Cómo funcionan las despedidas

En Italia cada saludo es también una despedida.

Muchas personas guardan las formas y saludan con un cordial “salve”, que no es más que un lejano eco del imperativo en latín salvēre: que estés bien, que tengas buena salud. También se reparten los “buon giorno” y los “buona sera”, a veces haciendo cálculos mentales para ver cuál corresponde según la hora del día. Lo importante, están quienes repiten, es no decir con liviandad un “buona notte”, porque ese solo es cuando nos estamos yendo a dormir. Que me disculpen, pero a mí me lo ha dicho más de una persona al irme de un bar y no particularmente un instante antes de acostarme.

La mayor parte del tiempo, sin embargo, alcanza con un afable “ciao” para saludar y otro “ciao” para despedirse, con la excepción del teléfono: en ese caso saludamos con un tajante “pronto” (“listo”, en alusión a que la conexión funciona correctamente) y nos despedimos con un repetitivo “ciao, ciao”, al que muchas veces le siguen unos cuantos “ciao” más.

Por motivos que seguramente hagan a una buena conversación en algún otro momento, casi todas las expresiones de despedida guardan algo de esperanza entre sus palabras. Tanto el inglés “goodbye” — que viene de un sencillo “God be with ye” — como el francés “adieu” o el castellano “adiós” pueden rastrearse al final del siglo XIV y todas aluden al deseo de que Dios nos acompañe (o a que “vayamos con Dios”, una oferta que quizá nos tiente rechazar).

Tanto el árabe salām (سَلاَم) como el hebreo šālōm (שָׁלוֹם‎) aluden a la paz. Incluso si las referencias a Dios y la paz no parezcan ser trivialmente fáciles de compatibilizar, nada puede reprocharse respecto de sus orígenes en nobles intenciones.

En cuanto a nuestro querido “ciao”, del que muy obviamente derivan sus análogos en castellano, portugués y alemán pero no así el “chào” vietnamita que por casualidad suena parecido, su origen es un poco más… Extraño. Deriva directamente del saludo veneciano “s’ciàvo vostro”, algo así como “(soy) vuestro servidor”, que viene de sclavus o “esclavo” en latín medieval.

Aunque esta connotación se perdió en la jerga cotidiana, algo puede hacernos cosquillas del hecho de que entre los fósiles de nuestro saludo preferido se encuentre una generosa oferta de esclavitud y/o servidumbre.

Nada de esto importa. A las palabras las hacemos y deshacemos con mayor ímpetu del que solemos darnos crédito. Como con las personas, no me queda claro que siempre sea tan importante de dónde vienen sino quizá hacia dónde van las palabras, ordenados sonidos que aprendemos a repetir con la tímida intención de hacernos entender.

Aunque no estoy del todo seguro de hablar la lengua a la perfección, creo que es en un abrazo mucho más sencillo transmitir los buenos deseos propios de las despedidas. Tan es así que a veces las palabras se nos pierden con mucha mayor facilidad de lo que nos resulta el intento por volver a la manera exacta en que nos sentimos durante aquellas despedidas.

Cuesta imaginar un poema que con aplastante angustia recuerde un buen apretón de manos, pero estimo que esos podrían ocupar el lugar de un abrazo en algún mundo posible.

En Italia se usa también “arrivederci”, que no es más que el compuesto entre a y rivederci, literalmente “hasta que nos veamos de nuevo”, equivalente a un sencillo “hasta luego”.

Nada importan las palabras cuando al repetirse quedan tan gastadas que nada de su filo original persiste. Todas las despedidas parecen guardar esperanzas, incluso cuando son para siempre. Y, sin embargo, no siempre el deseo que guardan es el reencuentro: aunque “esperanza” no sea un color con el que alguien pudiera pintar una pared, de todos los colores que pueden tomar las esperanzas el reencuentro es apenas uno de ellos.

Ir con Dios, la paz o nuestra esclavitud en bandeja pueden ser nobles objetos de deseo, supongo, pero a veces cuando nos despedimos lo que verdaderamente deseamos es algo mucho más silvestre.

A veces nos despedimos y solo deseamos que no se olviden de nuestra irrelevante pero no por eso menos personal existencia. A veces deseamos que alguien no sufra más, incluso si no contamos con una eterna existencia posterior a todo lo malo que tenga que pasar. A veces deseamos con una despedida que todo momento anterior no hubiera sucedido, no por haber sido horrendo sino por haber sido hermoso.

A veces en una despedida deseamos no tener que estar despidiéndonos. Algunas veces, nos despedimos con apuro y hastío y otras queriendo descular en ese momento, en vivo y en directo, cómo hacer que los segundos se rompan, se arrastren, o se pierdan en el camino para que el tiempo pase a ser solo un recuerdo distante de un momento en el que nada avanza ni retrocede. A veces las despedidas pueden ser hermosas, y otras toda su belleza se pierde en la repetición, como cuando el destino o lo que corno sea nos hace volver a toparnos con quien hace un minuto nos despedimos en una fiesta, cruzando sonrisas a medio desarmar.

