Cómo funciona pedir

Recibir es mucho más difícil que dar.

Hacemos nuestro pedido—de cariño, de explicaciones, de permiso, de algo para comer, de nudes—con la ansiedad de quien provoca un desbalance. “Es recién cuando pedimos algo que podemos herirnos”, escribía Henry Miller. Nos disgusta hacer una sola de las dos cosas, y nos volcamos a dar y pedir, procurando mantener una cuenta favorable.

Pero es recibir lo que conlleva una mucho mayor delicadeza. Después de todo, nuestra apertura al altruismo ajeno es lo que hace que el Universo a nuestro alrededor pueda volverse generoso.

“Si percibes al Universo como uno de abundancia, entonces lo será”, señalaba Milton Glaser en su entrevista con Debbie Millman en How to Think Like a Great Graphic Designer (2007). “Siempre pensé en que hay suficiente de todo dando vueltas — y en que hay suficientes ideas en el Universo y suficiente lugar para crecer”. Lo insoportable que puede resultarnos pedir aquello que deseamos no es sino otro resabio de nuestra singular fragilidad.

Solemos confundir el miedo al rechazo con el miedo a ser desagradables. El “no” ya lo tenemos, pero cuánta amargura podríamos ahorrarnos de no tener que enfrentarnos al catálogo de defectos que nos atribuimos cuando alguien nos dice que no.

Pedimos y de no ser correspondidos inferimos que algo mal hay en quienes somos. Nos abruma nuestra necesidad de cariño, nuestra dependencia, nuestra insoslayable fragilidad, nuestra arrogancia al momento de pedir algo a alguien más. Pero girando en círculos alrededor de lo que nos inquieta olvidamos los motivos por los que decimos que no en primer lugar.

Cuando alguien nos rechaza, o no logra hacer cuadrar lo que puede darnos con lo que necesitamos, rara vez es nuestra personalidad en lo que piensa. En la distracción y el trajín de lo cotidiano se nos escapa todo lo que puede estar dando vueltas como papel picado en las cabezas ajenas. Decimos que no porque lo que nos piden no encaja en nuestros planes, y no mucho más que eso.

Lo cierto es que, generalmente, felices estamos de poder dar mucho por muchas personas. Dinero, abrigo, tiempo, un hombro para llorar, besos, un poco de azúcar, un disfraz para el nene que tiene que actuar en una obra en el colegio. A veces el límite a nuestra generosidad no está más que en nuestra creatividad: no hacemos aquello que no podemos imaginar que alguien más necesita. Si tan solo nos lo pidieran — y sin perder un segundo — saltaríamos de la silla, nos abrigaríamos y saldríamos al rescate.

Tal es la afición por ayudar a otros transeúntes del Universo que algunos humanos incluso, sin mucho titubeo, pueden saltar a un río helado en rescate. Nuestra principal dificultad está, en realidad, en lo mucho que nos cuesta reconocer a quien necesita auxilio si no lo dice. Desafortunadamente, respondemos bien a los gritos de auxilio pero especialmente mal ante las sutilezas de una pista.

No pedimos demasiado porque tememos que las vidas ajenas nos excluyan de sus planes y no queremos enfrentar ese rechazo. Intentamos superar nuestra ignorancia con sombríos pronósticos y así concluimos con pesimismo en vez de emprender la búsqueda de una respuesta. “Deberíamos responder a la ignorancia con curiosidad, y no con desánimo”, sugiere The Book of Life.

Cuando Benjamin Franklin incursionó en la política supo que lograr ampliar sus horizontes sociales era crucial a sus negocios. Dueño de la imprenta más exitosa de la región, sabía que de los contactos que pudiera conseguir en la clase política dependía la incorporación de jugosos negocios, tales como la impresión de boletas electorales, panfletos y otros insumos.

