Cómo funciona pedir perdón

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Lo más interesante de las disculpas es lo que pasa después de pedir perdón.

A veces una disculpa a tiempo nos ahorra un angustioso rencor, a veces una disculpa tardía nos deleita con una inesperada reconciliación. Una disculpa puede liberarnos de aquel fantasma que nos acecha cuando tememos ser exactamente el tipo de persona que puede lastimar y luego salirse con la suya.

En castellano el término “disculpa” no guarda mucho misterio, sino que es simplemente la conjunción del prefijo en latín dis (separación o divergencia) con culpa (falta o imputación), que alude a la justificación ofrecida. En inglés el término preferido suele ser apology, que viene del latín apologia, a través del griego antiguo ἀπολογία, una defensa que no necesariamente involucra el reconocimiento de una transgresión. Si bien en inglés este ya no es su uso, en castellano “apología” mantiene aquel sentido original.

La historia de las disculpas parece resumir el recorrido desde el mundo clásico, en el que una apología era una forma de defenderse, hasta el mundo contemporáneo, en el que todo parece ofender a alguien. En cierto sentido la vida no es más que una larga secuencia de ofensas provocadas y sufridas, y las disculpas son la herramienta con la que contamos para mantener el equilibrio.

Es por eso que se vuelve casi imposible pensar en cualquier tipo de justicia si no se contempla pedir perdón. Una sociedad en la que las personas se respetan mutuamente, en la que se legitiman las experiencias, pensamientos y sentimientos ajenos solo puede funcionar cuando contamos con un efectivo mecanismo por el cual podemos intentar arreglar aquello que rompemos.

O, como dice Ambrose Bierce en su diccionario de 1906, disculparse es “sentar las bases para un futura ofensa”.

Probablemente la mayoría de disculpas no sean más que breves intercambios que en su irrelevancia ni siquiera registramos: nos disculpamos con la persona a la que chocamos cuando esperábamos en la cola, por la demora en responder aquel correo a tiempo, por aquel malentendido, por tener que pedir algo (o por no haberlo hecho), o por cualquier otra nimiedad. Las disculpas, en su forma más simple, no son más que aquello que acompaña al cotidiano ejercicio de la empatía.

Las disculpas quizá más interesantes son aquellas que se caracterizan por el dolor fuera del tiempo que pueden sentir una o ambas partes, que es lo que las motiva en primer lugar; la renuencia inicial a hacerlo; su simplicidad, o innecesaria sofisticación; el alivio que se despliega como un nudo que se desata luego de que las disculpas hicieron su parte; la culpa de quien ha ofendido junto a la generosidad espontánea y el perdón por parte de quien se ha ofendido; y, si todo sale bien, la reparación de un vínculo.

Disculparnos es incómodo porque nos pone de frente a nuestra disonancia cognitiva: implica reconocer que a veces no somos la persona que creemos y queremos ser, y esa contradicción se paga con malestar y evitación. Nos obliga a renunciar a cierto poder: el que tiene alguien más de perdonarnos.

Por supuesto, también existen otras disculpas, aquellas que generalmente llegan a los diarios, en las que una persona debe disculparse ante muchas otras, a veces en nombre propio y otras en nombre de un grupo, como una empresa, una organización o un Estado. Son estas últimas las que han sugerido la posibilidad de que estemos viviendo en una suerte de era dorada de las disculpas. Todas las semanas alguien sale a pedir perdón públicamente por fondos públicos que se han malgastado, por haber ofendido a tales o cuales personas, o por no haber cumplido con aquella tarea que se le ha encomendado, o incluso por algo que sucedió hace mucho, mucho tiempo.

Al mismo tiempo, algunas disculpas indispensables suelen brillar por su ausencia, quizá porque quienes han ofendido no consideran haber obrado mal, o bien porque en su seguidilla de escándalos públicos especulan con que este último quede tapado por el próximo, o bien porque temen — con justicia — que estas sean usadas en su contra, o bien porque consideran — como el personaje de John Wayne en aquel western de 1949 — que las disculpas son un signo de debilidad.