Es lo que viene luego de las despedidas lo que seguramente cuenta con menos espacio en los libros. Tanto mejor es cuando una historia se termina en una despedida, con los adjetivos que le correspondan, que cuando la historia comienza a partir de ella. Estimo que en la geometría de nuestras vidas algo sucede con las simetrías y asimetrías. Nos despedimos, volvemos y nos toca despedirnos de nuevo, desdibujando dónde quedaba el principio y dónde el final. Tanto más ordenado sería todo si las vidas no fueran vidas sino prolijos diagramas en servilletas de bares.

Para fortuna de las historias, así no funcionan las vidas, ni las despedidas, ni las servilletas.


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Poco provecho pueden sacar las historias, y las vidas, cuando en pos de romper su estructura nos empecinamos con evitar las despedidas. Porque estas, tan testarudas como pueden ser, suceden igual incluso sin palabras, sin abrazos ni ritual intermediario. Las despedidas a veces suceden y nos enteramos tanto tiempo después que, como víctimas de una brutal estafa, nos encontramos reconstruyendo la secuencia de los hechos, a veces sin tener pista alguna de lo que aconteció.

Es quizá por todo esto que la peculiar simetría que guarda un ciao nos encuentra con cierta confusión. Quizá sea producto de una mente poco cultivada, pero casi como si fuera impropio que un saludo suene igual que una despedida, las palabras que usamos nos obligan (o al menos acorralan) a ajustar alguna que otra tuerca en nuestros pobres cerebros.

Es la misma palabra, pero no es la misma palabra, si se me permite decir algo tan inapropiado. Si valió la pena aquello que ocupó nuestro tiempo, o si aquellas personas que se quedaron con nuestra atención la merecieron, una despedida no debería ser exactamente igual que un saludo. Una despedida debería lograr capturar algo de todo eso que sucedió entre un momento y el otro.

Lo que todo esto quizá esconda es que las despedidas viven agazapadas en todo saludo. Algunos idiomas quizá aprendieron a hacer las paces con esto antes que otros.

Tal vez se trate de ese mismo dicho que toma las mil y una formas, ese que busca transmitir la idea de que lo que importa no es el destino sino el recorrido. A veces las despedidas no encuentran fácilmente lugar para estacionar porque cuando llegan ya no son necesarias. Vamos y volvemos, y vamos de nuevo para volver pero no siempre volvemos. Tal vez si nos faltó despedirnos fue porque en todo lo que vino antes no llegamos a hacer la tarea.

Las formalidades cumplen un papel importante, claro que sí. Las formalidades nos ayudan a ordenar lo que sucedió, no solo para contárselo a un oficial que nos apunta con una luz y nos hace transpirar sino para que al momento de convertir nuestros recuerdos en historias y viceversa sepamos qué palabra venía antes que otra.

La despedida japonesa さよなら (sayōnara) que viene de 左様ならば (sayō naraba) nada de deseos parece contener. En cambio, su sentido original es un sucinto “si así es como debe ser”. Porque las despedidas también suelen tener algo de inexorable, algo de derrota, un poco de aceptación de algo que de una manera u otra sucederá. Lo único que restan son deseos, que podemos o no expresar.

Me resulta saludable, de todos modos, preservar algo de toda esta confusión. Tal vez decimos “ciao” cuando nos encontramos y de nuevo cuando nos despedimos para mantener las cosas un poco más interesantes. Porque lo que no deberíamos obviar es que quizá de este modo las despedidas se las dejamos a la hermenéutica posterior, a la obsesiva interpretación de lo que ya no es pero alguna vez fue.

Tal vez nunca nos despedimos sino que estamos saludando a algo más, a alguien más. Tal vez la persona a la que creemos estar despidiendo ya no es la misma a la que momentos antes saludamos, incluso cuando aquel momento sucedió años atrás. Tal vez la persona que cambió es la que se despide y la otra tuvo el envidiable privilegio de mantenerse idéntica a través de las tormentas, los amaneceres, los tropiezos y las despedidas.

Haciendo a un lado cualquier consideración acerca de la geometría de la vida cotidiana, despedirse parece devolvernos cierta armonía. Atribuyo a eso la incomodidad propia de los abrazos, apretones de manos y exclamaciones que nunca sucedieron. Esas llamas que no se apagaron con un indiscutible soplido sino que se dejaron consumir en su propio tiempo. No siempre es una tragedia una despedida inexistente pero cuánto más placentera de reconstruir es una historia cuyo final es más fácil de identificar.

Una despedida no es, o bien puede evitar ser, una mera formalidad. Es una buena oportunidad, al alcance para reclamar, de guardar en ella uno o varios deseos, a veces con más o menos palabras. Una despedida es una excusa, quizá la mejor, para dejar respirar todo aquello que esperamos del futuro, uno quizá compartido.

Una despedida es un gesto de sombrero pero también un sombrero mágico, esos que se abren de manera infinita hacia adentro, en el que podemos guardar un abrazo, un apretón de manos o un millón de años.

En una despedida, bien ejecutada, debería caber un saludo pero también todo lo que vino después.

En Italia cada saludo es también una despedida. Eso me gusta.

Time to say goodbye” by Gert Rautenbach (CC BY-NC-ND 4.0)

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