En 1736, y sin oposición, fue elegido Secretario de la Asamblea General de Pennsylvania. Pero cuando su cargo tuvo que ser renovado al año siguiente quedó algo abrumado frente al extenso discurso que uno de los miembros de la Asamblea profirió en su contra. Franklin fue reelecto — y pudo concretar sus negocios — pero la oposición de aquel caballero de gran fortuna y educación, con talentos que ciertamente le significarían una gran influencia política, lo dejó bastante inquieto.

Sin embargo, a Franklin no le interesaba ganarse servilmente la simpatía de nadie. En cambio, tal como cuenta en su autobiografía, optó por seguir una máxima especialmente útil: “Aquel que alguna vez te haya hecho un favor estará más predispuesto a hacerte otro que alguien a quien tú hayas alguna vez ayudado”.

Franklin había escuchado que este señor tenía en su biblioteca un libro muy peculiar, difícil de conseguir. Sin demora escribió una nota expresando su deseo de leer tan curioso ejemplar y, pidiendo el favor de tenerlo por un par de días, la envió. Recibió el libro casi inmediatamente y lo devolvió a la semana junto con otra nota en la que detallaba la importancia que aquel gesto había tenido para él. Reunidos en la Asamblea conversaron personalmente por primera vez y con abundante amabilidad el caballero se comprometió a servirlo en toda ocasión. Franklin y él forjaron una gran amistad que continuó hasta la muerte.

No pedir aquello que necesitamos, o incluso aquello que meramente deseamos o apenas intuimos que podría hacernos más felices, tampoco es gratuito. Es cierto que nos ahorra aquella agridulce incertidumbre que circunda aquel posible “no”, pero aquel intercambio de rechazo por insatisfacción no es más que la pérdida de una oportunidad.

En la inmediatez de un pedido el estómago puede deshacernos por dentro, la impaciencia por la respuesta puede hacer su gracia humedeciendo la palma de nuestras manos y, de repente, el Universo puede hacernos sentir toda nuestra pequeñez. Pero rara vez algo interesante ha sucedido sin un buen puñado de rechazos.

La mayor tragedia detrás de nuestra desesperación por recibir ayuda es la forma en que puede afianzar nuestra convicción de que no la merecemos. Siempre hay alguien que la pasa peor, y aquí yo, quejándome del mundo con la panza llena. Callamos porque no queremos ser ese glosario de adjetivos que secretamente rechazamos. No es que nunca suceda, y ciertamente debe haber casos documentados, pero es mucho más difícil rescatar a alguien de las gélidas aguas de un río cuando grita que cuando simplemente envía mensajes enigmáticos.

El acto de pedir, de involucrarse en una curiosa dinámica de poder entre quien pide y quien recibe, se percibe como deshonroso. Amanda Palmer dedicó The Art of Asking (2014) a la exploración de la bastardeada práctica de pedir a los demás. Lloré sobre mi computadora cuando luego de leer sus primero capítulos me embarqué a mirar la charla que inspiró aquellas páginas.

Parada encima de un cajón sobre un prolijo escenario, Palmer hablaba acerca del arte de pedir. “A través del mismísimo acto de pedirle a otras personas, conecté con ellas”, dice en un momento y no pude más que sentirme inundado por el reconocimiento de la generosidad ajena de la que soy depositario. “Y cuando conectamos con otras personas”, sigue Palmer, “por lo general quieren ayudarnos”.

Lejos de la comodidad que muchas veces supone poder dar—aquella que nos permite hacer de la abundancia de la que somos beneficiarios un ejercicio altruista—es en poder pedir que debemos encontrar también recreo. Aunque aquel terror por el “no” quizá nunca nos abandone, debería ser la posibilidad de volvernos artífices de nuestra propia insatisfacción lo que nos aterrorice.

Qué tan terrible puede ser darle a alguien más la oportunidad de alegrarnos.

Bloom” by Xuan Loc Xuan (CC BY-NC-ND 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 9 de junio de 2019. 
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