No solo el interés por el estudio de las disculpas parece ser reciente, sino que hasta hace algunas décadas ni siquiera parecían ser reconocidas como un elemento central del tejido social. En Mea Culpa: A Sociology of Apology and Reconciliation (1991), posiblemente la obra que inauguró el campo disciplinar, el sociólogo Nicholas Tavuchis consideraba improbable que hubiera mayor interés en las disculpas que en el pasado, aunque llegó a sugerir que su importancia podría acrecentarse: “A medida que proliferan los sistemas impersonales y legales de control social en nuestra propia cultura y en otras, las disculpas podrían volverse aún más relevantes que en el pasado como medios voluntarios y humanos para reconciliar las diferencias personales y colectivas”.

En efecto, desde aquel momento las disculpas parecen haber ganado bastante popularidad como una suerte de fenómeno cultural cuyo puntapié inicial podría ubicarse en 1997, primero con aquel célebre episodio de Seinfeld cuya trama gira en torno a cuándo es necesario disculparse y en qué consiste verdaderamente una disculpa, y unos meses más tarde con aquella disculpa frente a todo el mundo de parte del presidente de los Estados Unidos por haber hecho cualquiera.

No todas las disculpas son iguales, y menos aún significan lo mismo en todo el mundo. Mientras que en China existen empresas dedicadas a la redacción y ofrecimiento de disculpas, en Occidente es generalmente inaceptable que alguien se disculpe en nombre de otra persona, lo cual no hace más que mostrar que pedir perdón es un ritual social universal pero profundamente anclado en normas culturales.

Aunque esta sea la época dorada de las disculpas — y mejor si son públicas a través de redes sociales — también parece haber una contraofensiva de la apología de la no disculpa: el riesgo intrínseco de la multiplicación de disculpas es la inevitable caída en su valor. Si nos estamos disculpando todo el tiempo bien puede ser que hagamos todo mal, o bien que no siempre sea verdaderamente necesario. O, como escribía P. G. Wodehouse en un cuento de 1914: “Es una buena regla para la vida nunca disculparse. El tipo correcto de personas no quiere disculpas, y el tipo equivocado se aprovecha de ellas”.

La vacuidad de ciertas disculpas es lo que las reduce a palabras vacías que suelen hacer más daño que el que buscan subsanar. Se defiende aquella idea de que “los actos hablan más fuerte que las palabras” y que lo que realmente importa no es disculparse sino actuar correctamente y, en casos aún más extremos, que las disculpas no cambian nada, por lo tanto su mero concepto es absolutamente irrelevante y de ser erradicado ningún daño se le haría a la humanidad.

Esto último suena bastante bien, pero es absolutamente impracticable: es imposible no meter la pata de vez en cuando, y hacerlo es una parte incómoda pero necesaria de vivir en sociedad. Claro que disculparse por un codazo es distinto de haber hecho un comentario racista o insensible (o haber fumigado poblaciones urbanas), y el modo en que pedimos perdón debe poder ajustarse a cada caso. Incluso en las parejas exitosas se dicen cosas desafortunadas con igual frecuencia que en las parejas accidentadas, pero la diferencia está en cómo se reparan esos traspiés emocionales luego de haberlos causado.

En cuanto a las acciones, sin duda pueden sumar mucho pero generalmente conviene acompañarlas de palabras, que no por ser menos ruidosas son menos importantes. De hecho, solo haciendo un breve repaso de la mayoría de las disculpas que escuchamos a diario alcanza para darnos cuenta de que las personas en general no tienen ni la menor idea de cómo funciona disculparse ni de cómo elegir las palabras para hacerlo. Por supuesto, las acciones están muy bien y las palabras también pero no hay nada como el chocolate.

Como explican Marjorie Ingall y Susan McCarthy en Sorry, Sorry, Sorry (2023), cuando las papas queman no sabemos disculparnos. No sabemos cuándo debemos aclarar por qué nos disculpamos (la mayoría de las veces) o cuándo es importante no hacerlo (“perdón por decir que tu gato es gordo”). Y generalmente tampoco tenemos ganas de trabajar en mejorar nuestras disculpas porque no es lo más divertido o fácil del mundo. Así es como sin darnos cuenta tenemos una preocupante tendencia a caer en las falsas disculpas y a la pata meterla mucho más profundo que antes de haber abierto nuestra torpe bocota.

Afortunadamente, aunque las falsas disculpas abundan, contamos con algunos sencillos trucos para identificarlas. En primer lugar, si una disculpa toma la forma condicional “perdón si…”, muy probablemente estemos ante una pésima disculpa. Por ejemplo, “te pido disculpas si mi atropellamiento de tu gato te causó dolor” suena muy distinto de “perdón por haber atropellado a tu gato”.

