Qué hombre tan encantador, pensó Oliver Sacks. ¿Cómo podría tener algo tan grave? Frente a él estaba el doctor P., un paciente muy pero muy especial que se había distinguido como cantante y ahora trabajaba como profesor de música.
El doctor P. había llegado al consultorio de Sacks porque solía costarle reconocer a sus estudiantes. No solo tenía problemas para identificar caras, sino que a veces las veía donde no las había y saludaba parquímetros o tenía largas conversaciones con muebles descorteses que por algún motivo no le respondían. El doctor P. hablaba bien, tenía imaginación y buen sentido del humor. Sacks no podía entender por qué lo habían enviado con él.
Ni bien comenzó la conversación, Sacks notó que el doctor P. parecía no mirarlo con sus ojos sino con sus oídos. Su mirada se detenía en un detalle de su nariz, de una oreja, de una ceja, luego de otra… Era como si en vez de mirar su cara la estuviera estudiando minuciosamente en sus elementos individuales.
El doctor P. “localizaba detalles como si fueran señales en una pantalla de radar”. Frente a una revista, “nunca establecía relación con la imagen como un todo… nunca abordaba, digamos, su fisonomía. Le era imposible captar un paisaje, una escena”. No existía el bosque para él, sino solo una hoja en una rama en uno de los árboles.
Unos momentos después el doctor P. buscando su sombrero intentaría levantar la cabeza de su esposa, acostumbrada ya a este tipo de episodios. Es su caso el que da nombre a The Man Who Mistook His Wife for a Hat (1985), probablemente el libro de neurología más apasionante de todos los tiempos.
Si bien lo que el doctor P. padecía era un caso muy severo de agnosia visual — no podía reconocer lo que veía a pesar de no tener problemas en la vista — producido por un tumor en las zonas visuales de su cerebro, lo que lo llevó al consultorio de Sacks fue su prosopagnosia o ‘ceguera facial’: la incapacidad para reconocer caras.
Hace muchos años Milan Kundera escribió que la cara no es más que el número de serie de un espécimen humano. Es a partir de una impresión de la totalidad de una cara que la reconocemos y no a partir de sus detalles. Es por esto que quizá sea más preciso decir que las caras más bien son una suerte de código QR.
Quienes padecen prosopagnosia perciben caras como si fueran árboles en un bosque: del mismo modo que casi nadie reconoce árboles individuales, estas personas en muchos casos no tienen forma de saber si la cara que ven es la misma que se cruzaron antes. Su primer día en un nuevo trabajo es el más feliz de todos.
La prosopagnosia, no obstante, suele darse en un espectro que va desde la dificultad para reconocer la cara de un extraño hasta, como en el caso del doctor P., la incapacidad para saber si vemos una cara o un sombrero. Se estima que hasta un 2 por ciento de la población tiene algún grado de prosopagnosia.
Provocarnos temporalmente esta dificultad es relativamente sencillo. Podemos tomar una foto y darla vuelta, o bien podemos sentamos a ver una película de Marvel. Se estima que solo el 2 por ciento de la población puede reconocer quién es quién.
“Llega un momento de la vida en el que hemos conocido a más personas muertas que vivas”, reflexionaba Marco Polo al llegar a la ficticia Adelma, descrita en Las ciudades invisibles (1972) de Italo Calvino. “La mente se niega a aceptar otras fisonomías, otras expresiones: en todas las caras nuevas que encuentra, imprime los viejos calcos, para cada una encuentra la máscara que más se adapta”.
Es ligeramente incómodo contradecir a un viajero tan avezado como Marco Polo, pero resulta que somos mucho mejores reconociendo caras cuando somos adultos que cuando somos niños. Cuanta más gente conocemos, más sutiles deben ser las diferencias que debemos percibir y el entrenamiento social nos fuerza a ser mejores. Si bien el tejido neuronal involucrado es similar en niños y adultos, en estos últimos es más denso: mismo número de neuronas pero mucho más conectadas entre sí. Perdón, no quise incomodarte con mi mirada, solo estaba entrenando el área facial de mi giro fusiforme.
A veces, también, podemos ser tan buenos reconociendo caras que las vemos incluso donde no las hay. Esto en la literatura científica se conoce como pareidolia o “tiene carita”. Pero de nuestra tendencia a encontrar caras no debemos inferir que somos buenos reconociéndolas. De hecho, tendemos a sobreestimar nuestra capacidad y es por eso que debemos cuestionar seriamente el peso que se le da a los testigos oculares.
En el otro extremo del espectro, los Beatles cantaban “I’ve just seen a face, I can’t forget the time or place” y es posible que estuvieran describiendo un caso de super-reconocimiento facial, en el extremo superior del espectro. Estos casos alimentan la sospecha de que las diferencias al momento de reconocer caras no son cualitativas sino de grado y que la habilidad depende no solo de la memoria sino también de la percepción. Existe la sospecha de que la línea “open up your eyes now, tell me what you see” es una humilde dedicación de John y Paul a quien operaba el resonador.
No recordar el nombre de alguien no debería ser algo tan grave. Incluso Oliver Sacks, nuestro adorable neurólogo, contaba que era mucho mejor reconociendo los perros de sus vecinos que a sus vecinos mismos. Aún más, la habilidad para reconocer caras no es entrenable en sí misma, aunque existen algunos trucos que podemos incorporar. Somos malos recordando nombres porque no hay ningún motivo por el cual debiéramos ser buenos.
Siempre podemos ser proactivos (“¡Hey! ¿Cómo va, chabón?”) y rogar que en el tiempo que ganemos el nombre brote espontáneamente. También podemos hacer la gran Sherlock con un “¿Hace cuánto que no nos vemos?” y ver si la otra persona completa la historia que nos falta. Pero si lo que nos preocupa realmente es no hacer sentir mal a la otra persona, quizá debamos ir por la sinceridad y explicarle que a veces nuestros pobres cerebros no conectan los puntos como debieran
A Marco Polo en Adelma lo asaltaban las caras que aparecían. Lo incomodaba que lo miraran para hacerse reconocer o para que él pudiera reconocerlas. Quizá el episodio hubiera sido mucho menos traumático si simplemente hubiera sonreído y dicho “perdón, se me olvidó tu nombre. ¿De dónde nos conocemos?”.

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 7 de octubre de 2018.
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte acá. Además, podés seguirme en Instagram, Facebook o Twitter.

