Mis álbumes de fotos de viajes no suelen ser la gran cosa. Es como si me abrumara la misión de capturar la belleza de un lugar. No es que cuando paseo me la paso pensando en esto, pero por defecto acepto el fracaso y muchas veces ni siquiera saco el celular del bolsillo. Sólo trato de mirar, con una ligera confianza en que el recuerdo hará justicia a la experiencia.
Puede ser que no siempre haya sido así, pero es como si al encontrarnos con un lugar que nos gusta nos dominara un impulso por poseerlo de algún modo. Nos impacientamos por ubicarlo de la manera que sea en nuestra vida antes de que se nos escape el “estuve aquí, ví esto y me importó.” Es esta última sensación la que rápidamente desestimo: quizás con ingenua confianza me despreocupo por poder describirla en el futuro. Siempre hay palabras de alguien más que dicen lo que queremos decir y describen imágenes que no pudimos capturar.
Pero por más que lo intentemos, la belleza es fugitiva y aunque procuremos capturarla, el éxito de la hazaña rara vez está garantizado. La belleza suele hacerse presente en momentos que pasan demasiado rápido o en lugares a donde no sabemos si alguna vez volveremos — o si seguirán siendo bellos cuando lo hagamos. En la inmensidad de esos instantes, demasiado abrumadores como para permitirnos actuar con agilidad, nos dividimos entre disfrutarlos o encontrar la manera de guardarlos y así poder disfrutarlos en el futuro.
Muchas veces lo resolvemos sacando fotos. No llevar una cámara en el bolsillo se volvió tan raro que la imposibilidad de capturar un instante en píxeles parecería ser la excepción y no la regla. Sacamos fotos para ir calmando nuestra ansiedad por poseer aquellos instantes que no hacen más que escaparse.
Pero esta no es la única manera. Como comenta Alain de Botton en el maravilloso The Art of Travel (2002), que descubrí entre aeropuertos, a veces calmamos esa ansiedad volviéndonos más presentes en el lugar que queremos capturar, marcando nuestros nombres en un árbol o dejando un candado en un puente, por ejemplo. Y, a veces, buscamos llevarnos parte de ese instante con nosotros, en forma de imanes para la heladera, una piedra que nos llamó la atención, o dos o tres alfombras, como se dice que hizo Flaubert al dejar Egipto, país objeto de su admiración.
John Ruskin (1819–1900), uno de los principales críticos de arte de la época victoriana, vivió obsesionado con la belleza de los lugares y la pregunta por la posibilidad de capturarlos. Fue esta búsqueda lo que lo llevó a cinco conclusiones:
- La belleza es el resultado de un complejo número de factores que afectan la mente tanto psicológica como visualmente.
- Los humanos tenemos una tendencia innata a responder a la belleza y a desear poseerla.
- Existen muchas expresiones inferiores del deseo de posesión, que incluyen el deseo de comprar imanes y alfombras, de marcar nuestro nombre en árboles y de sacar fotos.
- La única forma apropiada de poseer la belleza pasa por su comprensión: por ser conscientes de los factores (psicológicos y visuales) que son responsables de ella.
- La manera más efectiva de aspirar a la comprensión consciente de la belleza consiste en intentar describir lugares que nos gustan por medio del arte, dibujándolos o escribiendo acerca de ellos, sin importar si tenemos o no talento para hacerlo.
“The art of drawing, which is of more real importance to the human race than that of writing and should be taught to every child just as writing is, has been so neglected and abused, that there is not one man in a thousand, even of its professed teachers, who knows its first principles.”
— John Ruskin
El interés de Ruskin no estaba en enseñar a la gente a dibujar, sino en enseñarles a ver. Y, al hacerlo, no le importaba que sus estudiantes se volvieran mejores artistas, sino más felices. Con el despliegue de los trenes en todo Europa tras la Revolución Industrial se había puesto de moda recorrer varios países en una semana, y esto lo escandalizaba. Justamente, ¿cómo podríamos imaginar posible poseer la belleza de los paisajes si los vemos pasar a toda velocidad? Para dibujar un árbol debemos dedicar, como mínimo, diez minutos de plena atención, pero incluso el árbol más llamativo no logra capturar el interés de los transeúntes por más de un minuto. La triste conclusión es que si no aprendemos a mirar, no podremos siquiera atinar a poseer la belleza de nada, y mucho menos, ser felices.
Cuando aparecieron los primeros daguerrotipos, una primera forma de las fotografías, Ruskin recibió el avance técnico con optimismo e incluso lo concibió una suerte de «antídoto», entre «todo el veneno mecánico que ha vertido sobre la humanidad este terrible siglo XIX». Pero este optimismo se fue disolviendo al percatarse de que la mayoría de fotografías se tomaban como alternativa a la observación activa y consciente. Gracias a la fotografía incluso menos atención se prestaba al mundo, en razón de la confianza que daba de — finalmente — ser la forma de poseer la belleza de los lugares.

Blue, brown and black watercolor, over pencil, on paper; 247 x 377 mm
Curiosamente, la preocupación de Ruskin por la atención y, en consecuencia, por nuestra incapacidad por poseer la belleza de aquellos lugares que visitamos encuentra eco en la actualidad. Si bien promoviendo otro sabor de pesimismo, en 2011 Nicholas Carr publicó The Shallows, efectivamente inaugurando una serie de insidiosas críticas a la tecnología. El punto de Carr es que internet nos está haciendo más idiotas, y que entre otras cosas estamos perdiendo la capacidad de atención necesaria para terminar un libro o incluso leer este texto sin hacer algo más mientras tanto.
Es particularmente entretenido contraponerlo a Smarter Than You Think (2013) de Clive Thompson, quien desde el otro lado del ring sostiene una versión de la teoría de la mente extendida que le permite justificar que la tecnología no nos hace más idiotas, sino que cambia la manera en que pensamos. En su versión de esta teoría, la razón por la que los humanos tenemos tan notable inteligencia es nuestra capacidad para ‘tercerizar’ funciones cognitivas por acá y por allá. Usamos libros para ampliar nuestra memoria, usamos anotadores para externalizar pensamientos e incluso para optimizar la manera en que resolvemos cálculos matemáticos. Incluso, usamos a otras personas para tercerizar nuestra memoria, recordando quién recuerda qué en vez del recuerdo en sí mismo.
Lo que Thompson defiende es que cada nueva herramienta altera lo que pensamos y la forma en que pensamos. Con cada nueva innovación surgen profetas que o bien vaticinan un futuro terrible o maravilloso. Cuando apareció el telégrafo, la comunicación facilitada iba a traer o bien una era de paz o bien una de idiotez. En cualquier caso, cada nueva tecnología lo que hace es traer nuevas formas de ser en el mundo. O, en términos menos heideggerianos, la tecnología suele inaugurar nuevas formas de percibir al mundo y vivir en él.
En aquel viaje en el que descubrí The Art of Travel hice el ejercicio de dibujar y escribir, pero también tomé fotos que luego olvidé haber tomado y, sobre todo, hice lo que pude. Caer en la cuenta de la poca atención que prestamos a nuestro alrededor es uno de los hallazgos introspectivos más poderosos que podemos vivir. Al igual que Ruskin, más de una vez me encontré a mi mismo tratando de embotellar cielos en mi cabeza para poder disfrutarlos luego. Y si bien lo más probable es que haya fracasado, no puedo dejar de sonreír ante lo noble de aquellos intentos.

Graphite on toned paper; 24 x 32 cm.
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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 13 de agosto de 2017.
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