Peor aún, esta suele ser la forma predilecta en la política: “Perdón si algo de lo que hice o dije pudo haber hecho daño”, o bien “a nadie quise ofender, de todas formas, quien se haya sentido ofendido o invisibilizado, desde ya mis disculpas”.

Esta omisión del agravio no es en absoluto inocente, sino que impide identificar con precisión a qué se refiere y parece incluso desplazar el asunto hacia quien se ofendió. Efectivamente, cuando alguien se disculpa de este modo no está pidiendo perdón porque ni siquiera está reconociendo lo que hizo o el daño que causó, sino que insinúa que el problema podría estar del lado de quien “se haya sentido ofendido” y no en que se ha dicho algo ofensivo.

Básicamente, los políticos se disculpan como Homero Simpson: “Perdón, jamás lo habría hecho de haber sabido que me descubrirían”.

Por otro lado, como indican Ingall y McCarthy, algunas pésimas disculpas suelen estar “envenenadas” y en su misma forma ocultan otro agravio, como en el popular “perdón pero…” que, siguiendo con el ejemplo anterior, podría ser “perdón por haber atropellado a tu gato, pero es que tenés demasiados” o, en el caso favorito de las discusiones de pareja: “Perdón… pero vos…”, como por ejemplo en “perdón por burlarme de tus muñecos de Batman, pero a veces creo que sos muy susceptible”.

Muchas veces, también, se nos vuelve terriblemente irresistible usar la voz pasiva. Como esto puede ser lingüísticamente desafiante la profesora Rebecca Johnson diseñó la prueba de los zombis: si puede agregarse “por zombis” luego del verbo, se trata de voz pasiva. Conviene ejemplificar: “Perdón por los platos que no han sido lavados [por zombis]” debería reemplazarse por “perdón por no haber lavado los platos”, o los clásicos “algunos viejos tuits fueron difundidos” y “algunas bombas fueron soltadas sobre poblaciones civiles”. Malditos zombis.

Como dice en su libro la comediante Franchesca Ramsey: “Si bien creo que cualquiera puede crecer y aprender, sé que no todos quieren. «Lamento que te sientas así» siempre será más fácil de decir que «Lamento haberte hecho sentir así. Intentaré mejorar»”.

Cabe recordar que nada importa si “todos [tus] chistes son ofensivos” o que el hecho de haber insultado a medio país te haya hecho “sentir pésimo”. Disculparse no se trata de tus sentimientos sino del bienestar de aquellas personas a las que lastimaste, y que tengas una afición por ofender gratuitamente puede ser una explicación de un cuestionable criterio pero no una justificación de algún tipo. La forma más fácil de arruinar una disculpa es con una excusa, que no es lo mismo que una explicación. Pero cuándo una explicación se vuelve excusa no es algo fácil de determinar.

Es precisamente el modo torpe y esquivo en que suelen formularse ciertas disculpas lo que hace que sea difícil identificar si son genuinas o una mera apología, es decir, una defensa de la forma en que se actuó. Una sencilla manera de identificar la diferencia es preguntar si la parte que se disculpa lo volvería a hacer. En el caso de las disculpas políticas, generalmente se trata de meras apologías, y ante la pregunta de si se volvería a actuar de aquel modo alcanza con remitirse a lo que en su lugar diría Homero Simpson.

Aunque no hay una forma única de disculparse correctamente, hay ciertos elementos que siempre deberían estar presentes. En particular, decir que nos disculpamos y especificar por qué. Luego están quienes sugieren también que una disculpa debe contemplar una demostración de que entendemos lo que hicimos, una explicación (aunque no una excusa), una expresión de vergüenza y/o culpa, la intención de no volver a hacerlo e incluso una compensación a la parte ofendida.

Muchas listas de pasos para disculparse suelen incluir al final el pedido de perdón, pero hay buenos motivos para considerar que esta parte puede ser excluida. En otras palabras, pedir perdón es como pedir un regalo. Sí, qué sé yo, podés pedirlo pero si te lo dan no queda del todo claro que haya sido genuino. Cuando tenés que pedir disculpas es porque estás en falta: no te corresponde pedir nada. Tal como las excusas no tienen lugar cuando pedimos disculpas, tampoco lo tienen los reclamos de absolución.

