Como funciona remontar un barrilete

Nadie recuerda bien la secuencia de eventos, pero en algún momento del último lustro del milenio pasado en Bariloche se organizó una barrileteada. Puede que haya sido por el día de la familia o puede que haya sido por el día de la primavera, pero bien podría haber sido por el día del barrilete. En un pueblo donde no todos los meses sucedían cosas emocionantes, la ocasión tenía todo para ser un gran suceso.

Mi primera experiencia con los barriletes no vino precisamente de ser uno, sino del interés por fabricarlos. Aprovechando la oportunidad de embarcarse en una aventura y atento a saciar la sed ingenieril del pequeño demonio, mi papá se dispuso a fabricar conmigo un barrilete. “Hacer un barrilete es algo de lo que uno nunca se olvida, como andar en bicicleta”, me dijo hace un rato. Nuestro barrilete era tan barrilete como es posible imaginar: una estructura de caña con forma de rombo, cubierto de papel y seguramente con una de esas colas haciendo de firma ondulante, allá arriba. Hasta aquí llega mi memoria.

Eufóricos en igual medida por el entusiasmo atolondrado y por la oportunidad de sentirnos inventores, llevamos a la plaza del barrio el logro ingenieril. Se veía hermoso, pero no servía para volar. Resulta que la caña colihue (o Chusquea culeou, para los amigos) es maciza y no es un buen reemplazo de la caña hueca que aparentemente se conseguía en donde mi papá había aprendido a hacer barriletes, cuando la televisión aún era en blanco y negro.

En algún lado alguien seguramente hizo una lista de hitos indispensables en toda infancia donde muy probablemente figure, no sé si muy abajo o muy arriba, la importancia de remontar un barrilete. Tiene todos los ingredientes para ser un ritual parental perfecto, rayante en la ingeniería, el arte, el método científico y, sobre todo, la ternura que sólo la exploración conjunta de la curiosidad hace brotar.

Es probable que no haya barrilete más famoso que aquel con el cual Benjamin Franklin en una mítica noche de 1752 se dispuso a demostrar que la naturaleza de los relámpagos y de la electricidad era la misma. De un barrilete de seda sujetado por un hilo de cáñamo a mitad de distancia colgaría una llave que a su vez estaría conectada con una botella de Leyden (una especie de batería primitiva). De la energía electrostática de las nubes se obtendría una pequeña carga, que demostraría su hipótesis. Lo importante era que quien sostuviera el hilo no se mojara, así la carga no llegaría a hacerle daño.

Si bien el experimento nunca involucró relámpagos — que fueron agregados en las explicaciones de manual que nos dieron en el colegio — y la historia es hermosa, es también muy probablemente falsa. Lo más seguro es que se haya tratado de un experimento mental, fundacional en su campo disciplinar, pero no el detalle de una experiencia realmente llevada a cabo. Algunos barriletes no necesitan volar para llegar muy lejos.

Cuenta mi mamá que el día de la barrileteada barilochense, en la base del Cerro Otto — justo atrás de donde parten las “manzanitas” que por un cable suben a las personas a la cima — había cientos de niños con sus barriletes, algunos desparramados por el pasto y otros por el cielo. En el aire, además, habían personas volando en parapente. Esto motivó a mi madre a prometer que al cumplir sus 40 años se tiraría en uno. Sin embargo ahora, que ya tiene más de 40, dice que no se anima.

Entre los chicos, los grandes, los hilos, los colores, las telas, papeles y retazos, estaban quienes aprovechaban para vender sus barriletes, mucho más coquetos que el que había quedado en algún rincón de casa luego de nuestro intento fallido. Haciendo uso del poder sobrenatural que los ojos encendidos con entusiasmo de un niño tienen sobre los padres, insté a mi mamá a que me comprara uno. ¡Claro que lo usaría todo el tiempo! ¡Obvio que no era una pasión momentánea alimentada por el contexto!

Seguramente haciendo cálculos mentales de cuantas compras de supermercado costaría ese barrilete y cómo se lo haría caber en la precaria economía familiar, mi mamá accedió y ese día volamos el barrilete más canchero de todos. Tan canchero que no tenía un hilo sino dos y se manejaba de una manera tan particular que de dominar la técnica podía irme directamente a la NASA, a exigir mi carnet para pilotear un transbordador espacial.

Creo que el barrilete lo usamos alguna vez más, un par de años después. Cuando anoche la llamé para preguntarle, mi mamá me dijo que todavía está en el altillo de casa. En su voz se notaba cierto entusiasmo, quizá incitado por la idea de que finalmente, luego de varias décadas, la inversión podría dar sus frutos.

Leonard Cohen, en 1961, decía que un barrilete es como un poema que le damos al viento pero que no dejamos ir hasta que alguien nos dé algo más que hacer. Había pensado en una metáfora entre los barriletes y todo eso que no nos sale dejar ir, pero ahora un poco a la distancia y sin poder distinguir bien las palabras, creo que prefiero aflojar y ver qué dibuja el viento.


“A kite is a victim you are sure of.
You love it because it pulls
gentle enough to call you master,
strong enough to call you fool;
because it lives
like a desperate trained falcon
in the high sweet air,
and you can always haul it down
to tame it in your drawer.

A kite is a fish you have already caught
in a pool where no fish come,
so you play him carefully and long,
and hope he won’t give up,
or the wind die down.

A kite is the last poem you’ve written
so you give it to the wind,
but you don’t let it go
until someone finds you
something else to do.

A kite is a contract of glory
that must be made with the sun,
so make friends with the field
the river and the wind,
then you pray the whole cold night before,
under the travelling cordless moon,
to make you worthy and lyric and pure.” 
― Leonard Cohen, The Spice Box of Earth (1961)

Kites — Day” by by Zaib Ali

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