Cómo funciona tener una identidad secreta

Ni bien alguien tiene una experiencia transformadora que le otorga superpoderes debe enfrentar un cambio de vestuario. No se puede andar por ahí desafiando malhechores con la ropa que usamos de entrecasa, ni siquiera con nuestro traje favorito: fundamental al origen de toda historia superheroica es el diseño de indumentaria.

Armadas con un traje lo suficientemente llamativo, estas personas extraordinarias salen al mundo para salvarlo, y de un momento a otro adoptan también un nuevo nombre, y así es como se forja una nueva identidad. Pero esta no necesariamente debe ser secreta.

Todo el mundo sabe que Sue Storm es la Mujer Invisible o que Steve Rogers es el Capitán América. A veces la elección de una peculiar forma de vestir implica más un uniforme de trabajo que un perezoso dispositivo para ocultar la identidad. No es tan distinto de la farmacéutica que nos atiende con un delantal blanco, el operario que usa mameluco y casco, o la gorra cuya marca distingue al policía.

Al ponernos un uniforme, y sin darnos cuenta, encarnamos un rol diferente y — hasta cierto punto — adoptamos otra identidad. Esto no nos vuelve esquizofrénicos ni nada por el estilo. Aprendemos a desenvolvernos en distintos papeles y para cada uno frecuentemente elegimos una forma distinta de presentarnos. “Aunque los modales nos hacen”, decía John Florio, “es la ropa la que nos moldea”.

En todo armario suele haber una selección de ropa, un accesorio, un amuleto que al ser esgrimido otorga poderes especiales: una remera de la suerte, un collar, un par de anteojos. Nos vestimos buscando encontrarnos siendo la persona que queremos ser, y en consecuencia se nos hace más fácil el papel. También usamos ropa de correr y al terminar de atarnos los cordones adoptamos la identidad de una persona emocionalmente lista para correr. Yo me saco los anteojos cuando quiero sentirme normal un rato: no veo un carajo pero tengo la sensación de que nadie más puede verme a mí tampoco.

Tanto superhéroes como atletas profesionales parecen haber dominado el arte de la preparación para la acción: vestirse para la ocasión no es más que una forma concreta de manifestar nuestra confianza en que podremos con la tarea que enfrentamos, como supo delinear William James en su seminal ensayo “The Will to Believe” (1896). Esta convicción, indistintamente de su sustento, es la que muchas veces otorga la ventaja que nos permite tener éxito.

Respecto de su traje, Batman siempre ha sido muy explícito. Como señala Tom Morris en el libro Superheroes and Philosophy (2001), su característica simbología quiróptera fue elaborada con la intención de inspirar terror en el corazón de los criminales, “una parva de supersticiosos y cobardes”. Nunca ajeno a lo teatral — ni al drama — esta batielección de vestuario que altera mental y emocionalmente a sus adversarios le da a Batman una ventaja que, por mínima que sea, suscita el alivio de los buenos, y el miedo a los huesos rotos de los malos.

“The Batman Wars Against the Dirigible of Doom”—Detective Comics #33 (Nov. 1939), written by Bill Finger

Pero para la mayoría de superhéroes vestir un traje no es únicamente una cuestión de preparación mental o adopción de una segunda identidad. En cambio, suele tener que ver con el guardar un secreto. Batman nunca puede ser Bruce Wayne, ni Peter Parker puede ser Spider-Man, incluso si la reputación de ambos pudiera verse favorecida de develarse el secreto. Pero si la información es poder, también puede ser peligrosa: los superhéroes guardamos nuestra identidad para proteger a quienes más queremos.

Sin embargo, este secretismo que resguarda a una identidad secreta conlleva un engaño y, por lo tanto, implica de algún modo mentir que, como bien nos insistió Kant, está mal. Como señala Morris, si de los superhéroes esperamos una intachable moral, cuesta ver cómo podemos acomodar la necesidad del engaño en el panorama general de sus acciones.

Podemos argumentar, de todos modos, que no todo engaño es malicioso. Tal como en los deportes podemos amagar para confundir a nuestro oponente, o en las obras literarias distraer a las personas que leen, hay contextos en los que es éticamente aceptable el engaño. Por mucho que grite y patalee al respecto, me gustaría ver qué hubiera hecho Kant si el Joker le tocaba el timbre. Batman, por su parte, nunca pudo decidir si seguirlo a Kant o darle para adelante con el utilitarismo, pero esa es otra historia.

Cuando nuestros queridos superhéroes visten sus trajes de tela elástica, capas y capuchas, muchas veces engañan para proteger vidas inocentes, por lo que no solo se vuelve aceptable sino directamente encomiable. Y quiénes somos para criticar: si se quiere vestir con orejas de murciélago y pasearse por la ciudad de terraza en terraza, no pasa nada. Dibuje, maestro.