En cuanto a las falsas disculpas tanto públicas como personales, aunque proliferen su prevalencia no hace más que reforzar la importancia de las genuinas disculpas, como argumenta el psiquiatra Aaron Lazare en On Apology (2004). De hecho, parecería ser que las falsas disculpas no buscan otra cosa que secuestrar los beneficios de las verdaderas disculpas sin realmente merecerlos.

La responsabilidad de reconocer el daño realizado, ofrecer una verdadera compensación y comprometerse con evitarlo en el futuro “son el precio de una disculpa efectiva. Emprenderlas requiere honestidad, generosidad, humildad, compromiso, coraje y sacrificio. En otras palabras, las recompensas de una disculpa efectiva solo se pueden ganar. No pueden ser robadas”, explica.

Lazare ofrece algunas teorías para explicar el renovado interés en pedir perdón. Una podría ser la connotación de “nuevo comienzo” que vino aparejada con el nuevo milenio, como si cambiar de página en un calendario tuviera el mágico efecto de enfrentarnos a una hoja en blanco. Otra, quizá más atractiva, podría estar relacionada con la creciente globalización, que aumenta la importancia de las disculpas en dos aspectos: ya nada ni nadie está muy lejos — y las disculpas son indispensables para un vecindario en paz — y ya nada puede mantenerse en secreto por mucho tiempo. La circulación facilitada de la información — y, en consecuencia, de nuestras ofensas — hace que la expectativa de nuestras disculpas aumente.

Pero quizá la más relevante de todas sea la evidente crisis de las dinámicas de poder que durante demasiado tiempo se mantuvieron inmóviles. Al menos de este lado del mundo, aunque solo sea de a ratitos, parece haberse vuelto más difícil salirse con la suya al cometer ciertas injusticias. De repente un montón de voces que fueron sistemáticamente dejadas de lado parecen haber logrado cierto éxito en establecer la revolucionaria idea de que ellas son personas también y que, por lo tanto, probablemente merezcan algunas disculpas.

Aunque pueda parecernos una mera formalidad trivial, que alguien se disculpe, especialmente si es en nombre de una organización que actuó de forma injusta, alcanza para hacernos saber que nuestro malestar estuvo justificado, que algo malo de hecho nos sucedió y que no se trata de apenas un patético ejemplo de nuestra sobredimensionada sensibilidad haciendo de las suyas. Las disculpas hacen público y real el conocimiento de que no estuvo mal que nos sintiéramos mal cuando nos hicieron daño.

Incluso si su causa es un evento desafortunado, una verdadera disculpa a todas luces permite vislumbrar la belleza de la complejidad de nuestras emociones y comportamientos, que en la forma de un simple ritual logra restaurar la dignidad humana.

En palabras de Lazare: “En una disculpa vemos la interacción de la vergüenza, la culpa y la humillación; lo que motiva la reconciliación; el papel que desempeñan las negociaciones; la transferencia de poder y el respeto entre dos partes; la importancia del sufrimiento de quien ha ofendido; el proceso de curación; el perdón; y la importancia de enseñar a disculparse al pedir perdón a otras personas”.

Es esto último lo que hace a la paradoja de las disculpas: el hecho de que puedan ser notablemente complejas y, sin embargo, simples y directas al mismo tiempo, fundamentalmente iguales pero cada una de ellas única.

Pero sobre todas las cosas, aprender a disculparse de verdad es lograr un mayor conocimiento acerca del mundo y del modo en que nos desenvolvemos en él. Disculparnos genuinamente nos obliga no solo a revisar si somos la persona que creemos que somos, sino también a cuál es el efecto que podemos tener en el mundo. La única forma de existir y nunca disculparse no es lograr una elevada perfección sino dejar de existir, porque vivir es meter la pata y aprender a reconocerlo.

Con cada disculpa, de las verdaderas, nos arrimamos un poco más a cómo quisiéramos que sea nuestra huella en el mundo, pero también hacemos nuestra minúscula parte en mostrarle al resto del mundo cómo creemos que deben tratarse las personas entre sí. Disculparnos no solo es aprender sino también enseñar a ser más amables, aunque solo sea para que nadie deba cometer nuestros mismos errores.

Lo más interesante de las disculpas es lo que pasa después de pedir perdón porque tiene la potencia de cambiar quiénes somos. En palabras de James Baldwin, no todo lo que se enfrenta se puede cambiar, pero nada se puede cambiar hasta que se enfrenta.

“Suspense” (1889)by Lionel Charles Henley (1843–1893 ), Oil on canvas.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 22 de enero de 2023. 
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