Cómo funciona sentir un montón

El mundo es, por lo general, mucho demasiado para mí. La sobreabundancia a la que nos acostumbra la vida en la Tierra también puede ser abrumadora. Es cierto que esto nos quita cualquier excusa para aburrirnos pero también hace mucho más difícil el intento porque todo baje, aunque sea un rato, su volumen.

A la sensación de que el volumen de nuestros sentidos siempre esté un poquito más fuerte, a ese “ir hasta 11”, se lo suele llamar hipersensibilidad sensorial. Si le preguntamos a alguien que sabe, estimo, nos diría que se trata de una serie de dificultades para “interpretar y organizar la información que captan los órganos sensoriales como la vista, el tacto, el olfato y el gusto”. Yo no podría haberlo explicado mejor.

A veces también el volumen puede estar demasiado bajo y no sentimos el suficiente dolor. A eso las personas serias con diplomas en sus despachos lo llaman hiposensibilidad. Una explicación plausible es que al darse un estímulo sensorial demasiado intenso, por ejemplo un sonido estridente, la capacidad para recibir otro estímulo, como el tacto, disminuye. Es así como un solo estímulo puede saturar nuestros pícaros cerebros.

Claro que las explicaciones suelen seguir con esa costumbre espantosa de olvidarse de que los niños en algún momento crecen y se convierten en muchachitos insoportables. Es por esto que generalmente señalan que “el niño hipersensible reacciona de manera exagerada ante los estímulos del medio, le cuesta adaptarse a los cambios en su rutina cotidiana, es muy inquieto, se asusta fácilmente y suele tener problemas para hacer nuevos amigos”. Como bio de Tinder me describe perfectamente.

Un día cualquiera en nuestro planeta está caracterizado por el desfile incesante de información que viene de nuestros sentidos: el olor del café ahí nomás de mis manos, la risa de la chica que está a cuatro mesas de distancia, la forma en que el banquito hace presión sobre la parte anterior de mis piernas, el roce de la malla del reloj con mi muñeca, el sabor de mi propia saliva luego del café, el traqueteo de lo que sea que estén haciendo en la cocina.

Lo que a algunas personas nos pasa es que nuestros cerebros a veces no procesan del todo correctamente esta información y filtrarla adecuadamente se vuelve un desafío demasiado desgastante. O, como dice la gente de internet, nuestro cerebro “no logra desconectar aquellos estímulos importantes de los que no lo son y, como resultado, esos pequeños son muy sensibles al entorno”. Creo que es científicamente correcto pero a pesar de mi baja estatura me siento más bien un grandulón.

Esta desorganización cerebral a la que ni Marie Kondo podría hacerle frente suele traducirse en una pobre respuesta ante los estímulos. Es por esto que a algunas personas ir al supermercado puede suponernos un pequeño desafío cotidiano, lo mismo con mirar a los ojos cuando hablamos, mantener la atención puesta en una conversación en el medio de otras cinco, o concentrarnos en lo que tenemos que hacer cuando hay demasiados sonidos, demasiados olores, demasiados colores, demasiado mundo para una sola persona.

Quizá una de las cosas más lindas del sexo sea que no se trata de un examen. Claro que todo el mundo tiene alguna opinión al respecto, pero por lo general esto poco importa en aquellos momentos que realmente cuentan. Nadie hay para levantar un cartelito con un número si tenemos una performance impecable o si nos tropezamos justo después de una rutina acróbata intachable. El sexo es, si todo sale bien, algo propio de quienes son parte de ese momento, incluso si se trata de una sola persona.

Entre sus virtudes también podemos contar con la oportunidad de no pensar en algunas otras cosas. Eso tal vez también sea una de las cosas que lo vuelve una actividad tan disfrutable: si durante el sexo no estamos en el momento realmente lo único que estamos haciendo es sobrecomplejizar una rutina de aerobics.

Algunas personas le tenemos algo de terror al aquí y ahora. Mis aquí y ahora suelen estar colmados de cosas que sentir, cosas que pensar, y cosas que hacer con todo eso que siento y pienso. A veces me cansa un poco que cada momento sea siempre tanto. A veces quisiera un poco más de un poco menos.

Los relatos autorreferenciales siempre se ven enormemente beneficiados por una anécdota capaz de ser anclada en el tiempo: un allí y entonces en el que algo hizo clic, en el que una era pasó a ser otra, en el que todo tuvo sentido y lo anterior se volvió ridículo y patético. Pero no tengo una de esas a mano.

De lo que sí me alegro es de algún día haber dado con el descubrimiento de que era durante el sexo que no estaba tan mal ser como soy. De que de todas las situaciones a las que este peculiar experimento de ser humano se había expuesto, había un limitado conjunto en el que sentir mucho estaba bien, en el que lo único que se suponía que debía hacer era sentir y no tanto resolver cuántos ítems de una lista estaban ya en el carrito y cuántos otros debía conseguir. En el que la atención al detalle no era otro de mis comportamientos obsesivos que había que desterrar.

Eso sí, recuerdo la primera vez que le repasé mentalmente a otra persona todas las cosas que hacía su cuerpo durante el sexo. Obviamente nunca se me hubiera cruzado por la cabeza que las personas tenían tan poca idea de cómo funciona su cuerpo, desde la forma en que cambia la textura de la piel, la tensión de los músculos, la rugosidad o suavidad, los sonidos que hacen, el modo en que saltan su ritmo cardíaco o su patrón de respiración. Nadie me había dicho que todo eso que para mí era más difícil ignorar que atender podía interesarle a alguien.

Esa es probablemente una de las lindas venganzas de haber nacido con un cerebro pasado por agua. De repente la hipersensibilidad sensorial ya no era el insoportable recordatorio de que nunca estoy a la altura de una situación — literal y metafóricamente — sino una especie de extraño talento escondido. Tan escondido que no es bueno salir a mostrarlo en, precisamente, el supermercado. Y tan extraño de describir que tampoco es fácil ponerlo en un currículum.

En el sexo es difícil decir a ciencia cierta qué es importante y qué no. Es por esto que mientras sucede nuestro cerebro respira aliviado incluso cuando “no logra desconectar aquello que no es importante” de aquello que se supone que lo es. Parecería ser que una dosis de apertura a todo lo que de ese encuentro pueda salir es lo único a lo que debemos aspirar.

Por lo pronto, no se me ocurre cómo alguien podría convencerme de cojer en un pelotero.

Mcflyy eyes” by Alutheartist ® (CC BY-NC-ND 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 13 de octubre de 2019. 
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