Cómo funciona sentir que somos impostores

Estoy seguro de que allá afuera hay alguien con mucha más capacidad que yo para escribir estas líneas. Esta convicción no me es ajena: cada vez que me siento a escribir debo hacer una cuidadosa coreografía para convencerme de que lo que hago puede tener sentido. A lo sumo, pienso, puedo entretener un rato.

Esta sensación, de que no deberíamos estar donde estamos, no sólo es difícil de surfear sino que puede hacernos vivir los días como paseos en montaña rusa: de las alturas del reconocimiento que recibimos — y la validación que tanto ansiamos — caemos en la convicción absoluta de que se deben haber equivocado de persona y ¡oh no, cuando se den cuenta!

Nos asfixiamos sintiéndonos muy por fuera de nuestras capacidades y sabemos que eventualmente vamos a colapsar. Fuimos arrojados a una pileta pero en vez de preguntarnos si hacemos pie nos preguntamos si siquiera podemos nadar. Vivimos como elaborados engaños todo aquello que suponemos que no deberíamos poder hacer. Si estás en el baile, hay que bailar, pero a veces se complica cuando lo único en lo que pensamos es en irnos corriendo al baño a vomitar.

A esta dificultad para internalizar y aceptar nuestros logros muchas veces se le llama “síndrome del impostor”, que fue conceptualizado por primera vez a fines de los 70s por dos psicólogas que encontraban que las mujeres por lo general atribuían sus éxitos a la buena fortuna y temían que alguien eventualmente las desenmascarara como fraudes. Claro que, ahora sabemos, esta sensación no distingue por género.

Este supuesto síndrome es más bien un fenómeno recurrente y, aunque no figura en ningún manual de psiquiatría, los psicólogos reconocen que como forma de baja autoestima intelectual muchas veces se ve acompañada de ansiedad y depresión. Parte de su gracia, por así decirlo, es que nadie lo comenta por miedo a que lo descubran.

Generalmente nos cuesta reconocer que nuestros defectos no son únicos y que los demás, debajo de su pulcra superficie, son igualmente defectuosos. Algunos intuyen que ahí radica la principal causa del fenómeno del impostor. La dificultad, arriesgan, surge en la infancia y remite al hecho trivial de que mientras que conocemos nuestras ansiedades, dudas y tonterías, de los demás sólo conocemos lo que muestran o, si tenemos suerte, nos cuentan.

También nos es peligrosamente fácil confundir la aprobación con el amor que alguien siente por nosotros y, en última instancia, con cuánto valemos. Así anclamos nuestra autoestima en lo que percibimos como logros. Pero incluso la abundancia de logros y el reconocimiento público pueden jugarnos una mala pasada: los comentarios muchas veces pueden hacernos sentir de forma amplificada los defectos que nos encontramos en contraste con las virtudes que otros nos ven.

Esto fue lo que Dostoievski sintió luego de publicar su segunda novela que al recibir algunas críticas negativas lo inclinó a pensar que su fama había alcanzado un punto máximo. En una carta a su hermano confiesa su terror a decepcionar a todos, y busca justificarse: “escribí gran parte a las apuradas y cansado. Tiene partes buenas pero otras son tan desagradablemente malas que ni siquiera puedo leerlas.” Luego, por suerte, escribió no menos de 20 libros más.

El mecanismo no tiene mucho misterio: la falta de autoestima y el feedback negativo nos pesan tremendamente, pero cualquier reconocimiento pasa de largo. Atribuimos nuestros fracasos a nuestra bien asentada ineptitud y desdeñamos cualquier logro, por mínimo que sea, como un mero accidente o, a lo sumo, como algo dado.

Este circo rápidamente se convierte en excesivo perfeccionismo y — muy a nuestro pesar —en inagotable procrastinación o sobrepreparación. Pauline Rose Clance, una de las psicólogas que primero describió el fenómeno, señala que caemos en la procrastinación por miedo a no poder completar la tarea como corresponde, o nos sobrepreparamos, tomándonos mucho más tiempo del que realmente haría falta.

Y así el circo se convierte en un ciclo de tortura. Si finalmente lo que nos propusimos sale bien le atribuimos el éxito, al menos en parte, a la ansiedad y al sufrimiento. Esta vez zafamos, a ver si nos descubren la próxima.

«It’s actually worst in people who study the Dunning–Kruger effect. We tried to organize a conference on it, but the only people who would agree to give the keynote were random undergrads.»

Como se trata de un no-síndrome muchos de los cursos de acción sugeridos rozan el buen consejo de un amigo más que el resultado de una sesuda investigación. Pero hay algunas buenas ideas que podemos considerar.

