC BY-NC-SA 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 17 de septiembre de 2017. 
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