Cómo funcionan las madres

“Mi mamá me consideraba el mejor del mundo, así que si ella lo dice será verdad”
 — Diego Armando Maradona

Mi mamá llora un montón. Pero mi mamá también ríe un montón. Talvez ríe y llora un montón porque vive un montón. Y quizá porque vive un montón es que le gusta bailar, aunque sobre todo cantar. Canta todo el tiempo. Siempre tiene alguna canción. Y aunque la mayoría de las veces sólo se acuerda de alguna parte de las canciones, eso nunca es problema. Porque además de todo, mi mamá sabe improvisar.

Qué desperdicio que parte de nuestro tránsito hacia la adultez quede marcado por la preocupación por evitar el mote de “nene de mamá”. No vaya a ser cosa cosa de que algún día caigamos en que las mamás hacen un vergonzoso esfuerzo por procurar que este tránsito sea lo menos doloroso posible. En cambio, se asienta la negación a través de aquella patética ilusión de que somos quienes somos por exclusivo mérito propio.

Pero la adultez también puede venir en son de paz. O, mejor dicho, procurando traer algo de paz. Las madres dejan sus marcas en los hijos, pero esto no hace imposible a los hijos ver qué hacen con esas marcas. Como en una especie de ritual silencioso, o como una forma de apaciguar la nostalgia, a veces trato de reconocer a mi mamá en lo que hago, o en por qué hago lo que hago.

No hace muchos días hablé con ella — luego de haberlo evitado por algún tiempo — y luego de juntar algo de coraje le conté de mi depresión. Como no podía ser de otro modo, me hizo notar por qué a veces puedo sentirme como me siento. Las mamás tienen eso. No hace falta contarles cada detalle para que entiendan. Y si no entienden, improvisan. Y si no saben, de algún modo igual saben. A veces pienso que las madres además de todo son paradójicas.

Mi hermana Guadalupe escribe, y hace algunos años escribió Air Carnation (2014), una novela en inglés. Apenas la terminé de leer pensé en algo talvez un poco desalentador: se quedó con mis mejores historias. Esto es porque en su libro — a veces usando mi nombre y a veces usando el nombre de ‘Bruno’ — despliega algunas anécdotas mías:

«Every night when Rita [Guadalupe] was a child, her mother read her a bedtime story. After Rita learned to read, she read stories for herself before falling sleep every night. Then her mother read stories to Rita’s little brother Bruno. He was a very clever boy, but for quite some time after he started school, he was not learning to read. His mother was very concerned about this. Rita and Bruno slept in bunk beds, and one night from her upper bunk Rita heard her mother and her brother talking about the problem. Bruno said that he hadn’t learned to read because he didn’t want to. His mother asked him why, and he said, “Because if I learn to read you won’t read to me anymore.” “Well,” she said, “I promise to read to you until you either turn 44 or ask me to stop,” and so Bruno learned to read.» 
 — Guadalupe Muro, Air Carnation (2014) [traducción]

La forma en que mi hermana recuerda — y narra — mi propia infancia es intoxicante. Leer un libro y de pronto encontrarse a uno mismo (literalmente) es algo muy especial. Pero en esta anécdota hay algo más, que tiene que ver con cómo funciona mi mamá. Ante un mundo que siempre se me hizo demasiado complejo para entenderlo, siempre fue posible encontrar solaz en los cuentos que me leía, o en los libros que se amontonaban en casa, o en la prioridad puesta en nuestra imaginación, como herramienta para nunca tener como excusa el aburrimiento.

Un montón de veces me pregunté cómo habrá sido ser mi mamá. Cuando eso pasa, y dejo de sentirme un poco culpable por probablemente haber sido un espécimen de hijo particularmente complicado, vuelvo a leer alguna de sus propias historias acerca de lograr que yo llegara vivo a la adultez. Ella tiene una manera especial de contar anécdotas de mi infancia. Es como si la trama de esas historias siempre involucrara una hipótesis. Me la imagino como una especie de detective que no eligió serlo, tratando de resolver el caso para que el maldito infante deje de llorar.

Por cuestiones que no vienen al caso (pero que pueden leerse por acá), una vez le pedí que me contara la historia de cómo empecé a usar anteojos. Resulta que a partir de una serie de eventos desafortunados, cuando tenía 3 años “falsifiqué” mi examen de la vista al reproducir de memoria una serie de imágenes que en realidad no estaba pudiendo ver. Esto resultó, junto a otras cosas, que al comenzar primer grado mi mamá debiera enfrentarse a la decisión de hacerme volver por un año más a preescolar, o mantenerme en la primaria, a costa de mis dificultades.

Durante muchos años no entendí del todo aquella decisión. Tuvo mucho más sentido recién cuando leí su explicación por primera vez:

No me pareció mal que tuvieras un año más para que se te acomodaran los ojitos y que pudieras continuar tu desarrollo en una forma más relajada, sin las exigencias de la primaria. (…) Tenías muy poca tolerancia a la frustración y esta era una situación muy frustrante para vos, que eras muy autoexigente. Tuve miedo de que sufrieras.

Las mamás muchas veces tienen miedo. Y a veces exageran en sus miedos. La mía es bastante exagerada, pero por algún motivo eso nunca es un problema. Supongo que es más fácil entender cómo funcionan las mamás si pensamos en que son utilitaristas. No porque ante un tranvía que se acerca optarían por desviarlo hacia una persona salvando a otras cinco, sino porque creo que siempre están buscando que no la pasemos mal. Y está bien, para eso están las mamás, aunque seguro que también para otras cosas.

“Mi madre tuvo muchos problemas para criarme, pero creo que lo disfrutó”, decía Mark Twain en alguno de los papeles que luego formaron su autobiografía. A juzgar por las conversaciones que a veces tengo con mi mamá, a veces pienso lo mismo. Pero es en la creciente distancia de aquella crianza que se destilan conversaciones que ya no tienen que ver con esos años, sino con las personas que somos hoy. Tal vez una de las cosas más interesantes de cómo funcionan las madres, es lo que pasa a partir del punto en que ya no hace falta que funcionen como tales.

Their night” by Rosa Woo (CC BY-NC 4.0)

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 15 de octubre de 2017. 
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte
acá. Además, podés seguirme en Instagram, Facebook o Twitter.


Discusión