Cuando alguien descubre una mentira casi siempre intenta hacérselo saber al resto del mundo y así evitar que siga circulando. Por eso es tan curioso lo que pasa con Papá Noel.
Cuando descubrimos que Papá Noel no existe — o, mejor dicho, que Papá Noel son los padres — esto viene acompañado de muchas otras revelaciones. Nuestros padres, que alguna vez fueron niños, un día también descubrieron no solo que Papá Noel no existía, sino también que sus padres esto ya lo sabían. Y, al igual que sus padres antes de ellos, decidieron replicar aquella peculiar tradición fantasiosa esperando el momento en que nosotros también eventualmente lo descubramos.
Mi hermana Guadalupe se enteró de la inexistencia de Papá Noel por Cathy, la hermana mayor de Mateo y nuestra vecina, cuando tenía 6 años. Guadalupe entonces salió corriendo a contárselo a Gabi, otra vecina, y ella, a su vez, fue corriendo a contárselo a Tania, que vivía al lado de casa. Ella seguramente fue la más perjudicada porque con 4 años era la más joven de todas.
Cuenta mi hermana, también, que cuando con 5 años sospeché que Papá Noel no existía, en vez de salir a preguntar esbocé una hipótesis a comprobar empíricamente, algo consistente con mi apetito por el asombro. El problema es que en mi ardid científico enlisté a mi hermano Julián para ir a determinar, sin que él lo supiera, si mi hipótesis era acertada.
Guadalupe cuenta en su novela Air Carnation (2014) que cuando ella se enteró fue a contarle a nuestros padres que ya lo sabía, pero que había tomado la decisión de seguir creyendo. En sus palabras, “fue un acto de fe desesperado”. Yo, en cambio, diseñé un plan para encontrar los regalos recién comprados en el baúl del auto, del que me arrepentí en el instante mismo en que corroboré mi hipótesis y caí en la cuenta de las consecuencias que eso tendría para mi hermano tres años menor.
A partir de ahí hubo que pergeñar con inusitada astucia una serie de malabares para hacerle creer a Julián que Papá Noel había guardado ahí los regalos porque se había quedado sin lugar (?) y que mi mamá sólo los transportaba.
Ahora, antes de aquella época oscura en que los misterios fueron develados, en casa reinó otra edad maravillosa en la que cada Navidad hacia el final de la cena en el techo de casa sonaba una campanita y Guadalupe y yo, que éramos muy chiquitos, nos poníamos muy atentos a escuchar. Como dos cachorritos, con el sonido de la campanita saltábamos de la silla y corríamos al jardín a ver si esta vez lográbamos agarrar a un Papá Noel in fraganti. Por supuesto que, sin excepción, lográbamos distinguirlo en el cristalino cielo barilochense.
— ¡Ahí! ¡Ahí! ¡Vi una luz! ¡En el cielo!
Después de un rato entrábamos nuevamente y pasaba algo que simplemente era imposible de creer: en el hogar a leña había una pila de regalos. En un lugar donde antes no había nada, de repente había muchas cajas y cajitas, y había sido Papá Noel, que los había tirado por la chimenea. En la euforia del momento el espíritu escéptico se tomaba vacaciones y no cuestionaba el hecho de que por el tiraje recubierto en hollín no podían pasar cajas más grandes que la chimenea misma, que las cajas no estaban manchadas y que a pesar de su peso habían resistido esa caída sin una sola marca.
Muchos años más tarde, en una noche de Navidad con todos ya grandes y peludos, nos vino la duda. ¿Cómo era posible que nuestros padres hicieran sonar una campana en el techo mientras cenábamos? Porque si bien hay varios aspectos de la anécdota que podrían sonar dudosos, de que la campana sonaba — y cómo sonaba — no puede caber ninguna duda. Habiendo cumplido la mayoría de edad, nos volvimos merecedores de la revelación del misterio.
Cada Navidad, durante la tarde, mi papá se subía a un ciruelo en el jardín y colgaba de una rama bien alta una campanita atada a una soga. Luego, guiaba esta soga por atrás de la casa y la rodeaba hasta una ventanita en el baño. En algún momento de la cena, iba al baño y simplemente tiraba de la soguita haciendo sonar la campanita en el ciruelo. Mi mamá se ocupaba de llevarnos afuera de la casa a ver si lográbamos pescar a Papá Noel, mientras mi papá (no él) sacaba los regalos que tenía escondidos en un olvidado recoveco de la casa. Los ponía en la chimenea y salía muy tranquilo al jardín con un manojo de estrellitas en la mano, a ver a Papá Noel con nosotros.



