Cómo funciona terminar una amistad

“Crecimos para distintos lados” fue, más o menos, la expresión que me quedó en la cabeza.

En realidad una mejor traducción para “grew apart” hubiera sido “nos distanciamos”, pero para mi cerebro adolescente había algo fascinante en la idea de crecer en distintas direcciones, como si de las ramas de un árbol se tratara.

Apenas saliendo de mi adolescencia se separó blink-182, la banda con la que había crecido y moldeado mi atolondrada pubertad. Tom DeLonge, en aquella entrevista, ponía en sucintas palabras lo que a mí me empezaba a suceder. Si esto podía sucederle a tres mejores e inseparables amigos, qué podría quedarme a mí.

Hacemos nuevos amigos mucho antes de siquiera hacerle lugar al concepto de amistad. Suele alcanzar con compartir un momento, quizá algunas palabras, para que en el jardín de infantes broten amistades por doquier. Y es sin hacernos muchas preguntas que quizá nos acostumbramos a la idea de que si somos buenas personas no deberíamos albergar el deseo de querer cada tanto podar nuestras vidas sociales.

Un buen amigo, podemos pensar, debería durar para siempre. Pero aquella idea traiciona lo electivo de su naturaleza, quizá su más valiosa característica. Definir a la amistad como un contrato para toda la vida es, entonces, desleal a lo que la hace tan deseable en primer lugar.

Cuando se trata de la continuidad de nuestra identidad a lo largo del tiempo solemos pensarnos como personas distintas. Mi yo del pasado no es quien soy ahora y definitivamente yo no soy la persona que me observa en sus recuerdos dentro de quince años.

Aunque esto hace ligeramente absurdo asumir que nuestras amistades deberían ser aún más continuas que nuestra mismísima identidad, bien podría tratarse exactamente del caso opuesto, y quizá sean nuestras amistades lo único que preserva nuestra identidad a través de las mutaciones.

Incluso si no es algo que percibimos — y sin dudas es algo que no explicitamos — las largas amistades parecerían presuponer que aquella elección de compartir nuestra vida con otra persona es una que se renueva automáticamente. De esto se desprende sin mucho esfuerzo que lo más sensato es cada tanto revisar qué amistades tenemos en débito automático.

No parece ser necesario tener que pensar mal de alguien para querer dejar de tratar con ella. Podríamos amar a una persona y por buenos motivos no querer volver a verla. Es por esto que el deseo de terminar una amistad no tiene por qué venir de una traición, un conflicto o algún suceso reprochable.

Quizá el desconcierto que nos genera el eventual deseo de terminar una amistad venga de esta ausencia de buenas excusas. La otra persona quizá nunca haya dejado de ser amable y nos inunda la culpa de no poder cumplir con sus deseos. Dejar a un amigo se vuelve entonces una buena oportunidad para ejercitar un poco de autocuidado.

El fin de una amistad no tiene por qué verse manchado de crueldad. Puede ser, en cambio, un despliegue de compasión, empatía e incluso de madurez. Es en torno a aquello que hizo enorme a la amistad compartida que más evidente se hace la necesidad de terminarla en honor de sus promesas compartidas.

El profesor William Rawlins en su libro Friendship Matters (1992) ubica a las amistades en tres categorías: activas, latentes y conmemorativas. Las primeras son las que valoramos en el momento, las latentes aquellas que contamos pero con las que generalmente no contamos, y las conmemorativas son las que damos por sentado que caducaron, incluso si no podemos identificar con precisión lo que pasó.

Las amistades tienden a virar de una categoría a otra casi sin darnos cuenta. De una época en la que cada encuentro saca chispas y nos llena de euforia podemos pasar a una pequeña era glacial de la que quizá salgamos joviales y con entusiasmo de retomar dónde dejamos, o quizá solo nos quede aquel fuego inmortalizado en las brasas de la nostalgia.

Aunque le debemos a Facebook la idea de que las amistades se hacen y deshacen con un clic, no parece haber un método infalible para chequear la salud de una amistad, ni tenemos aparatos que puedan decirnos cuál es el diagnóstico.

