Cómo funcionan las buenas personas

Las buenas personas siempre me generaron una mezcla entre interés y terror.

No se trata del mismo terror que me provoca tener que hablar de fútbol o no estar seguro de si me están saludando o no, pero sí de una especie de temor prudente, a ser resuelto con un poco de racionalidad y osadía.

Quizá este temor surge de la convicción de que las buenas personas son frágiles, o acaso sensibles. Nadie quiere defraudar a una persona que es buena. Siempre es más fácil equivocarse ante alguien que, como uno, a veces hace las cosas bien y a veces mete la pata hasta el cuello. Por eso es que de la mano de esta convicción viene la idea de que las personas buenas no se equivocan y, si lo hicieran, lo harían con tal gracia que sería como si no lo hubieran hecho.

Nos convencemos también de que las personas buenas solo hablan de cosas de personas buenas. Por eso nos carcome por dentro la idea de que se nos escape un comentario poco feliz sobre alguien, aunque ese pareciera ser el deporte del momento. No debería hacer más falta que este puñado de líneas para convencernos de que las buenas personas así definidas no existen. Y eso creería, si no fuera porque alguna vez tuve la fortuna de conocer a la persona más buena del mundo.

Algunas primaveras boreales atrás Sofi, la persona más buena del mundo, me habló por Facebook. Los dos crecimos en Bariloche — lo que nos hace muy posiblemente primos — pero a pesar de nuestras amistades en común nunca habíamos cruzado palabras. Conversando me contó de su nueva vida en la bahía de San Francisco, en California, con Dani, su flamante marido. Le conté que, como de costumbre, estaba yéndome de un proyecto para meterme en otro, en un típico cambio que hace a mis amigos exagerar con un “vos siempre estás haciendo cosas interesantes”, y a mí cuestionar todas mis decisiones.

Pero como nunca no estoy tentando a la suerte, le conté que no conocía Estados Unidos. Sofi, tan generosa como es físicamente posible, me ofreció su casa y plantó una de esas ideas que echan raíz.

Un buen tiempo después, pude corroborar que California era tan California como me podría haber imaginado. El Uber me dejó en la puerta de la casita en San José, el suburbio más suburbano que alguna vez conocí. Adentro encontré a Dani, que en días a partir de ese momento generaría en mí la convicción de que de habernos conocido durante nuestra infancia el nivel de travesuras y problemas en los que podríamos habernos metido seguramente hubiera concluido con ambos en un reformatorio. Si de buenas personas se trata — y dado que hacer teorías baratas es, de hecho, gratis — todo indicaría que se atraen entre sí. Que Sofi y Dani terminaran juntos parece un mero corolario necesario de esa teoría.

California resultó un buen lugar para hacerse más preguntas de lo habitual. La amabilidad, la bondad y la generosidad a la que fui sujeto durante mi estadía dejaron sensaciones dignas de ser recuperadas al menos en parte en estas líneas que, como buen ejercicio meditativo, buscan darles sentido.

Es quizá porque las buenas personas suelen ser generosas que nos es difícil distinguir entre la bondad, la generosidad y la mera amabilidad, pero sin duda las tres pueden darse por separado. La amabilidad puede que sea la menos interesante de las tres. Lo cortés no quita lo valiente. Tal vez sea por eso que nos inquieta tanto cuando nos tratan mal gratuitamente. Es incomprensible por qué en Buenos Aires reina el maltrato. Como alguna vez conversamos, nunca sabemos lo que le está pasando al otro, y por eso es noble procurar ser gentiles.

La generosidad, por su lado, parecería ser un asunto más complejo. Para empezar, a veces resulta un poco escurridiza. Por ejemplo, al no ser lo mismo dar desde la abundancia que desde la escasez, podríamos pensar que la generosidad no implica necesariamente bondad. Que alguien a quien le sobra el dinero dé una parte no nos resulta tan generoso como cuando se presta a entregar su tiempo.

Una tarde de domingo cualquiera, con Dani salimos a patinar por San José. Él en longboard y yo en skate. Esperando para cruzar en un semáforo una mujer desde un auto nos vio e hizo señas. Aún detenida en la luz roja, se bajó del auto y sacó algo del baúl. Nos mostró un longboard prácticamente nuevo y sólo preguntó si lo queríamos. Dijimos que sí y así es como hoy tengo el longboard con el que patino por Buenos Aires.

Obvio que con estas situaciones California nos llena los bolsillos de preguntas. A la generosidad le sigue sin esfuerzo la desconfianza. Sabemos que el dar desinteresado es difícil de encontrar y, por lo tanto, difícil de creer. De ahí la reacción, aunque solo sea por un instante, de indagar en búsqueda de posibles motivos ulteriores. Tememos a la falsa generosidad, que a lo mejor es por contraste lo que da valor a la genuina generosidad.

Sofi no solo es buena persona, sino que piensa mucho acerca de las buenas personas y las cosas que las buenas personas hacen. Muchos atardeceres californianos los pasamos conversando, yo intentando no usar palabras innecesariamente técnicas y ella esforzándose porque yo lograra entender como mínimo lo más básico de cómo funcionan las personas. Entre las cosas que me dijo, una me quedó revoloteando: nos cuesta aceptar que en toda luz hay oscuridad.

Lejos de pretender con eso decir algo críptico, casi hegeliano, su sentido era muy llano: alimentamos todas nuestras fantasías de las buenas y malas personas a partir de absolutos que simplemente no existen. Y así atribuímos a las buenas personas una conducta que nunca nadie vio, y damos demasiada importancia al desinterés detrás de las acciones, que no es más que otra ficción.

Las buenas personas no sólo son buenas en virtud de lo que hacen, sino también de las intenciones detrás de sus acciones. Puesto así, las buenas personas tal vez solo sean aquellas que se preocupan por hacerle bien a los demás la mayor parte del tiempo. Porque si vamos a caricaturizar posiciones éticas, obvio que vamos a quedarnos con el utilitarismo.

Las buenas personas no tienen por qué ser generosas de manera estrictamente desinteresada. Alcanza con que el efecto de sus acciones sea mayormente positivo. El peculiar — y elusivo — vínculo entre bondad y generosidad tal vez solo redunde en el dar algo que no se tiene, porque es parte de uno mismo.


Kurt Vonnegut no sólo se hizo conocido por sus novelas, sino también por sus discursos de comienzo de curso. En uno de los últimos — y más memorables — que da título a la colección que los agrupa, dice:

One of the things [Uncle Alex] found objectionable about human beings was that they so rarely noticed it when they were happy. He himself did his best to acknowledge it when times were sweet. We could be drinking lemonade in the shade of an apple tree in the summertime, and Uncle Alex would interrupt the conversation to say, “If this isn’t nice, what is?”

So I hope that you will do the same for the rest of your lives. When things are going sweetly and peacefully, please pause a moment, and then say out loud, “If this isn’t nice, what is?”

Paseando por los terrenos de la NASA en California, chapoteando en la playa, patinando por acá o por allá, jugando al mini-golf o solamente disfrutando de la buena compañía de algunas buenas personas, durante aquel viaje pude preguntarme por primera vez con claridad: «if this isn’t nice, what is?»

Sebastián Curi (CC BY-NC-ND 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 16 de julio de 2017. 
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