Claro que no toda identidad secreta es construida del mismo modo, y ninguna exploración filosófica del asunto estaría completa sin atender el peculiar caso del Hombre de Acero: mientras que la mayoría de superhéroes adoptan una identidad artificial que preserva una identidad civil, común y corriente, en el caso de Superman esto parece suceder a la inversa. Quizá el ser más poderoso en la Tierra, Superman decide vivir sus días como Clark Kent.

Mientras que Bruce Wayne y Peter Parker pudieron desarrollar sus identidades mucho antes de adoptar la de un superhéroe, Superman no tuvo esa oportunidad. Kal-El, nacido en el distante planeta de Krypton, tuvo que adoptar la identidad de Clark Kent, vestir aquellos gruesos lentes, y practicar aquella forma atolondrada que logra hacer que las personas a su alrededor sean quienes se sientan superpoderosas. En palabras de Morris, solo podemos intuir que esta elaborada farsa funciona porque en Metrópolis no son muy hábiles sumando dos más dos, ni tienen reconocimiento facial.

“Night of the Midnight Sun!” — World’s Finest Vol 1 #294 (Aug. 1983), written by L.B. Kellogg

De todos modos, reducir la identidad secreta de Superman a la protección de sus seres queridos es un poco miope. Algo mucho más profundo se esconde detrás de esas gafas: el empeño por pertenecer. Superman entiende lo suficiente de las personas a su alrededor como para desarrollar una insondable desesperación por sentirse humano. Y entiende lo suficiente como para saber que no puede pertenecer si el mundo se entera de lo que él es realmente capaz de hacer.

No es que esto solo le pase a Superman: cualquier persona que haya experimentado algún tipo de fama sabe de lo incómoda que puede ser la mirada ajena cuando solo se quiere disfrutar de una cerveza en un bar. La identidad que adoptamos también tiene el poder de transformar el modo en que el mundo vibra a nuestro alrededor: incluso Batman, un humano, seguramente tenga problemas para conversar normalmente mientras disfruta de un Old Fashioned.

Clark Kent no es una identidad secreta como cualquier otra. Es la expresión de aquella necesidad de Superman por proteger a la humanidad también desde adentro y no como una suerte de deidad que usa los calzoncillos por fuera de los pantalones. Vivir como Clark Kent no es sino la forma de devolver la gratitud de la que Superman ha sido depositario.

Ahora, si bien es cierto que Bruce Wayne recién adoptó la identidad de Batman en su adultez, puede que su historia tampoco sea tan distinta de la de Superman: este es el más poderoso de los superhéroes, pero Batman es el más humano de todos. Puede que no haya venido de otro planeta cargando con superpoderes pero, luego de años de esfuerzo y dedicación, Bruce Wayne logró perfeccionarse al punto de alcanzar la culminación del potencial humano, y la difícil tarea de lograr ponerle su emblema a cualquier objeto imaginable.

Como quizá mejor retrata Batman: Year One (1987), la transformación en el Caballero de la Noche terminó consumiendo lo poco que quedaba de la identidad de Bruce Wayne, que finalmente no es más que la cáscara de una herramienta para que Batman pueda seguir existiendo. Al igual que Clark Kent, Bruce Wayne pasó a ser la máscara que Batman usa durante el día para ocultar su verdadera identidad.

Los botánicos hablan de heterosis para referirse al fenómeno de ciertos híbridos que heredan las virtudes, pero no los defectos, de aquellas entidades que les dieron origen. Morris se apresura a señalar que quizá eso sea lo que sucede tanto con Batman y Superman: a partir de sus identidades adoptadas logran expandir sus personalidades de una forma que los fortalece. En cualquier caso, quizá lo que ambos muestran es que nuestras identidades son moldeables y pueden incorporar elementos que alteran fundamentalmente nuestra relación con el mundo.

En The Alter Ego Effect (2019), el especialista en desempeño Todd Herman explora el curioso fenómeno de la “cognición vestida”, aquel que describe la influencia que la ropa tiene en los procesos psicológicos de quien la viste. Por ejemplo, Herman cuenta que Martin Luther King usaba lentes a pesar de ver perfectamente porque “lo hacían ver más distinguido”.

Esta teoría de la cognición se forjó a partir de un estudio en el que dividieron en tres grupos a unos estudiantes, y a cada uno le dieron un delantal distinto: unos eran médicos, otros pintores y otros técnicos de laboratorio. Luego midieron su atención y precisión: quienes vestían delantal médico prestaban más atención; quienes vestían los de pintor eran más creativos; y quienes vestían el de laboratorio eran más cautos en sus acciones. Pero los tres delantales eran idénticos: los estudiantes sencillamente adoptaron características según lo que les habían dicho.

Quienes somos en última instancia remite a cómo actuamos. Y aquella persona en la que nos convertimos no es más que el resultado de lo que hacemos en nuestro día a día. Quizá lo que nos queda es identificar cuál es la identidad que queremos adoptar, y luego encontrar alguna cabina telefónica en la que cambiarnos.

Daily Batman” by Sebastian Magnani & House Of Retouching (CC BY-NC 4.0)

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