Lo que sí sabemos es que no solo es natural sino inevitable podar nuestras relaciones sociales con el tiempo. No suele haber mayor inconveniente con esto. Como alguna vez me explicó mi hermana Guadalupe, las amistades son como plantas en un jardín y si no las regamos se marchitan y mueren.

Supongo que es por esto que a veces al querer saber en qué anda alguna abandonada amistad podemos tener la desgracia de encontrarla retorcida, seca y tiesa — metafóricamente, claro, a no ser que nuestros problemas de repente sean mayores que no poder coordinar para tomar un café.

Parece ser una virtud de la vida adulta, de todos modos, poder alcanzar la madurez suficiente para reconocer qué necesitamos y qué no, y, en consecuencia, caer en la cuenta de que algunas personas ya no nos hacen tan bien, incluso si terminar con una amistad se nos hace varios órdenes de magnitud más doloroso que terminar una relación amorosa.

Esto es precisamente lo que explica la teoría de la selectividad socioemocional: “Cuando los horizontes de tiempo son largos, como en la juventud, somos coleccionistas, exploradores, y nos interesa todo tipo de novedad”, explica Laura L. Carstensen, quien propuso el concepto. Vamos a fiestas a las que no queremos ir, nos sumamos a salidas que no nos interesan y mantenemos conversaciones que nos aburren porque sabemos que en esas experiencias se esconden tesoros por descubrir.

Con los años, y las responsabilidades, perdemos la paciencia y optamos por dejar que de explorar el mundo se encargue alguien más.

Como con los cortes amorosos, terminar una amistad requiere de la mayor sensibilidad. Aunque distanciarse pueda ser apenas un fenómeno más de nuestra naturaleza social, dejar a otra persona consumirse en la incertidumbre solo es un servicio a la perversión. No hay nada de noble en la crueldad de desaparecer.

En el caso de que optemos por comunicar aquello que deshace por dentro nuestras entrañas, si lo hacemos de forma asertiva y caritativa incluso podríamos estar realizando nuestro último acto de amor por una amistad que ya no es.

En su hermoso recorrido filosófico por la amistad en Friendship (2013) el filósofo A. C. Grayling nos recuerda que la amistad es probablemente la mejor de todas las relaciones humanas. “Consideramos un éxito si nos hacemos amigos de nuestros padres cuando crecemos, de nuestros hijos cuando crecen, de nuestros compañeros de clase o del trabajo (…) porque en todos estos casos surge un vínculo adicional que trasciende las otras razones por las que nos vinculamos con esas personas en primer lugar”.

Y como en todo vínculo es también parte de la amistad dejar de existir. Distintas personas nos regalan su amistad en distintos momentos de nuestras vidas, incluso si algunas nos acompañan hasta nuestra inevitable expiración: “Esto es un reflejo del hecho de que la mayoría de las personas cambian con el tiempo y la experiencia, y dado que las partes de una amistad cambian simultáneamente, no es sorprendente que eventualmente se separen”.

Si bien el Lisis (en griego Λύσις) o Sobre la amistad, de Platón, es probablemente el primer texto filosófico al respecto, es la Ética nicomáquea (Ἠθικὰ Νικομάχεια) de Aristóteles la que marcó las discusiones al menos hasta la modernidad. Aristóteles ubica allí a la amistad como un elemento indispensable de la buena vida y en su mejor expresión como la relación entre dos personas virtuosas que se aman mutuamente.

Como explica Grayling: “Para amar a otro como si fuera otro yo, uno debe ser capaz de amarse a sí mismo de una manera virtuosa (y no de manera egoísta o engreída), y esto hace que uno sea apto para amar a un otro virtuoso con intereses idénticos a los nuestros”. Llevando esta idea al extremo es el ejemplo de los gemelos como imagen de lo que deberían ser los amigos: personas que parecen ser dos mitades de una sola persona. Esto, sin embargo, va en contra de la idea de que la amistad es una relación de respeto entre individuos autónomos cuya reciprocidad se da libre y voluntariamente, i.e. como culo y calzón.