Puede sonarnos obvio, pero es indispensable rodearnos de personas que admiremos y puedan sernos imparciales. Esto es, necesitamos de alguien que pueda marcarnos que, en efecto, estamos siendo impostores, pero que también nos haga más fácil reconocer nuestras pequeñas victorias sin caer en la trampa de compararnos con los demás.

Al mismo tiempo, tomar el rol de mentores frente a alguien que pueda servirse de lo que nosotros aprendimos — a golpes y raspones — pone un poco en perspectiva eso de sentir que no sabemos nada. Es cierto: no sabemos nada, pero eso no impide que lo poco que sepamos podamos compartirlo con alguien más.

Si gran parte de nuestra ansiedad viene de cómo nos tratan o el lugar en el que nos ponen, podemos activamente sabotearlo. Sufrimos muchísimo el hacernos cargo de cómo otras personas nos describen y, en última instancia, nos definen. Es razonable que si durante nuestra infancia se refirieron a nosotros como niños genios, creativos o sobresalientes de la forma que fuera ya con algo de barba nos sintamos sujetos a expectativas difíciles de cumplir. Hasta Kafka creía que luego de pasar de grado, año tras año, sus docentes iban a descubrir que se habían equivocado.

Es por esto que es indispensable erradicar de nuestros relatos a los héroes y genios. No los necesitamos, no tienen nada que hacer aquí, vuelvan a las ficciones de las que salieron. Y si alguna vez alguien usa uno de esos horrendos adjetivos con nosotros es por sus propias ansiedades y no algo de lo que debamos hacernos cargo.

Eternos aprendices, si se me permite, suena mucho mejor y nos ayuda a clausurar la angustia por no saber lo que se supone que debemos saber. Además, subvierte aquella figura del experto que no somos y que — casi como si Sócrates hubiera invitado a Dunning y Kruger a tomar el té — con cada cosa que leemos hace mucho más brutalmente obvio todo lo que no sabemos.

Otra opción que no deberíamos dejar de lado sin contemplar con sumo detenimiento es la de ponernos estándares tan bajos, aunque sea temporalmente, que hagan que cualquier cosa que logremos sea suficiente. ¡Hoy me hice el desayuno, fiesta! Venga ese diploma.

Tal vez, y sólo tal vez, otra forma de acallar este patrón de pensamiento es enfocarnos en nuestro objetivo final y no en las menudencias de lo que hacemos. Si somos unos impostores y eventualmente se darán cuenta, lo que realmente importa es si eso atentará contra la agenda que estamos tratando de empujar. ¿Acaso todo nuestro proyecto se cae si descubren que realmente no somos tan inteligentes como a algunas personas le gusta señalar? ¿Y si esto es en realidad algo bueno? Bien, eso pensaba.

Y si nos persigue la preocupación de que esta vez, de verdad, se den cuenta de que somos un manojo de inseguridades escondido bajo un par de anteojos y palabras difíciles que realmente no debería ocupar el lugar que ocupa, también podemos optar por mostrar nuestras cartas: esto es lo que hago, y así es como lo hago.

Se van a dar cuenta de que no soy tan inteligente, o de que no tengo tanto dinero o de que no leí todos esos libros. O de que a veces no diferencio los platos playos de los platos hondos. Pero cuanto menos ocultamos menos miedo debería darnos que Shaggy y Scooby nos saquen la sábana de la cabeza.

A veces el origen de esta insoportable sensación puede ser el reconocimiento de que no pertenecemos. Caemos en la cuenta de que no somos iguales a nuestros pares y esto no hace más que exacerbar la convicción de que eventualmente vamos a fracasar.

¿Pero qué tal si esta sensación de impostores es algo que no tiene tanto sentido resolver? Si el remedio es reconocer que de hecho pertenecemos, quizá lo estamos mirando desde el lado equivocado. ¿Por qué relegar lo punk, contestatario, o al menos tímidamente rebelde de no pertenecer? Como dice Amy Olberding, a veces pertenecer puede significar perder.

No hace falta un doctorado para registrar que a nuestro alrededor se suceden incansables procesos de aplanamiento y la diferencia no sale beneficiada. Hay buenos motivos por los cuales podemos sentirnos impostores. La más obvia podría ser nuestra clase social, pero no la única. Nuestro género, identidad sexual o incluso neurodiversidad también funcionan como estructuras de exclusión. A veces no somos iguales y sentirnos impostores es parte del costo que tiene nuestro esfuerzo por calzar en el molde.

Olberding también nos recuerda que la sensación de que somos impostores se monta sobre la percepción de que estamos detrás de una gran estafa. Y quizá eso tampoco sea algo malo. Podemos encontrar algo de placer en la pequeña conquista de habernos salido con la nuestra.


Si querés podés ver este correo presentado en Nerdear.la 2018 acá abajo.

Todo Mejora (It gets better)” by Felipe Vargas (CC BY-NC-ND 4.0)

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, podés hacerlo por acá.


Discusión