Aunque mucho puede decirse de la forma en que los estoicos, y en especial los epicúreos, concebían el valor de la amistad, una parte importante de sus obsesiones recae en la concordancia del juicio con su objeto. De la naturaleza humana, entonces, se desprende la necesidad de afecto y comunidad. Las amistades se vuelven, en consecuencia, algo que elegimos racionalmente.

Mucho después Nietzsche diría en La gaya ciencia (1882) que un amigo es alguien que se opone y, por lo tanto, nos fortalece y desafía llevándonos la contra. Es quizá por esto especialmente complejo inclinarnos a terminar una amistad en virtud de alguna diferencia ideológica, una grieta a todas luces imposible de zanjar. Un poco como decía Christopher Hitchens en Mortality (2012): “Recordar una amistad es recordar esas conversaciones que parecía un pecado abandonar; esas que hacían que el sacrificio del día siguiente se sintiera irrelevante”.

La durabilidad, nos recuerda Grayling, tiene dos significados: robustez bajo presión y supervivencia durante un tiempo prolongado. La durabilidad en la amistad es deseable en ambos sentidos pero aquello del “tiempo prolongado” no parece ser necesario. Las amistades no fracasan porque terminan, y esto quizá se hace especialmente cierto y doloroso en el caso de amigos que fallecieron.

Una amistad no es un asunto de altruismo ni martirio. La idea de que debemos dar sin esperar nada a cambio no solo es equivocada sino que es un insulto a la naturaleza misma de la amistad.

Siguiendo los consejos de Hannah Korrel en How to Break Up with Friends (2020), si tuviéramos que llevar un papelito en el bolsillo para evaluar la calidad de nuestros vínculos de amistad bien podríamos anotar cuatro elementos: confianza, apoyo, afecto y respeto.

Debemos poder confiar en un amigo, en que guardará nuestros secretos, en que tiene buenas intenciones y en que consistentemente estará cuando lo necesitemos.

Debemos poder contar con su apoyo, especialmente cuando no estemos bien, pero no solamente cuando no estemos bien. Un superhéroe no es precisamente el arquetipo de amigo ideal.

Debemos poder contar con su afecto, es decir, con que pueda mejorar nuestro estado de ánimo y darnos seguridad y alegría. Estar con esta persona debería ser algo disfrutable y no algo que podemos notar que le pesa. Aunque bien conviene acotar que una amistad tampoco implica la renuncia de toda identidad: hay amor en rechazar un plan que no nos interesa sin que eso sea un problema.

Por último, debemos poder contar con su respeto. Quien se burla de nosotros o hace comentarios pasivo agresivos, o incluso aprovecha cosas que dijimos en confianza para usarlas en nuestra contra no nos está respetando. Una forma de poner esto a prueba es procurar hacerle saber que lo que nos dice nos duele. Si refuerza su actitud o nos acusa de ser demasiado sensibles, la prueba fracasó. No importa si es su estilo, o si sus otras virtudes compensan su maltrato.

El respeto, como regla general, nunca se negocia.

El elemento que sobrevuela nuestra lista es quizá el más importante: la reciprocidad. Desvivirnos por una amistad nutriendo la ciega esperanza de que algún día algo bueno nos va a tocar no solo es una pérdida de tiempo sino un cobarde razonamiento.

Pero como si del contrato de un servicio de internet se tratara, no es necesario elegir nuestra mejor ropa y presentarnos a un debate televisivo hasta limar cualquier aspereza. Alcanza con elegir la autopreservación y el amor por la propia amistad para que la misma indefectiblemente llegue a su fin.

Si la distancia se hace irremontable, o si un “no sos vos, somos nosotros” se vuelve implausible, el fin de la amistad bien podría significar una oportunidad para ambas personas, como la improbable pero noble oportunidad de algún día retomar vínculo desde otro lugar. A veces, también, es el fin de la amistad lo que arranca a una persona del sopor de su comodidad.

Paradójicamente, suele ser cuando alguien insiste en abusar de la palabra “amigo” que lo más probable es que ya no lo sea.

Recent Editorial Illustration, April 2015” by Suharu Ogawa (CC BY-NC-ND 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 13 de diciembre de 2020. 
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